Un día, hace unos ciento y pico de años, al Dr. Sigmund se le ocurrió escribir una historia. Para inspirarse y crear sus personajes se basó en lo que le contaban sus pacientes, algunas situaciones conflictivas de esos libros de mitología griega, y otros de su vieja Biblia.
Entonces agarró su pluma y su tintero y sobre una hoja comenzó a escribir. Puso un poco de cada lado: los sueños de Iosef, el ciego que tenía sexo con la madre, la mujer que disfrutaba el dolor del hombre... En su paleta de colores fue mezclando todas las matices.
Otra día la terminó, y la leyó. En ese momento se dio cuenta que estaba enamorado. Su prosa lo hacía sentir como una persona que no duda un momento de su existencia. Amaba que sea tan mimética, tan verosímil, tan... real.
Tan real que no podía quedar solo en esa hoja. Él la quería ver, tocarla, poder plasmar en concreto todo eso que estaba en su cabeza. Buscó cartón y se armó un teatro. Un teatro de marionetas. Desde arriba él movía sus pequeños brazos que colgaban de hilos atados a las dos maderitas.
Recorrió su país, luego Europa, luego el mundo entero con su teatro. Ese teatro de marionetas que se movían siguiendo la famosa historia de Sigmund, y se guíaban por cada una de sus escenas.
*Sin ofender a psicólogos y otros que sepan sobre psicología, psicolanálisis, etc.
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