jueves, 28 de febrero de 2013

La gallega

Me la jugué y me compré el GPS. Salió bastante caro, pero es una buena inversión viste, no tenés que preocuparte más, vos lo prendés, le decís a dónde querés ir y la gallega te dice por dónde agarrar. Nunca falla aparte, siempre llegás bien y por el camino más rápido, es más, el otro día le puse cómo podía llegar a China y me llevó al aeropuerto, ¿No es impresionante? Yo la verdad estoy chocho, llego siempre más rápido a todos lados, nunca me pierdo, y bueh, por ahí voy por los caminos que todo el mundo conoce y no es que conozco algo nuevo, pero siempre llego a tiempo al laburo y a cualquier reunión. Tampoco me importa en realidad que sea nuevo, lindo o feo el camino, si a mí lo que me importa es llegar al lugar que quiero de la manera más efectiva, no me es placentero manejar... Bueno, tampoco que no me es placentero, pero viste que hoy en día es más complicado manejar por la calle, mucha bocina, mucho ruido... Aunque a veces igual yo solía mirar el paisaje,me gustaba... ver la gente que caminaba en la calle cuando frenaba en algún semáforo, abrir la ventana, sentirme un modelo cuando el viento me pegaba en la cara, mirar casas, lugares que no conocía... Igual puedo hacer eso con el GPS, si por donde voy hay casas y gente que camina. Pero estoy condicionado por otro lado, claro, porque yo le creo a la gallega y siento que se ofende cuando no le hago caso, me empieza a hablar ofendida, así, como si me estuviera retando, "recalculando, recalculando" me reprocha, a veces siento que va a salir de la pantalla y me va a dar un bife. Pero bueno, yo la perdono, porque los caminos se me hacen cada día más cortos: cuando giro la cabeza para mirar algún paisaje, de repente ya llegué al destino. Y aunque ya no pueda disfrutar del paisaje, del vientito, de la gente, del día, del viaje...
Yo debería tener una charla con la gallega.  
Yo quiero conocer otros caminos,  no puede ser que me rete, que me recalcule así como así... Porque al final, el que está en el volante soy yo ¿no?, el que tiene que decidir... soy yo, y el que no disfruta del viaje, ¡termino siendo YO! ¿Y sabés qué? ¡Es todo por tu culpa, gallega! Sí, vos, la que me llevás por los caminos monótonos, la que me recalcula. ¡Dejame perderme gallega! ¡Quiero mirar casas nuevas, ver otras líneas de colectivo, agarrar por la paralela! ¡Quiero llegar tarde! Total, ya no me importa el laburo, ya no me importa la imagen, me importa ya todo un carajo gallega. ¡Dejame en paz! Que quiero conocer mi Buenos Aires querido y no quiero que seas mi guía. Andate a la mierda gallega, volvete a Galicia y dejame manejar. 

miércoles, 27 de febrero de 2013

Splash de realidad

   Él camina por un prado de girasoles. Siente la brisa chocar en sus pómulos y mover su cabello. Camina hasta donde las flores lo puedan ocultar por completo. Y ahí se sienta. Lo único que puede ver son los tallos verde oscuro, los pétalos, el polen, y el cielo celeste acompañando de algunas nubes blancas.
  Saca un libro, toca el señalador con sus dedos índice y pulgar formando una especie de pinza. Luego acerca la mano a donde aparece esa grieta divisoria. El dedo índice entra en el tajo y empuja con fuerza hacia la izquierda hasta que frente a sus ojos quedan tendidas las dos páginas.
  "Por un momento sintió que la vida podía ser algo bueno, que prefería ignorar ant..." Justo en la "t" aparece un círculo húmedo. Luego otro, casi en la esquina de la página. Mira hacia arriba y ve una enorme nube gris arriba de su cabeza . Amplía un poco su radio de visión y más a la derecha ve otro conjunto de nubes grises que está por acercarse. Cierra el libro, se para, corre a su auto y apoya el libro en el asiento del acompañante. Busca abajo de su asiento. Lo encuentra, medio arrugado pero se puede leer igualmente. Abre sus hojas grandes pero finas y empieza a leer el diario de ese día. 

