sábado, 2 de noviembre de 2013

Marco

  Apoya la púa. Se escucha el roce con el vinilo que está girando. El silencio que no es silencio con esas explosiones en miniatura que se escuchan antes de que empiece la canción. Silencio que se acaba con el sonido del piano que empieza suave. Los dedos del pianista que acarician cada tecla, la ansiedad del clarinetista por entrar en escena. 
  Con mi guitarra empiezo a tocar una melodía encima de la que escucho. Siempre la misma. Son 2, 3 notas que van al compás del disco. El piano, el clarinete, la batería la acompañan. La empujan, la llevan hacia un destino indefinido, como el jugador en la mesa de tejo, deslizando la placa redonda hacia algún lado, patinando sobre esa mesa brillosa. 
   Y pasa eso que pasa en la música, las notas cambian y deciden volar en otra dirección. Pasan de mayor a menor, las agudas se tiran por toboganes para llegar a los bajos, las negras se subdivorcian y se convierten en corcheas. El clarinete y el piano dejan de hacer que mi guitarra se deslice por aceite y ahora se arrastra por un piso de cemento. Y no entiendo, mi melodía es la misma: 2, 3 notas que van al compás del disco, pero de todas formas es totalmente distinta; sigue siendo ella, pero sin abrazos, sin empujones, solo con una palmadita en la espalda que le da el platillo, nada más. 
  Eso es lo fantástico de la música (¿solamente?): que según dónde, cuándo y con quién esté, una misma melodía cambia por completo. 



*Se me ocurrió escuchar a este señor y me inspiró para escribir esto. Muy bello: 


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