jueves, 26 de septiembre de 2013

Urgente

   Urgente. Dicen que es urgente, que no tiene espera, que se debe solucionar de inmediato. Y ahí, me tienen sentada en una silla, mientras me tiran pelotas, o juguetes, o ya no se qué son, porque solo esperan que lo devuelva, sin siquiera saber qué tengo en mi mano,  a quíen, cómo lo  devuelvo. Solo respondo a las órdenes que me dan, mis manos actúan  sin pensar repitiendo el movimiento de flexionar y estirar, y de alguna manera deben llegar a su destintario. 
   Es que todos estos cobardes pretenden las soluciones rápidas, esos pequeños parches que cubren los agujeros en los pantalones de jogging. Todos dicen que todo es urgente porque buscan que las soluciones sean las de lo urgente, las que "concilian" las cosas como pueden en el menor tiempo. Y así, vivimos constantemente adelantando la cinta del video cassete, moviéndonos en cámara rápida según el control remoto. Fóbicos al silencio, fóbicos a leer más de 140 caracteres, fóbicos a pensar más allá de las imágenes, pegando parches y más parches en los pantalones, porque no tenemos el tiempo de sentarnos, de dejar al celular, emperador de la urgencia, y darnos cuenta que la mejor manera es agarrar una aguja, un hilo y dejarnos de romper las pelotas. 


*Ah, al escribir me acordé de este escena que muchos asocian con el fordismo y esos tiempos tan lejanos: 

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Silencio

     Y acá estamos de frente a frente. Vos, tan honesto, vas tomando el control cuando nos gana el aburrimiento; de repente, ya conquistaste mi casa. Bien, primero estamos bien, es raro, innovador...                                                                                                 


   Pero tu honestidad sube por mis gemelos, se arrastra hasta mi panza, me la acaricia con mimos circulares, ya no se cómo llegó a mi cuello. Las caricias se volvieron pellizcos que se marcan en el cuello como si estuviera hecho de arena mojada. Una soga está rodeándolo, enrrollándose alrededor como una anaconda que presiona y el diámetro del cuello se achica cada vez más. El aire entra por mi boca pero se choca y no puede pasar hasta la garganta; mi cabeza, un globo rojo lleno de helio, o de agua hirviendo, o de fuego mismo que lo convierta en aerostático. 
   En ese momento, entre la ebullición de mi cabeza y la zanja en mi cuello, no te queda mejor idea que correr tu cabeza y acercarte lentamente. El volumen de tu respiración aumenta cada vez más, poco a poco empiezo a sentir las exhalaciones que chocan con mi cuello, con mi nuca, hasta que tus labios están a un centímetro de mi oreja. Un centímetro desde el que abrís tu boca pegajosa y con esa honestidad, esa despiadada honestidad que me da escalofríos por todo el cuerpo, me susurrás: Shhh, ya no tenés quién te salve, ni la música, ni Internet, ni el teléfono... Date cuenta que estás sola.