lunes, 25 de febrero de 2013

Del dicho al hecho

   La butaca era cómoda. Su terciopelo rojo rozaba la parte trasera de mis rodillas, y acariciaba mis manos. Empecé a jugar con la yema de los dedos. Peinaba, despeinaba, y peinaba al apoyabrazos rojo, bordeaux, y de nuevo rojo. Mi alegría se desbordaba por cada parte de mi cuerpo: mis ojos saltones, mis manos que gesticulaban en exceso, mi sonrisa que no se borraba. Amo ir al teatro, no hay nada que hacerle.
    Empezaba a las seis. Pero las luces no se habían apagado todavía. Seguía viendo a las ancianas en frente mío que se gritaban desesperadas señalando los asientos que debían ocupar. Sus carteras negras con lentejuelas, sus labios arrugados escondidos atrás del maquillaje rojo vivo.
    Era extraño que hayan ido a esa función que estaba poblada en su mayoría por padres con dos, cuatro o cinco hijos que venían con sus otros tres amigos del colegio y el otro del club. Se hacían notar con sus constantes gritos, y los "shhhh" "estamos en el teatro" "hay gente acá" de los padres, asumiendo que sus pequeños animalitos no entraban en la definición de "gente".
    Miré expectante al telón. Siendo las seis y cuarto tenía que empezar. En pocos minutos se abrirían de los costados hacia arriba esos pesados pliegues y enfrente mío tendría un mundo nuevo, quizás lejano al mío, pero lo suficientemente cercano como para hacerme reír o llorar. En pocos minutos. Ya eran y dieciocho y como arte de magia, los niños se habían sentado y las viejas estaban calladas. Pareciera como si todos estábamos en la misma situación, mirando el telón, fantaseando sobre lo que podría aparecer allí en frente.  Las voces empezaron a bajar, y un silencio invadió cada rincón de la sala. Las miradas quedaron fijas hacia adelante, el único movimiento que podía percibir era el de los párpados  de los de mi alrededor que pestañaban.

   La valiente en empezar fue una niña que estaba en la fila delante mío, a mi diagonal. Parecía tener unos seis años recién cumplidos por su estatura, pero lo único que podía ver de ella eran dos colitas con pompones rojos de las cuales salían bucles castaños que le llegaban hasta los hombros. Su voz finita entonó el cántico, acompañada de sus dos manos que aplaudieron a ritmo: "Que empiece ya, que el público se va, que empiece ya, que el público se va". Los padres giraron su rostro lanzando una sonrisa vergonzosa que demostraba las ganas que tenían de que los trague la tierra en ese momento. Pero la expresión escondida empezó a desaparecer cuando al cántico se sumaron otros niños, de la fila de adelante, también acompañados por sus palmas.
  Así se fueron sumando, primero los niños, después ya los padres, cantando inocentemente, de forma burlona, para que empiece el espectáculo. El tempo fue aumentando, podía ver como a las viejas de enfrente ya les costaba un poco seguirlo. Creció, con más velocidad, hasta que las voces se callaron y terminó en un potente aplauso cómo si la obra ya hubiera terminado. Pero no era así, el telón todavía no había subido ni un poco, las luces seguían prendidas y nunca se habían apagado. Los que sí se fueron apagando fueron los aplausos que poco a poco terminaron desembocando en ese silencio que hace unos minutos se apoderaba de la sala. 
  Se cortó rápidamente. Las cabezas empezaron a mirarse preocupadas, los susurros aparecieron. Ya eran seis y media. Las viejas miraron preocupadas sus relojes. Dos de ellas empezaron a charlar. Pero parecía que dejaban a una de lado. Esta estaba sentada con su cartera arriba de la falda mirando al escenario con el ceño fruncido. Las otras la ignoraban, gesticulando con sus manos, mostraban expresiones de indignación casi al borde del enojo. Una de ellas interrumpió la charla, y miró a la tercera. -¿Estás bien?- le preguntó. 
    La tercera no respondió. Se paró, y apoyó su cartera en la butaca de terciopelo rojo. Estiró sus dos brazos y dio un fuerte aplauso, al que le siguió otro, marcando un ritmo. Con su voz, gritando, comenzó de nuevo el cántico de enojo, el cántico amenazador. "QUE EMPIECE YA, QUE EL PÚBLICO SE VA". Las amigas la miraron sorprendidas, pero la siguieron: "QUE EMPIECE YA, QUE EL PÚBLICO SE VA". Y así de nuevo se sumó el resto del público, pero esta vez el tiempo que pasó hasta que todos estén cantando fue mucho más corto. Miles de bocas se movían entonando rabiosas la misma frase. Miles de cejas se unían formando arrugas entre medio de ellas. Y algunos brazos empezaron a cerrar sus puños y estirarse. 
    Se había vuelto en un himno de guerra. Todos, unidos, lo cantábamos por una causa. Y el tiempo no lo deterioraba, es más, a medida que este pasaba, el canto se hacía más poderoso y un calor de revolución se hacía sentir entre los pasillos de butacas. Todos sabíamos qué hacer. Fue ella la que nos lideró. 
    Sin dejar de cantar, la señora de la cartera en la falda empezó a empujar suavemente a los que estaban en su fila hasta llegar al pasillo. Con su mano hizo un ademán a los de su fila para que se ubiquen detrás de ella. Hizo el mismo ademán a los de mi fila, y a los de las que cruzaban el pasillo, y sin darnos tiempo a salir, empezó a marchar siguiendo el ritmo de sus aplausos hacia la puerta. Los seguidores de la fila alzaron sus brazos abriéndolos y cerrándolos hasta llamar la atención de los de los palcos, que también, sin dejar de cantar, empezaron a marchar hacia las puertas que los transportaban a sus pasillos. 
   La vieja miró para atrás, y nos hizo notar que había cambiado, bah, mejor dicho, acortado el cántico. Todos la empezamos a seguir: "EL PÚBLICO SE VA, EL PÚBLICO SE VA".      Luego se dio vuelta y siguió marchando, esta vez haciendo un exagerado movimiento con sus brazos acompañando sus pasos. Marchamos. Marchamos hasta la boletería, y hasta salir del teatro. Nos quedamos en la vereda marchando hasta a que todos salieran, sin nunca dejar de cantar. Y salió el último. Se hizo notar con un grito desesperado diciendo "¡ESTÁ VACÍO!". 
   El grito desembocó en festejos y aplausos. Los niños saltaban, los padres sonreían orgullosos, algunos sacaban pañuelos de sus bolsillos y los revoleaban con libertad. Los abrazos empezaron a aparecer por todos lados: niños con padres, viejas con niños, compañeros de butaca, llegué a ver un hombre de unos cincuenta años besando a una mujer que había conocido mientras marchaban. Pero todo cesó cuando la señora de la cartera empezó a mover las manos para llamar a silencio. 
     Todos la miramos con atención. Ella esperó hasta que terminen los últimos susurros, con ojos amenazadores. Y cuando solo escuchaba el sonido de los autos, irguió su espalda, miró a su ejército y anunció: "¡Todos a la pizzería de la esquina! ¡Yo invito!".

jueves, 21 de febrero de 2013

Me dijeron

-A mi me dijeron que había que encontrarlo.-
-¿Pero quién te lo dijo?-
-Azul, mi amiga-
-¿Pero ella de dónde lo sacó?-
-Ay, todos lo dicen, ¿me estás cargando? -
-¿Todos dicen qué?-
-¡Que hay que encontrarlo! Estás lenta hoy ¿eh? A Azul igual se lo dijo su tío, ese que es famoso. -
-¿Pero ese tío sabe algo de él?-
-Parece que sí, dice que lo leyó en un diario, en un artículo donde el periodista citaba a un viejo sabio chino, ese sabe sobre él seguro.-
-¿Y ese chino que decía?-
-Que hay que encontrarlo sí o sí, porque si no lo encuentran parece que nos va a ir mal. -
-Yo no le creo nada al chino, seguro es todo un curro para que alguien se enriquezca... 
-No le creas al chino, pero entonces le tenés que creer a Los Beatles, a intelectuales, a todos. -
-Sí, a todos, todos los que hablan de lo que les dijeron otros que repitieron lo que alguna vez otros les dijeron. Hablan como si él fuera el jardín del Edén, pero debe ser una placita, está sobre-valuado. Es solo una historia más de ficción, no un documental. -

martes, 19 de febrero de 2013

Pulsaciones

  En mi cuerpo vive la tripulación de un barco. Estoy segura. Creen que mi pecho es la puerta del comedor, y no dejan de darle golpes. El intervalo entre ellos se vuelve cada vez más corto, pero su fuerza es cada vez mayor. Están ansiosos. 
  En mi estómago, en cambio, viven los marineros que me preparan para zarpar. Atan nudos de varias formas: Algunos enormes me hacen doler, otros más pequeños me generan cosquillas. 
  Y yo, el gran crucero, aquí me reporto. Entre la marea y los tripulantes, tengo un insomnio insoportable. Lo único que espero es llegar a la próxima costa.

lunes, 18 de febrero de 2013

Cholulo

   Las miradas se posan en un solo punto. Algunas entrecerradas, frunciendo las cejas, tratan de descifrar de dónde les suena su cara. Otras derivan directamente en sonrisas escondidas, vergonzosas, que hacen tornar la cara y mirar para abajo. Las más graciosas son las sobreactuadas, miran disimuladamente, y cuando se dan cuenta de que es él giran ciento ochenta grados, y empiezan a caminar más rápido. Nunca faltan igual las miradas sospechosas, donde las pupilas son tapadas casi en su totalidad por las pestañas. Y si están acompañadas, avisan a las otras, llevándose las manos a los costados de los labios, y susurrándoles para que noten la presencia cercana. 
 Estas últimas suelen ser las que hacen metamorfosis. Se convierten en pasos ansiosos, apurados, miedosos a perder la oportunidad. Y en manos que se revuelven, con la misma desesperación, en los bolsillos hasta encontrar un celular. Los pasos se convierten en trote, y en pulsaciones que aumentan. En suspiros de relajación, en sonrisas de alegría, y en un estado de éxtasis cuando un tercero aprieta el botón y dice "Listo, acá está". 
  Esas miradas se quedan con la posibilidad de seguir mirando y sintiendo algo por alguien que en ningún momento debe haber sentido algo por esas miradas. 
   
   
    

