sábado, 16 de febrero de 2013

El atrevimiento

   Los treinta y dos grados de sensación térmica se hacían sentir en cada poro de mi piel. De cada uno de ellos salían gotas, que se juntaban con otras gotas, y terminaban formando una gran cascada de sudor que corría por mi espalda. Los treinta y dos se convirtieron en cuarenta y uno al subir los tres escalones, apoyar la tarjeta en el detector, y empezar a rozar mis brazos con otros brazos, mis mejillas con otras mejillas, que tenían poros, de los cuales salían gotas de sudor.
   La densidad de roces aumentó, y llegué al punto de darme por vencida, de pensar que ya no tenía salida del lugar en donde había quedado. Pero empujé, permiso, permiso, disculpas, hasta que mi pie logró apoyarse en otro escalón y elevó a todo mi cuerpo hacia la segunda sección del colectivo. La cascada a este punto ya era una catarata que erosionaba mi columna vertebral. 
   Desde arriba, veía el mar de cueros cabelludos de los de abajo. Con ojos atentos pero desesperados busqué un espacio en el cual pudiera apoyar mis dos pies, donde pudiera evitar más roces, dónde... Sonó el timbre. El colectivo frenó. Bajó una persona por la puerta de atrás. Percibí el pequeño movimiento que hubo en cada una de las personas, y pensando en las horas de mi vida en las que había jugado al Tetris, di un paso largo y me ubiqué al lado de un asiento individual. 
  Los cuarenta y uno habían llegado a cuarenta y ocho; pero al sentir la fina brisa que despegó desde la ventana abierta y que chocó en mis pómulos, descendieron a cuarenta y dos. Miré el asiento individual. Estaba ocupado por una mujer de unos cincuenta y tres años que llevaba puesta una remera ajustada al cuerpo color violeta. La remera le marcaba  el ombligo, ese enorme pozo que había entre toda esa cantidad de carne. Su piel brillaba, y levantando sus robustos brazos se esparcía las sustancias que salían de su frente. 
  Pasaron diez minutos sin que la señora se mueva del asiento. Me quedaban todavía cuarenta y cinco minutos de viaje. Seguramente la mujer se bajaría pronto, no es común que la gente haga viajes tan largos como el mío. Pasaron cinco más y no se movió. Mis gemelos se derretían y el calor empezaba a subir a mis cuadriseps. Solo ansiaba el momento en el que mi cuerpo cayera con todo su peso hacia ese asiento de cuero negro, y apoyaría mi cabeza en la ventana y miraría los autos pasar. Siete minutos más, levantó su brazo y volvió a esparcir el sudor de su frente. 
  Las palabras salieron de mi boca sin pedirme permiso: - Discúlpeme señora, ¿usted cuándo se baja? Porque si se baja en la terminal no voy a estar perdiendo el tiempo en añorar su asiento durante todo el viaje y nunca poder sentarme en él, ¿me entiende? No es nada en contra de su persona, cabe aclarar, es simplemente para tener una acción lógica y productiva...- Un silencio invadió al colectivo. Su mirada mezclaba sorpresa y desprecio, al igual que todas las que me rodeaban y rozaban. Tardó unos cinco segundos para terminar de procesar la pregunta y responder: -Disculpe, me bajo en la terminal, le recomiendo que vaya a ese otro espacio, al lado del asiento donde está ese nene, porque viajo con él todos los días y se baja ahora, en unas tres paradas-. 
  Otro gran paso me llevó a ese espacio. Esperé cinco minutos hasta el momento triunfal. El nene se paró, y alrededor suyo lo rodearon miles de ángeles, que de pequeños vasitos de vidrio le volcaron polvos dorados sobre sus hombros y cabeza. Vi el asiento vacío. Mi corazón empezó a palpitar más rápido y no pude esconder la sonrisa que salió de mi cara. Mi cuerpo cayó como una bolsa de arpillera llena de papas desplomándose en cámara lenta.  Apoyé mi cartera sobre mi falda, miré la ventana, respiré hondo y...alguien me tocó repetidas veces el hombro izquierdo. -Señora, ¿no podría dejarle el asiento al abuelo?- 
   Un hombre de unos ochenta años, flaco y calvo, estaba parado a mi lado con un bastón de madera que le permitía mantenerse de pie. Me paré, vi el asiento vacío, me agarré de la manija del respaldo y miré por la ventana las vidrieras, los autos, las personas, los autos , las vidr...

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