Yo te voy a explicar lo que pasó, y no me vengas con interrupciones y con tus "sos una soberbia" porque esta vez te puedo asegurar que tengo razón. Vos estabas charlando con Ernestina de su vida, de su viaje a Australia, de su nueva remera, del libro que leyó... en fin, de todas esas cosas que se preguntan para simular que les importa la vida de la otra. Hasta que ella me miró y pude ver en sus ojos el desprecio que me tenía. Me recorrió desde la raya al medio de mi pelo hasta las zapatillas que tenía puestas, levantando una ceja. Yo no le presté atención, me di vuelta y seguí lavando los platos, escuchando su conversación y parodiándola en mi cabeza. "Ay, sí, es un divino! ¿Te viste el capítulo de la vez pasada? ¡Super macho!". Así, miles de frases salían de sus gargantas chillonas.
Pero ahora llego a la parte que te interesa. Te digo que ya para mí eran dos cotorras, hasta que de pronto empecé a escuchar que bajaban la voz. Gracias, seguramente mi cuerpo estaría activando algún mecanismo de defensa contra situaciones excesivamente pesadas... No era así. Al pasar unos tres segundos, me volví consciente de que no era mi cuerpo el que había reducido la voz, sino ustedes, que empezaron a hablar a menor volumen para que yo no las escuche.
En ese momento pasó. Quería ver qué estaban diciendo de mí, entonces me di vuelta y ¡paf! el vaso que tenía en mi mano resbaló, como tirándose de un tobogán por las burbujas de detergente que tenía mi palma derecha. Y ahí cayó al piso, y el ¡paf! se convirtíó en el clink clink clink clink de los vidrios rotos.
¿Ves? Es más que obvio. Es totalmente evidente que si vos no hubieras invitado a esa falsa de tu amiga, y ella no me hubiera mirado con esos ojos diabólicos, y no hubieran hablado del "¡Ay es un super macho!", por empezar, yo no tendría que haber estado lavando esos platos que me encargaste para evitar hacer esa tarea en frente de tu "amiga", y entonces, no hubiera necesitado darme vuelta ante la mirada despectiva, ni tampoco volver a girar para ver qué era eso tan tabú de lo que estaban hablando, de lo cuál yo no podía enterarme y, ergo, si nada pero nada de eso hubiera ocurrido, entonces a mí nunca se me habría caído ese puto vaso que tanto te gustaba y sobre el que tanto me hinchaste las pelotas cuando yacía quebrado en unas cincuenta partes distribuidas por todo el piso de la cocina. Yo no rompí el vaso. A mí no se me cayó. El vaso se rompió por tu culpa y no me lo vengas a discutir, porque esta vez, como todas las otras, tengo razón. Punto final.
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