Y acá estamos de frente a frente. Vos, tan honesto, vas tomando el control cuando nos gana el aburrimiento; de repente, ya conquistaste mi casa. Bien, primero estamos bien, es raro, innovador...
Pero tu honestidad sube por mis gemelos, se arrastra hasta mi panza, me la acaricia con mimos circulares, ya no se cómo llegó a mi cuello. Las caricias se volvieron pellizcos que se marcan en el cuello como si estuviera hecho de arena mojada. Una soga está rodeándolo, enrrollándose alrededor como una anaconda que presiona y el diámetro del cuello se achica cada vez más. El aire entra por mi boca pero se choca y no puede pasar hasta la garganta; mi cabeza, un globo rojo lleno de helio, o de agua hirviendo, o de fuego mismo que lo convierta en aerostático.
En ese momento, entre la ebullición de mi cabeza y la zanja en mi cuello, no te queda mejor idea que correr tu cabeza y acercarte lentamente. El volumen de tu respiración aumenta cada vez más, poco a poco empiezo a sentir las exhalaciones que chocan con mi cuello, con mi nuca, hasta que tus labios están a un centímetro de mi oreja. Un centímetro desde el que abrís tu boca pegajosa y con esa honestidad, esa despiadada honestidad que me da escalofríos por todo el cuerpo, me susurrás: Shhh, ya no tenés quién te salve, ni la música, ni Internet, ni el teléfono... Date cuenta que estás sola.
Pero tu honestidad sube por mis gemelos, se arrastra hasta mi panza, me la acaricia con mimos circulares, ya no se cómo llegó a mi cuello. Las caricias se volvieron pellizcos que se marcan en el cuello como si estuviera hecho de arena mojada. Una soga está rodeándolo, enrrollándose alrededor como una anaconda que presiona y el diámetro del cuello se achica cada vez más. El aire entra por mi boca pero se choca y no puede pasar hasta la garganta; mi cabeza, un globo rojo lleno de helio, o de agua hirviendo, o de fuego mismo que lo convierta en aerostático.
En ese momento, entre la ebullición de mi cabeza y la zanja en mi cuello, no te queda mejor idea que correr tu cabeza y acercarte lentamente. El volumen de tu respiración aumenta cada vez más, poco a poco empiezo a sentir las exhalaciones que chocan con mi cuello, con mi nuca, hasta que tus labios están a un centímetro de mi oreja. Un centímetro desde el que abrís tu boca pegajosa y con esa honestidad, esa despiadada honestidad que me da escalofríos por todo el cuerpo, me susurrás: Shhh, ya no tenés quién te salve, ni la música, ni Internet, ni el teléfono... Date cuenta que estás sola.
No hay comentarios:
Publicar un comentario