Yo escapaba de las cuatro paredes de mi cuarto rebalsadas de hojas y calculadoras y cuentas y ejercicios. Mis llaves, plata, libro y la tarjeta en la cartera, y me zambullía en el asiento del colectivo para que me llevase a algún lugar lejos de ahí. Bajaba, caminaba entre los puestos repetitivos de toda feria, miraba gente que me miraba, me sentaba en un banco de ahí y me ponía a leer. Olvidaba que estaba en América y me creía en Europa. El aire frío me sacudía el nuevo corte de pelo y hacía que mis dedos tengan que retener las páginas para que no se vuelen.
Ahí, en ese momento, después de leer dos páginas del libro, percibía que la gente a mi alrededor se movilizaba. Labios susurraban a oídos, madres buscaban a sus hijos para que no se escapasen. Un grupo de hombres verdes se agrupaba en un bloque y al grito seco de uno empezaban a marchar tocando una melodía en tono mayor que empujaba a la masa.
Algunas personas los aplaudían. Yo con mi libro en mano intentaba digerir qué era esa situación. Marchaban hasta el centro y se organizaban en forma de orquesta. Silencio. La gente aplaudió y se terminó de agrupar a su alrededor obstruyéndome la vista de lo que pasaba. Así parados, uniformados, estructurados por qué no, volvieron a tocar. Y así estuvieron cuarenta y cinco minutos, interrumpidos por pequeños silencios que se llenaban con aplausos que crecían cada vez más en cada nuevo intervalo. Introducción, nudo y el sol do de desenlace.
Mientras la música seguía, se me acercaban dos soldados con un panfleto y me lo daban. Me decían que estaban promocionando el ejército y si yo quería ir. Les decía que no, que iba a estudiar letras. No sabían lo que era letras ni dónde se estudiaba. Les agradecía el panfleto y me decían que me lo quede o que se lo de a algún amigo.
Volviendo a mirar la situación de pronto veía que entre la gente, dos personas deambulaban con carteles que decían "Abrazos gratis" abrazando a soldados, abuelas, niños, o adultos mientras de fondo ya habían terminado de tocar Aurora y pasaban al himno nacional. Todos se quedaban parados y lo cantaban, como si les importara su patria de repente, con lágrimas a punto de brotar de sus ojos.
Después, entre tratar de concentrarme en el libro y escuchar las repetitivas marchas, el tiempo pasaba y en un momento yo percibía que en un silencio la gente volvía a moverse expectante. Se abrían hacia dos costados para dejar pasar a la banda. Ya hecho el pasillo humano, los hombrecitos verdes caminaban tocando otra marcha que los empujaba, y la gente sorprendida los seguía tomándole fotos. Pasaban frente a mis narices hasta que llegaban a su colectivo, con toda la manada de personas atrás, se subían y se iban.
Todo volvía a la normalidad. El silencio, la feria, los puestos, mi libro, el viento. La tarde que no había sido cortada en su parte más importante, sino que había llegado (¿cómo dios manda?) hasta su situación final.
No me quedaba otra, la única manera de que parezca verosímil era narrarla como si fuera un sueño.
No me quedaba otra, la única manera de que parezca verosímil era narrarla como si fuera un sueño.