domingo, 26 de mayo de 2013

Soñé una tarde

   Yo escapaba de las cuatro paredes de mi cuarto rebalsadas de hojas y calculadoras y cuentas y ejercicios. Mis llaves, plata, libro y la tarjeta en la cartera, y me zambullía en el asiento del colectivo para que me llevase a algún lugar lejos de ahí. Bajaba, caminaba entre los puestos repetitivos de toda feria, miraba gente que me miraba, me sentaba en un banco de ahí y me ponía a leer. Olvidaba que estaba en América y me creía en Europa. El aire frío me sacudía el nuevo corte de pelo y hacía que mis dedos tengan que retener las páginas para que no se vuelen. 
   Ahí, en ese momento, después de leer dos páginas del libro, percibía que la gente a mi alrededor se movilizaba. Labios susurraban a oídos, madres buscaban a sus hijos para que no se escapasen. Un grupo de hombres verdes se agrupaba en un bloque y al grito seco de uno empezaban a marchar tocando una melodía en tono mayor que empujaba a la masa. 
  Algunas personas los aplaudían. Yo con mi libro en mano intentaba digerir qué era esa situación. Marchaban hasta el centro y se organizaban en forma de orquesta. Silencio. La gente aplaudió y se terminó de agrupar a su alrededor obstruyéndome la vista de lo que pasaba. Así parados, uniformados, estructurados por qué no, volvieron a tocar. Y así estuvieron cuarenta y cinco minutos, interrumpidos por pequeños silencios que se llenaban con aplausos que crecían cada vez más en cada nuevo intervalo. Introducción, nudo y el sol do de desenlace.
   Mientras la música seguía, se me acercaban dos soldados con un panfleto y me lo daban. Me decían que estaban promocionando el ejército y si yo quería ir. Les decía que no, que iba a estudiar letras. No sabían lo que era letras ni dónde se estudiaba. Les agradecía el panfleto y me decían que me lo quede o que se lo de a algún amigo. 
 Volviendo a mirar la situación de pronto veía que entre la gente, dos personas deambulaban con carteles que decían "Abrazos gratis" abrazando a soldados, abuelas, niños, o adultos mientras de fondo ya habían terminado de tocar Aurora y pasaban al himno nacional. Todos se quedaban parados y lo cantaban, como si les importara su patria de repente, con lágrimas a punto de brotar de sus ojos.  
   Después, entre tratar de concentrarme en el libro y escuchar las repetitivas marchas, el tiempo pasaba y en un momento yo percibía que en un silencio la gente volvía a moverse expectante. Se abrían hacia dos costados para dejar pasar a la banda. Ya hecho el pasillo humano, los hombrecitos verdes caminaban tocando otra marcha que los empujaba, y la gente sorprendida los seguía tomándole fotos. Pasaban frente a mis narices hasta que llegaban a su colectivo, con toda la manada de personas atrás, se subían y se iban. 
  Todo volvía a la normalidad. El silencio, la feria, los puestos, mi libro, el viento. La tarde que no había sido cortada en su parte más importante, sino que había llegado (¿cómo dios manda?) hasta su situación final. 
    
    No me quedaba otra, la única manera de que parezca verosímil era narrarla como si fuera un sueño. 

domingo, 12 de mayo de 2013

Sentido(s)

    Todos buscamos el sentido. Yo creo que el sentido es haber sentido. Si no tenemos momentos sentidos, aburre. El sentido es ser humano y lo más humano es el sentido. 
    Pero a veces sentís que eso que has sentido no tiene sentido. Ni lógica, ni reglas, ni controles. Esos son los más interesantes: Sentidos sin sentido que te hacen caminar con pasos dudosos en la línea que divide lo humano de lo animal. 
    El mayor sentido es entonces (para mí, en parte) haber sentido lo sentido sin sentido.

Todavía no entiendo a aquel que se le ocurrió elegir las palabras de este idioma.

sábado, 11 de mayo de 2013

Sigmund el titiritero

  Un día, hace unos ciento y pico de años, al Dr. Sigmund se le ocurrió escribir una historia. Para inspirarse y crear sus personajes se basó en lo que le contaban sus pacientes, algunas situaciones conflictivas de esos libros de mitología griega, y otros de su vieja Biblia.
   Entonces agarró su pluma y su tintero y sobre una hoja comenzó a escribir. Puso un poco de cada lado: los sueños de Iosef, el ciego que tenía sexo con la madre, la mujer que disfrutaba el dolor del hombre... En su paleta de colores fue mezclando todas las matices.
   Otra día la terminó, y la leyó. En ese momento se dio cuenta que estaba enamorado. Su prosa lo hacía sentir como una persona que no duda un momento de su existencia. Amaba que sea tan mimética, tan verosímil, tan... real.
   Tan real que no podía quedar solo en esa hoja. Él la quería ver, tocarla, poder plasmar en concreto todo eso que estaba en su cabeza. Buscó cartón y se armó un teatro. Un teatro de marionetas. Desde arriba él movía sus pequeños brazos que colgaban de hilos atados a las dos maderitas. 
   Recorrió su país, luego Europa, luego el mundo entero con su teatro. Ese teatro de marionetas que se movían siguiendo la famosa historia de Sigmund, y se guíaban por cada una de sus escenas. 

*Sin ofender a psicólogos y otros que sepan sobre psicología, psicolanálisis, etc. 

miércoles, 8 de mayo de 2013

Deseo repentino

     Desde mi ventana salpicada de gotas puedo ver los árboles vicentelopecinos que bailan con movimientos deformados, como gigantes cabezas de basquetbolistas corriendo con su afro de un lado a otro.
     Y agarro un mechón de mi aburrido pelo lacio. Recto, inmovil, igual que siempre. Hoy no lo quiero. Quiero un afro enorme y que al caminar baile sobre mi cabeza, y al asentir siga el recorrido de mi movimiento. Quiero que mi ventana sea espejo, y esos árboles cubran mi cuero cabelludo.

*Me crucé con este borrador entre mi marea de entradas. (Es de cuando tenía el pelo más lacio, y aburrido)

jueves, 2 de mayo de 2013

Crimen y castigo

    Se portó mal. Lo sentaron en un rincón, y lo castigaron. Le sacaron la tele, la compu, los lápices de colores brillantes, los dibujos de Ben 10... los sonidos se fueron difuminando a medida que se agregaban viñetas a la lista de objetos censurados. Lo encerraron en un cuarto vacío. 
    Miró el techo blanco, las paredes crema, el piso de madera... los autitos de colores, sus lapices brillantes, Ben 10 mismo que bajaba del techo en una soga y le daba la mano. De cada uno de sus dedos mágicos salía un color distinto con el que empezó a pintar las paredes hasta formar el mural más bello y colorido del planeta. Y con unos pequeños ventiladores incrustados en sus talones voló hasta al cielo raso para pintarlo de rosa, naranja y celeste, y llenarlo de nubes blancas de distintos tamaños. Luego, a la cuenta de tres, todo empezó a moverse: cada trazo, cada nube. Se vio rodeado de una película proyectada en 5 planos. 
     Hay cosas que nunca se pueden sacar.