miércoles, 5 de junio de 2013

Curriculum vitae

   Un papel. Blanco, letras que se juntan, me intentan decir palabras, no las puedo leer, me asustan. Veo borroso. Parece como si de repente mi vida estuviera llena de baldes y coladores. Las instrucciones, simples. Agarrar toda esa masa gigante, aplastarla en ese colador, ver como salen cortados por los cuadrantes de metal (como un plato de spaghetti, o ese juego de peluquería con masa que tanto deseaba de chica), largos chorizos de masa y caen adentro del balde. Así, se llena mi casa con esos baldes. Baldes de acciones coladas. 
  Aún quedan pasos. Dejar reposar los baldes una noche, levantarse, mirar su contenido.   Ya procesadas y reposadas, todas esas acciones, actividades, notas, experiencia laboral, talleres extracurriculares, anécdotas de la niñez, cantidad de veces que va al baño por día, enfermedades y helado favorito, todo eso queda convertido en infinitas letras que son como hormiguitas que llenan el balde casi en su totalidad. Solo queda agarrar las hojas de papel e inclinar cada balde cerca suyo. Mirar el negro desorden, y luego como con sus patitas se mueven de a poco acomodándose una al lado de la otra, dejando interlineado 1,5. 
   No se puede leer, veo borroso. Ellas en realidad son las borrosas. Amenazan con que son la justificación de tantas actividades. De que generamos toda esa masa solo para que termine tan procesada y convertida en letras. ¿Me van a decir, esas letras, que son capaces de reflejar mi masa?
  Hagamos como esa marca de ropa, volvamos a los básicos, que esas letras que se hacen tanto las que saben quién soy, son mucho, muchísimo más aburridas que agarrar la masa directamente y jugar todo el día. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario