Las miradas se posan en un solo punto. Algunas entrecerradas, frunciendo las cejas, tratan de descifrar de dónde les suena su cara. Otras derivan directamente en sonrisas escondidas, vergonzosas, que hacen tornar la cara y mirar para abajo. Las más graciosas son las sobreactuadas, miran disimuladamente, y cuando se dan cuenta de que es él giran ciento ochenta grados, y empiezan a caminar más rápido. Nunca faltan igual las miradas sospechosas, donde las pupilas son tapadas casi en su totalidad por las pestañas. Y si están acompañadas, avisan a las otras, llevándose las manos a los costados de los labios, y susurrándoles para que noten la presencia cercana.
Estas últimas suelen ser las que hacen metamorfosis. Se convierten en pasos ansiosos, apurados, miedosos a perder la oportunidad. Y en manos que se revuelven, con la misma desesperación, en los bolsillos hasta encontrar un celular. Los pasos se convierten en trote, y en pulsaciones que aumentan. En suspiros de relajación, en sonrisas de alegría, y en un estado de éxtasis cuando un tercero aprieta el botón y dice "Listo, acá está".
Esas miradas se quedan con la posibilidad de seguir mirando y sintiendo algo por alguien que en ningún momento debe haber sentido algo por esas miradas.
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