Venía de ver películas. Siempre en el sillón que se moldeaba acorde a la forma de mi cuerpo. Ya no tocaba el control remoto después de poner play. Frente a mí, la luz de la pantalla me llegaba a la cara y me adentraba en historias complejas donde conocía a personajes como si fueran parte de mi grupo de amigos. El tiempo pasaba rápido, las dos o tres horas eran como comer una sandía: nunca me cansaba.
No encuentro más películas ahora. Debe ser el cambio de programación, éstas empresas de cable que están perdiendo plata. No lo entiendo. Me paso horas en el sillón buscando, repitiendo el movimiento de mi dedo pulgar presionando el botón con el símbolo de suma en bajo relieve cada cinco segundos. Así paso horas, escuchando oraciones sin predicadoo gritos en su volumen más alto, o votox, titular, y el pronóstico del tiempo es, ¿estás loca?, ¡minuto para ga, tu sereniito con, ¡El papa es argen, María Eugenia Su, la vuelta al cole con, póngale su voto al Alber, ¿tu dientes son sensibl
No paro. Llevo así días, semanas. Mis ojos son dos maderas astillosas pintadas de rojo sangre y perdieron todo movimiento. Solo cada tanto deciden recuperarlo. Casi rechinando, dan media vuelta como un ascensor de hotel viejo y luego van hacia abajo. Y cuando lo hacen, siempre se encuentran con la misma escena: Mi dedo morado doblando su falange y el botón de bajo relieve escondiéndose y volviendo a aparecer.
*Algo de acá debe haber salido de mi cabeza por ver "The Wall".
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