Ayer abrí mi cabeza. Hice un tajo con un bisturí y después con un cuchillo lo profundicé. Al separar las dos partes, escuché el sonido pegajoso de los líquidos espesos que se estiraban a medida que la abría. Entre esos hilos de sustancia, pude ver los caminos curvos entrecruzados que formaban mi cerebro. Entonces lo agarré con mis dos manos y lo saqué de ahí. Con miedo a que se resbale, lo levanté y lo alcé hasta que la luz lo iluminara para contemplarlo mejor. Caminé por los pasillos de mi casa y lo coloqué en mi balcón, encima de una silla. Ahí se quedó pensando, fuera del tiempo, fuera del espacio, fuera de mí. Y así se pasó todo el día.
viernes, 29 de marzo de 2013
lunes, 25 de marzo de 2013
Escéptico
Todos portan banderas
Y no le temen a portarlas
Las llevan con orgullo
decididos de sus cómos, dóndes
por qués
Estoy rodeada de banderas
Pero soy incapaz de llevar una.
domingo, 17 de marzo de 2013
Erre, eñe
Leer un libro en inglés me irrita. Las palabras suenan tan lejanas a lo concreto. La voz que las lee en mi cabeza me recuerda a la falsedad de cualquier conductora de un talk show, empapada de maquillaje y spray para sostener su duro peinado. Desde mi interior solo un deseo me urge: llamar al DT y pedirle un cambio, "sale la falsa, entra Cortazar"; y que las palabras vacías se llenen hasta el tope de castellano.
Ese castellano que te impregna la piel. Se mete en tu sangre hasta llegar al corazón y le da la fuerza para que se contraiga y bombee de nuevo el misterio, el amor, las fuertes sensaciones que acaba de inyectar en el cuerpo. Apasiona, te muestra sus garras y rasguña, te inserta en sueños reales, te baña de lágrimas, te llena de agua la boca, te pega un bife y te deja marcada la cara. Rompe fronteras, con esa erre de rencor y de romance, sin vergüenzas ni filtros. No miente. El castellano no usa máscara ni careta; no te insulta, te putea, no te golpea, te re-caga a piñas.
jueves, 14 de marzo de 2013
Zapping
Venía de ver películas. Siempre en el sillón que se moldeaba acorde a la forma de mi cuerpo. Ya no tocaba el control remoto después de poner play. Frente a mí, la luz de la pantalla me llegaba a la cara y me adentraba en historias complejas donde conocía a personajes como si fueran parte de mi grupo de amigos. El tiempo pasaba rápido, las dos o tres horas eran como comer una sandía: nunca me cansaba.
No encuentro más películas ahora. Debe ser el cambio de programación, éstas empresas de cable que están perdiendo plata. No lo entiendo. Me paso horas en el sillón buscando, repitiendo el movimiento de mi dedo pulgar presionando el botón con el símbolo de suma en bajo relieve cada cinco segundos. Así paso horas, escuchando oraciones sin predicadoo gritos en su volumen más alto, o votox, titular, y el pronóstico del tiempo es, ¿estás loca?, ¡minuto para ga, tu sereniito con, ¡El papa es argen, María Eugenia Su, la vuelta al cole con, póngale su voto al Alber, ¿tu dientes son sensibl
No paro. Llevo así días, semanas. Mis ojos son dos maderas astillosas pintadas de rojo sangre y perdieron todo movimiento. Solo cada tanto deciden recuperarlo. Casi rechinando, dan media vuelta como un ascensor de hotel viejo y luego van hacia abajo. Y cuando lo hacen, siempre se encuentran con la misma escena: Mi dedo morado doblando su falange y el botón de bajo relieve escondiéndose y volviendo a aparecer.
*Algo de acá debe haber salido de mi cabeza por ver "The Wall".
sábado, 9 de marzo de 2013
Granito
Ya lo vi venir. Debe haber surgido entre mi piel y los huesos de la cara. Se escabulló y empezó a empujar para afuera. Entonces acaricié mi mejilla y ahí lo sentí: Una pequeña pelota que no se veía pero que estaba ahí adentro, dura, molestando.
Y es intolerable. Porque no la puedo explotar o sacarla. Solo me queda esperar a que siga empujando hasta salir hacia afuera y que cuando me mire al espejo piense "Uy, hola granito".
Y es intolerable. Porque no la puedo explotar o sacarla. Solo me queda esperar a que siga empujando hasta salir hacia afuera y que cuando me mire al espejo piense "Uy, hola granito".
viernes, 8 de marzo de 2013
Cuadriculatizando
Instrucciones:
1. Saque la naranja de su heladera. Probablemente sea una esfera perfecta, a tal punto que si uno puede marcar su punto central, desde ahí hasta la cáscara todos los radios tendrían que medir lo mismo.
2. Coloque la naranja sobre una mesa y juntando sus dedos índice y medio dele un pequeño empujón. Podrá apreciar cómo la naranja es libre de moverse rápidamente tan solo con ese simple envión que usted acaba de darle. Su facilidad se debe especialmente a su forma esférica que logra que esta naja sea capaz de rodar.
3. Apoye la naranja sobre una tabla de madera, y téngala bajo control. Evite que se escape por ahí, que se salga del área indicada. Para esto, es indispensable que usted tenga toda su atención en el pequeño planeta en frente suyo, en especial su atención visual y de tacto.
