Leer un libro en inglés me irrita. Las palabras suenan tan lejanas a lo concreto. La voz que las lee en mi cabeza me recuerda a la falsedad de cualquier conductora de un talk show, empapada de maquillaje y spray para sostener su duro peinado. Desde mi interior solo un deseo me urge: llamar al DT y pedirle un cambio, "sale la falsa, entra Cortazar"; y que las palabras vacías se llenen hasta el tope de castellano.
Ese castellano que te impregna la piel. Se mete en tu sangre hasta llegar al corazón y le da la fuerza para que se contraiga y bombee de nuevo el misterio, el amor, las fuertes sensaciones que acaba de inyectar en el cuerpo. Apasiona, te muestra sus garras y rasguña, te inserta en sueños reales, te baña de lágrimas, te llena de agua la boca, te pega un bife y te deja marcada la cara. Rompe fronteras, con esa erre de rencor y de romance, sin vergüenzas ni filtros. No miente. El castellano no usa máscara ni careta; no te insulta, te putea, no te golpea, te re-caga a piñas.
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