domingo, 10 de mayo de 2015

Reflejo

    Después del tren, de la mucha gente en Retiro caminando mirando sus relojes, del C con asientos de un terciopelo gastado, se llega al A de la locutora entusiasta. Y cuando son las 10:30 de la mañana el A está vacío. Los caños para agarrarse parecen para pole dance. 
    Locutora entusiasta anuncia que estamos en Estación Congreso. Se repelen las puertas, entran algunas personas y entre ellas un señor de unos 70 años que se sienta en frente mío. Tiene unas bermudas grises, medias también grises (que le llegan hasta por debajo de las rodillas) y unos mocasines marrones. Está leyendo, yo también. Pienso: ¿Qué pasaría si la persona que se sienta justo enfrente mío en el subte fuese mi reflejo? Levanto la mirada, él también. La vuelvo a bajar. La vuelvo a levantar, me sigue mirando, vuelvo al libro.
   Ahora decido mirarlo por bastante tiempo. Estiro mi cuello al mismo tiempo que él estira el suyo; me quedo observando sus ojos, su bigote gris, a la vez que el observa mis ojos, mi falta de bigote. Desprendo mi mano izquierda del libro y la empiezo a elevar haciendo una especie de saludo alienígena que él está haciendo exactamente de manera sincrónica. Me sonríe, porque yo le sonrío. Me gruñe, a la vez que yo gruño. Levanta las cejas que yo levanto. ¿Tendré 70 años y un bigote? ¿Qué pasaría si la persona que se sienta justo enfrente mío en el subte fuese mi reflejo? 

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