sábado, 16 de febrero de 2013

El atrevimiento

   Los treinta y dos grados de sensación térmica se hacían sentir en cada poro de mi piel. De cada uno de ellos salían gotas, que se juntaban con otras gotas, y terminaban formando una gran cascada de sudor que corría por mi espalda. Los treinta y dos se convirtieron en cuarenta y uno al subir los tres escalones, apoyar la tarjeta en el detector, y empezar a rozar mis brazos con otros brazos, mis mejillas con otras mejillas, que tenían poros, de los cuales salían gotas de sudor.
   La densidad de roces aumentó, y llegué al punto de darme por vencida, de pensar que ya no tenía salida del lugar en donde había quedado. Pero empujé, permiso, permiso, disculpas, hasta que mi pie logró apoyarse en otro escalón y elevó a todo mi cuerpo hacia la segunda sección del colectivo. La cascada a este punto ya era una catarata que erosionaba mi columna vertebral. 
   Desde arriba, veía el mar de cueros cabelludos de los de abajo. Con ojos atentos pero desesperados busqué un espacio en el cual pudiera apoyar mis dos pies, donde pudiera evitar más roces, dónde... Sonó el timbre. El colectivo frenó. Bajó una persona por la puerta de atrás. Percibí el pequeño movimiento que hubo en cada una de las personas, y pensando en las horas de mi vida en las que había jugado al Tetris, di un paso largo y me ubiqué al lado de un asiento individual. 
  Los cuarenta y uno habían llegado a cuarenta y ocho; pero al sentir la fina brisa que despegó desde la ventana abierta y que chocó en mis pómulos, descendieron a cuarenta y dos. Miré el asiento individual. Estaba ocupado por una mujer de unos cincuenta y tres años que llevaba puesta una remera ajustada al cuerpo color violeta. La remera le marcaba  el ombligo, ese enorme pozo que había entre toda esa cantidad de carne. Su piel brillaba, y levantando sus robustos brazos se esparcía las sustancias que salían de su frente. 
  Pasaron diez minutos sin que la señora se mueva del asiento. Me quedaban todavía cuarenta y cinco minutos de viaje. Seguramente la mujer se bajaría pronto, no es común que la gente haga viajes tan largos como el mío. Pasaron cinco más y no se movió. Mis gemelos se derretían y el calor empezaba a subir a mis cuadriseps. Solo ansiaba el momento en el que mi cuerpo cayera con todo su peso hacia ese asiento de cuero negro, y apoyaría mi cabeza en la ventana y miraría los autos pasar. Siete minutos más, levantó su brazo y volvió a esparcir el sudor de su frente. 
  Las palabras salieron de mi boca sin pedirme permiso: - Discúlpeme señora, ¿usted cuándo se baja? Porque si se baja en la terminal no voy a estar perdiendo el tiempo en añorar su asiento durante todo el viaje y nunca poder sentarme en él, ¿me entiende? No es nada en contra de su persona, cabe aclarar, es simplemente para tener una acción lógica y productiva...- Un silencio invadió al colectivo. Su mirada mezclaba sorpresa y desprecio, al igual que todas las que me rodeaban y rozaban. Tardó unos cinco segundos para terminar de procesar la pregunta y responder: -Disculpe, me bajo en la terminal, le recomiendo que vaya a ese otro espacio, al lado del asiento donde está ese nene, porque viajo con él todos los días y se baja ahora, en unas tres paradas-. 
  Otro gran paso me llevó a ese espacio. Esperé cinco minutos hasta el momento triunfal. El nene se paró, y alrededor suyo lo rodearon miles de ángeles, que de pequeños vasitos de vidrio le volcaron polvos dorados sobre sus hombros y cabeza. Vi el asiento vacío. Mi corazón empezó a palpitar más rápido y no pude esconder la sonrisa que salió de mi cara. Mi cuerpo cayó como una bolsa de arpillera llena de papas desplomándose en cámara lenta.  Apoyé mi cartera sobre mi falda, miré la ventana, respiré hondo y...alguien me tocó repetidas veces el hombro izquierdo. -Señora, ¿no podría dejarle el asiento al abuelo?- 
   Un hombre de unos ochenta años, flaco y calvo, estaba parado a mi lado con un bastón de madera que le permitía mantenerse de pie. Me paré, vi el asiento vacío, me agarré de la manija del respaldo y miré por la ventana las vidrieras, los autos, las personas, los autos , las vidr...

jueves, 14 de febrero de 2013

Encuentros inesperados

   No paro de buscar encuentros inesperados. Salgo de mi casa y me arreglo por si aparecen. A penas doy un paso afuera de la puerta, mis ojos se abren y miran atentos, dispuestos a detectarlos. Camino por la calle observando los trecientos sesenta grados que me rodean. Subo al bondi, miro quién está en cada asiento y luego los busco por la ventana. Tan solo una cara conocida, un grito llamándome desde la calle, un saludo rápido, una sonrisa, un apretón de manos. Solo espero un encuentro inesperado. Pero mientras lo espere, nunca será inesperado. 

martes, 12 de febrero de 2013

Cosas perdidas

-Buen día señor-
-Un gusto, dígame, ¿qué perdió?-
-Mi cabeza perdí, le parecerá una locura, pero vio... el estrés, el trabajo, y bueno, me agarró una ataque de nervios y...-
-Pero señor, ¡no tiene por qué preocuparse! Ya son bastantes los que perdieron la cabeza, y siempre me explican, que decidieron renunciar al trabajo, o desafiaron a sus padres y eligieron otra carrera, mire, acá tenemos algunas, ¿alguna es suya? Viendo sus vellos veo que puede ser esta con cabellera rubia...-
-Ay, no, soy colorado en realidad, ¿no tiene algunas más? quizás en un depósito...
-Déjeme ver, ¿colorado entonces? ¿Con rulos o lacio?-
-Medio ondu... No, mejor, ¿sabe qué? Deje, que siga perdida, total, en realidad el que me insiste en encontrarla es mi padre, la verdad yo prefiero que siga ahí perdida, sin ella descubrí que puedo hacer muchas cosas que me gustan, me olvidé bastante de los prejuicios del resto... déjela, déjela perderse.-
-Bueno, si usted lo dice...yo obedezco ¿vio? Cuando hablamos de cabezas tenemos libre albedrío...-
-Y...no se si del todo, pero en general podríamos decir que sí, gracias por el tiempo igualmente-
-Por favor, nunca es molestia buscar cabezas perdidas.-

