Estás parada en una esquina de Parque Chas. Hace tres minutos sacaste de tu bolsillo un papelito arrugado que dice la dirección: una capital europea seguida de cuatro números. Hace tres minutos te lo quedaste mirando hasta que se hizo borrosa la letra y muy claros tus silogismos enredados.
Tus neuronas hacen sinapsis, el mar devuelve una llave a la orilla y de repente te acordaste de cómo ir. Te ponés los auriculares, empezás a caminar mirando al frente. Cada paso que das impulsa tu cuerpo como el momento en el que creías que en esa caída libre la hamaca iba a vencer al péndulo y dar una vuelta entera.
Doblás, volvés a doblar, agarrás Cádiz, caminás derecho por el camino curvo siguiendo el ritmo de la música, sin detenerte ni desacelerar. A medida que se va desnublando el destino, sentís la paz de la milésima que le sigue al final, del lápiz tachando la acción anotada en la agenda. Pero al acercarte un poco más, tus ojos empiezan a arder, tu cabeza solo escucha un beep similar al acople entre un micrófono y un parlante, que crece cada vez más, que tapa la cadena de razonamientos, de explicaciones que buscan procesar por qué el punto al que te estás acercando es esa misma esquina en la que hace cinco minutos estabas parada mirando un papelito arrugado con una dirección escrita en lápiz borroneado.
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