27,28,29...30! ¡Punto y coma el que no se escondió se embroma!
Adentro de ese arbusto nunca la iban a encontrar. Ella podía verla a Naomi tratando de despegarse del álamo donde recién se apoyaba para contar, pero a su vez atraida por un campo magnético que no la dejaba lograrlo: aunque intentara, los ojos se le volvían temerosos a ese tronco, por el miedo a que alguno venga corriendo y "Pica Martín!". Sin embargo, a ella nadie la veía. Nunca la iban a encontrar.
Miranda era experta en las escondidas. Apenas escuchaba el "1,2..." del chico o chica con la cabeza pegada al antebrazo sobre el álamo de siempre, ella ya tenía el mejor escondite a donde ir. Nada del tobogán, o atrás de algún árbol común y corriente. Los mejores lugares eran los impensados: Atrás de la viejita que leía una novela romántica sentada en el banco verde oscuro, o camuflada entre medio de una montaña de hojas marrones que el otoño había arrastrado al piso dejando pelados a los árboles.
Las escondidas tenían esa adrenalina de que del uno al treinta su cuerpo se tenía que convertir en el más confidencial de los secretos. Y cuando Miranda se volvía secreto, le salía una sonrisa traviesa por entre tanto arbusto y el corazón le golpeaba más rápido el pecho. Confiaba en sus escondites, pero cada tanto temía que venga alguno de atrás y salga corriendo al alamo y "Pica Miranda!" y chau a "Miranda la invisible", "Miranda el camaleón", chau a "¿cómo hacés Miranda?", "¿Dónde estabas Miranda?", chau a los pica para todos los compax, la sonrisa traviesa, respirar agitado. Chau a Miranda secreto. Chau al secreto. Chau escondidas. Chau juego.