Después del tren, de la mucha
gente en Retiro caminando mirando sus relojes, del C con asientos de un
terciopelo gastado, se llega al A de la locutora entusiasta. Y cuando son las
10:30 de la mañana el A está vacío. Los caños para agarrarse parecen para pole
dance.
Locutora entusiasta anuncia que
estamos en Estación Congreso. Se repelen las puertas, entran algunas personas y
entre ellas un señor de unos 70 años que se sienta en frente mío. Tiene unas
bermudas grises, medias también grises (que le llegan hasta por debajo de las rodillas) y unos mocasines marrones. Está leyendo, yo también. Pienso: ¿Qué pasaría si
la persona que se sienta justo enfrente mío en el subte fuese mi reflejo?
Levanto la mirada, él también. La vuelvo a bajar. La vuelvo a levantar, me
sigue mirando, vuelvo al libro.
Ahora decido mirarlo por bastante tiempo. Estiro mi cuello al mismo tiempo que él estira el suyo; me quedo
observando sus ojos, su bigote gris, a la vez que el observa mis ojos, mi falta
de bigote. Desprendo mi mano izquierda del libro y la empiezo a elevar
haciendo una especie de saludo alienígena que él está haciendo exactamente de
manera sincrónica. Me sonríe, porque yo le sonrío. Me gruñe, a la vez que yo
gruño. Levanta las cejas que yo levanto. ¿Tendré 70 años y un bigote? ¿Qué
pasaría si la persona que se sienta justo enfrente mío en el subte fuese mi
reflejo?
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