El humano no deja de clasificar. Clasifica olores, clasifica sonidos, clasifica seres vivos, clasifica animales. Grandes, chicos, medianos, lindos, feos, mamíferos, graves, dulces, salados, agudos, eucariotas, procariotas. Pastas, verduras, fríos, calientes, abrigadas, livianitos.
Todo lo clasificamos y lo vamos dividiendo en partes, que se dividen en otras partes y así hasta llegar a esa mínimisima parte que creemos que ya no podemos dividir, pero con un bisturí y un microscopio hacemos lo necesario para dividirla de nuevo.
Y dividiendo y enciclopedizando (¿existe ese verboide?), un día se nos ocurrió clasificar al tiempo. Milenios, siglos, días, horas, años. Le pusimos límite a algo sumamente abstracto.
Cada tanto necesitamos que nos den una piña barroca, que nos recuerde que nos vamos a morir y que tenemos que disfrutar. Quizás, festejar que un año termina, aparte de hacer que mucha gente gaste plata y que otros ganen mucho, puede ser esa piña que necesitamos.
Limitarnos el tiempo, crear una ilusión de final, tener "fecha límite", hace que eso que tengamos que hacer, lo hagamos con más intensidad. La tarea difícil, es lograr disfrutarlo como si fuera el útlimo.
*Me insipiré en este texto (http://www.ciudadseva.com/textos/teoria/opin/borges3.htm) y en lo poquitísimo que se de Nietzsche.
No hay comentarios:
Publicar un comentario