No te preocupes, olvidate: el amor va a llegar cuando menos te lo esperes. Es como cuando buscás la birome que no encontrás, y aparece tratando de encontrar el libro-que-te-dije-el-otro-día en esa caja de cartón llena de polvo.
Busco mi libro, me voy a la Biblioteca Nacional. Digo mi número de DNI en la entrada, subo por el ya conocido ascensor al sexto piso, encuentro un lugar cercano a la ventana, me siento. Miro. El río, los barcos, la facultad de derecho, el monumento moderno y espejado con forma de flor. Las escaleras que suben a una calle cortada, a una esquina europea intersectada por un edificio finito y triangular que parece de cartón.
Abro el libro, me quedan dos capítulos. Es una versión usada, está encuadernada a mano y tiene el título escrito en el lomo con marcador dorado. Capítulo 15: El primo de la protagonista la va a buscar a su casa. Le dice que suba al auto, que ya es tarde. Ella dice que si está seguro, si cree que es la decisión correcta. El responde que sí. Que los van a descubrir, que es cuestión de vida o muerte. Ella guarda los fajos de billetes que faltan y cierra el maletín. Se pone los lentes de sol, pasa sus brazos por el piloto negro y salen juntos por la puerta principal. Se acercan al auto y no quiero que termine, che. Miro el río, la enorme fuente de una plaza donde chicos y adultos juegan carreras de barcos a control remoto. Miro las mesas de la sala, miro qué leen las otras tres personas sentadas en la que estoy yo. La chica de anteojos resuelve ecuaciones kilométricas en un cuadernillo cuadriculado, el chico lee un libro con dibujos de células y las copia en otra hoja, el otro busca en sus apuntes alguna oración que no merezca ser resaltada. Todas las sillas están ocupadas, todos leen, toman mate, café, subrayan, miran por la ventana, leen.
Vuelvo a la hoja, a la sala, a la hoja, a las ecuaciones, la hoja, la mesa de en frente, el resaltador, la hoja, la mirada perdida, la hoja, la hoja. Suben al auto, ella empieza a manejar en dirección a la ruta. Le pide al acompañante que ponga algo en la radio. Sintoniza una radio que pasa música de los ochenta. Empieza a acelerar y los faroles de la ciudad son atravesados como un pantano por la velocidad del vehículo. Saben que no había otra salida, que probablemente en algún momento aparezca un auto detrás suyo, pero el rabillo de mi ojo está pendiente de la posible casualidad, de la fracción de tiempo donde todo se cruza, donde alguien se acerca. Ahora debería ser el momento indicado, ahora cuando estoy leyendo. Ahora cuando me olvido.
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