Bajo el mando del timón de mi cola, mi cuerpo alcaucilado por mi camiseta, remera, polera sweter buzo y campera impermeable (simuladora de una cascada, permitiendo resbalar tantas gotas de lluvia sobre su tela plasticosa) ¿dónde estaba? Ah, mi cuerpo alcaucilado se desplomó sobre el tapizado de tela gris, sin darle mucha importancia a los pocos centímetros que habían separado mi cabeza del techo al hacer el brusco movimiento. Estiré el mullido brazo derecho, se cubrió en una milesima de segundo con agua, como si un balde de 3 litros se hubiera volcado sobre él, agarre la manija, le di el envión para que se acerque y después siga sola hasta escuchar el Plaf. Fah, por fin un poco de silencio.
Sentí como mi cuerpo bajaba, mientras la goma espuma interior del asiento subía. Como cada partícula de esponja cubierta de hilos grises se iba aplastando, dejándole el lugar a mis músculos para abrazarlos por los costados. Mis gluteos, mi espalda, amoldándose en el asiento creando una forma, como si estuvieran recostándose en arena seca y tibia.
No sé que movimiento hizo con las manos, pero el auto empezó a avanzar. Los árboles se atrasaban, los semáforos volaban por encima nuestro, las personas parecían caracoles; las gotas se aplastaban contra el vidrio y el parabrisas las estiraba, y goteaba y las estiraba. Y volvía a mirar los árboles, que se iban más rápido para atrás, y los negocios estaban grises, y las personas parecían no caminar. Las gotas (ya de fábrica) caían más aplastadas, y el parabrisas, al encontrarse sorpresivo con este cuadro, no podía controlar su fuerza, y el ruido de su movimiento crujía cada vez más fuerte, cada vez más rápido.
Volví a mi ventana. Ya no podía ver ni árboles, ni personas, ni supermercados chinos ni nada. Solo una franja marrón, ese que se forma cuando uso el mismo pincel para todos los colores. Quise mirar el estado del parabrisas, pero cuando había girado 45 grados hacia la izquierda, percibí como las ruedas parecían subir una rampa interminable.
El asiento empezó a reclinarse, la sangre de todas mis venas a confluir en el río de mi cabeza, mientras mis pies se escondían bajo el asiento, chocando con el matafuegos. Miré al frente, próxima parada: "Esa nube". Volví al costado, y vi la cabeza de los semáforos sin sus luces, las copas de los árboles sin sus troncos, los pelos caminando sin sus piernas. Cada vez más pequeños hasta ser devorados por el marco de la ventana que restringía mi ángulo de visión.
Miré al conductor con un expresión mezclada de sorpresa y miedo. Abrí la boca y una vocal consonante intentó salir de ella para preguntarle cómos y por qués. Pero la volví a cerrar, total, cuando uno se entera del truco, la magia se pierde... Ah, ¿y del por qué? Bueh, quizás otro día me cuente un lindo cuento de esos que siguen una lógica, que intente responder a esa pregunta.
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