El rompecabezas deslizador es ese juego que nadie nombraría rompecabezas porque, al igual que con tantas otras palabras, al escuchar "rompecabezas", el imaginario colectivo (o colectivo estadístico) nos dibuja una imagen de una caja con fichas planas y desordenadas, que tienen pancitas en algunos de los lados (Freud seguramente no las vería como inocentes "pancitas"), y en los lados despanzados, alguna tortuga se comió un pedacito.
Pero el rompecabezas deslizador es otro. Está formado por una base cuadrada o rectangular, sobre la que se apoyan fichas también excelianas. Para construir el rompecabezas, hay que deslizar las fichas. Para deslizar las fichas tiene que haber un espacio vacío. Ese lugar vacío tiene el mismo área que una ficha.
En un principio, no puedo observar ninguna figura: los contornos dibujados sobre cada pieza no siguen una dirección puntual, se chocan con espacios en blanco de las fichas vecinas. Muevo una al espacio vacío, se vacía otro. Repito la acción: lleno vacíos, vacío llenos. Empiezo a ver partes, una cara, una mano, ¿dejarlo así? ¿será algún cuadro de Picasso?
Moverlas rápido es peor, los movimientos corren sin sentido, la imagen se empeora, no sigue una orden, no se organiza, hay que ser lógica (¿sustantivo o adjetivo?), usar el ingenio, lograr adaptarse lentamente, que todo se vaya armonizando poco a poco hasta formar la totalidad. Subo, bajo, corro, despejo pero pejo a la vez. Se va asociando todo, un par de ojos paralelos, una boca abajo de una nariz, un mentón por encima de un cuello, el rostro de una mujer a la que le implantaron una sonrisa de esas que expresan ganas de hacer caca. Y por debajo, la frase sintetizadora: "Colgate".
Me mira, me sonríe, me dice: "Completaste la imagen, capa, acá me tenés". Pero mi foco está en otro lado: La mirada provocativa no es la de la señora de dientes lustrados, sino la de ese cuadradito vacío. El vacío inabarcable que con voz grave y paulatina me dice: "Intentá atraparme, si podés".
Me mira, me sonríe, me dice: "Completaste la imagen, capa, acá me tenés". Pero mi foco está en otro lado: La mirada provocativa no es la de la señora de dientes lustrados, sino la de ese cuadradito vacío. El vacío inabarcable que con voz grave y paulatina me dice: "Intentá atraparme, si podés".