4. Mientras vigila con su mirada y sostiene con una mano la naranja, con la otra busque un cuchillo de un grosor de cinco centímetros. Acérquese a un afilador y afílelo en caso de que no esté lo suficientemente listo.
5. Agarre el cuchillo y apóyelo sobre la naranja a unos tres centímetros del centro de la cáscara.
6. Ahora empuje el cuchillo hacia abajo con fuerza y determinación hasta escuchar el golpe seco del filo contra la madera.
7. Repita el proceso cinco veces más, siempre a tres centímetros del centro de la cáscara, hasta lograr que la naranja tenga seis lados rectos y una forma cúbica.
8. Observe la naranja. Sola, chorreando de sus sangre, desprotegida. La naranja es incapaz de rodar ahora, sus movimientos existen solo con la ayuda de una mano que la lleve.
9. La naranja ha perdido su libertad y ya no puede de ninguna manera guíar sus movimientos.
1. Saque la naranja de su heladera. Probablemente sea una esfera perfecta, a tal punto que si uno puede marcar su punto central, desde ahí hasta la cáscara todos los radios tendrían que medir lo mismo.
2. Coloque la naranja sobre una mesa y juntando sus dedos índice y medio dele un pequeño empujón. Podrá apreciar cómo la naranja es libre de moverse rápidamente tan solo con ese simple envión que usted acaba de darle. Su facilidad se debe especialmente a su forma esférica que logra que esta naja sea capaz de rodar.
3. Apoye la naranja sobre una tabla de madera, y téngala bajo control. Evite que se escape por ahí, que se salga del área indicada. Para esto, es indispensable que usted tenga toda su atención en el pequeño planeta en frente suyo, en especial su atención visual y de tacto.
4. Mientras vigila con su mirada y sostiene con una mano la naranja, con la otra busque un cuchillo de un grosor de cinco centímetros. Acérquese a un afilador y afílelo en caso de que no esté lo suficientemente listo.
5. Agarre el cuchillo y apóyelo sobre la naranja a unos tres centímetros del centro de la cáscara.
6. Ahora empuje el cuchillo hacia abajo con fuerza y determinación hasta escuchar el golpe seco del filo contra la madera.
7. Repita el proceso cinco veces más, siempre a tres centímetros del centro de la cáscara, hasta lograr que la naranja tenga seis lados rectos y una forma cúbica.
8. Observe la naranja. Sola, chorreando de sus sangre, desprotegida. La naranja es incapaz de rodar ahora, sus movimientos existen solo con la ayuda de una mano que la lleve.
9. La naranja ha perdido su libertad y ya no puede de ninguna manera guíar sus movimientos.
martes, 5 de marzo de 2013
La soberbia
Yo te voy a explicar lo que pasó, y no me vengas con interrupciones y con tus "sos una soberbia" porque esta vez te puedo asegurar que tengo razón. Vos estabas charlando con Ernestina de su vida, de su viaje a Australia, de su nueva remera, del libro que leyó... en fin, de todas esas cosas que se preguntan para simular que les importa la vida de la otra. Hasta que ella me miró y pude ver en sus ojos el desprecio que me tenía. Me recorrió desde la raya al medio de mi pelo hasta las zapatillas que tenía puestas, levantando una ceja. Yo no le presté atención, me di vuelta y seguí lavando los platos, escuchando su conversación y parodiándola en mi cabeza. "Ay, sí, es un divino! ¿Te viste el capítulo de la vez pasada? ¡Super macho!". Así, miles de frases salían de sus gargantas chillonas.
Pero ahora llego a la parte que te interesa. Te digo que ya para mí eran dos cotorras, hasta que de pronto empecé a escuchar que bajaban la voz. Gracias, seguramente mi cuerpo estaría activando algún mecanismo de defensa contra situaciones excesivamente pesadas... No era así. Al pasar unos tres segundos, me volví consciente de que no era mi cuerpo el que había reducido la voz, sino ustedes, que empezaron a hablar a menor volumen para que yo no las escuche.
En ese momento pasó. Quería ver qué estaban diciendo de mí, entonces me di vuelta y ¡paf! el vaso que tenía en mi mano resbaló, como tirándose de un tobogán por las burbujas de detergente que tenía mi palma derecha. Y ahí cayó al piso, y el ¡paf! se convirtíó en el clink clink clink clink de los vidrios rotos.
¿Ves? Es más que obvio. Es totalmente evidente que si vos no hubieras invitado a esa falsa de tu amiga, y ella no me hubiera mirado con esos ojos diabólicos, y no hubieran hablado del "¡Ay es un super macho!", por empezar, yo no tendría que haber estado lavando esos platos que me encargaste para evitar hacer esa tarea en frente de tu "amiga", y entonces, no hubiera necesitado darme vuelta ante la mirada despectiva, ni tampoco volver a girar para ver qué era eso tan tabú de lo que estaban hablando, de lo cuál yo no podía enterarme y, ergo, si nada pero nada de eso hubiera ocurrido, entonces a mí nunca se me habría caído ese puto vaso que tanto te gustaba y sobre el que tanto me hinchaste las pelotas cuando yacía quebrado en unas cincuenta partes distribuidas por todo el piso de la cocina. Yo no rompí el vaso. A mí no se me cayó. El vaso se rompió por tu culpa y no me lo vengas a discutir, porque esta vez, como todas las otras, tengo razón. Punto final.
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