lunes, 11 de febrero de 2013

Sedentaria

La cabeza es un globo lleno de agua que vibra constantemente y parece querer caerse al piso. Ella se para y camina; solo por obligación, por no ser tan sedentaria (que dicen que hace mal). Se baña, creyendo que la ducha la renueva. Se viste, pensando que eso la impulsa a querer hacer cosas. Hasta se maquilla un poco también, si sale por ahí se encuentra a alguien. Pero la vence su cuerpo. Su panza está dura y la empuja a la cama. Estira el brazo, llega al interruptor del ventilador, lo ve girar pero cada vez se difumina más la imagen. Sus párpados se cierran como persianas. Cada tanto necesita ser sedentaria.

jueves, 7 de febrero de 2013

Peatonal

Asfalto, familia, restaurant, parrilla, heladería, souvenirs, plástico, goma espuma, balde, pala, flota flota, mayas, promoción, pizza, cerveza, busarda, cigarrillo, desfile, comparsa, carnaval, ¿carnaval?, música, personas, tarjetero, querés una entrada par..., piercing, remera, fluo, heladería, luces, daitona, fichitas, nenes, gritos, palanca, colores, samba, sudor, gran hotel founte...,menú infantil, rastas, trencitas, aerosol, cuadro, vinilo, cantante, pista, Arjona, souvenirs, adornos, caracoles, lobo marino, caracoles, collares, caracoles, ¿a quién carajo le puede gustar esto?, cumbia, cantobar, títeres, bomberos, paseo en autobomba, tren de la alegría, parlante, nenes, gritos, aplausos, show de humor, helados Pirulo, mayas, regalería, souvenirs, remera, recuerdo de San Clemente, pelota inflable, librería, che mamá, ¿me puedo comprar un libro?,¿cuál?, éste, bueno dale, gracias.

*No paro de acordarme de Puig.

martes, 5 de febrero de 2013

Los cómodos

Los que saben qué hacer en cada momento saludan con sonrisas que hacen que el otro se sienta cómodo, caminan derechos y hablan con el mozo de su vida personal. Saben cómo dejarle un asiento a una mujer mayor sin que se sienta vieja, y hasta encontrar un tema de conversación para alegrarle el día. Bailan con los movimientos correctos, se sacan la ropa para ir al mar sin mostrar ni una gota de inseguridad y nunca, pero nunca quedan mal.
Esa gente nunca se pone colorada, mira hacia abajo, o a sus dedos pulgares que juegan como si fueran una ruleta. No tartamudea ante un desconocido sin saber qué tema de conversación le puede interesar. No mira los números del ascensor, intentando refugiarse para evitar la elaboración de teorías sobre lo que pasa en la cabeza del vecino del piso 16. No tira toda la torre al sacar una maderita en el Jenga. No saca una sonrisa idiota al no saber cómo reírse falsamente de ese chiste que no causa gracia. No se replantea las 521 reacciones que pudo haber tenido pero que no tuvo.
Es que esa gente tiene la suerte de tener amnesia con una sola pregunta que todos los demás constantemente recuerdan: ¿qué van a pensar de mí?

Vueltera

Hoy me paré en la playa y empecé a dar vueltas. Veía los edificios, el mar, los edificios, el mar, que poco a poco se convertían en líneas horizontales que se movían rápidamente. Y seguí, sobre mi propio eje, con mis brazos estirados, intentando no tropezarme con mis propios pies, sintiendo el viento que me pegaba y mi pelo que quería irse volando como un helicóptero.
Las líneas se difuminaban cada vez más y me olvidé de mis pies, que eran mi motor en ese momento. Así que cuando el derecho cruzó al izquierdo por adelante, este quedo encarcelado y las líneas horizontales se fueron haciendo curvas medida que mi cuerpo caía en la arena.
Las carcajadas empezaron a dar puñetazos desde adentro de mi panza, hasta que me dolió. Tirada, hecha milanesa, miré a los edificios, al mundo que giraba y se movía tanto mientras yo estaba ahí quietita tirada en la arena.