lunes, 25 de febrero de 2013

Del dicho al hecho

   La butaca era cómoda. Su terciopelo rojo rozaba la parte trasera de mis rodillas, y acariciaba mis manos. Empecé a jugar con la yema de los dedos. Peinaba, despeinaba, y peinaba al apoyabrazos rojo, bordeaux, y de nuevo rojo. Mi alegría se desbordaba por cada parte de mi cuerpo: mis ojos saltones, mis manos que gesticulaban en exceso, mi sonrisa que no se borraba. Amo ir al teatro, no hay nada que hacerle.
    Empezaba a las seis. Pero las luces no se habían apagado todavía. Seguía viendo a las ancianas en frente mío que se gritaban desesperadas señalando los asientos que debían ocupar. Sus carteras negras con lentejuelas, sus labios arrugados escondidos atrás del maquillaje rojo vivo.
    Era extraño que hayan ido a esa función que estaba poblada en su mayoría por padres con dos, cuatro o cinco hijos que venían con sus otros tres amigos del colegio y el otro del club. Se hacían notar con sus constantes gritos, y los "shhhh" "estamos en el teatro" "hay gente acá" de los padres, asumiendo que sus pequeños animalitos no entraban en la definición de "gente".
    Miré expectante al telón. Siendo las seis y cuarto tenía que empezar. En pocos minutos se abrirían de los costados hacia arriba esos pesados pliegues y enfrente mío tendría un mundo nuevo, quizás lejano al mío, pero lo suficientemente cercano como para hacerme reír o llorar. En pocos minutos. Ya eran y dieciocho y como arte de magia, los niños se habían sentado y las viejas estaban calladas. Pareciera como si todos estábamos en la misma situación, mirando el telón, fantaseando sobre lo que podría aparecer allí en frente.  Las voces empezaron a bajar, y un silencio invadió cada rincón de la sala. Las miradas quedaron fijas hacia adelante, el único movimiento que podía percibir era el de los párpados  de los de mi alrededor que pestañaban.

   La valiente en empezar fue una niña que estaba en la fila delante mío, a mi diagonal. Parecía tener unos seis años recién cumplidos por su estatura, pero lo único que podía ver de ella eran dos colitas con pompones rojos de las cuales salían bucles castaños que le llegaban hasta los hombros. Su voz finita entonó el cántico, acompañada de sus dos manos que aplaudieron a ritmo: "Que empiece ya, que el público se va, que empiece ya, que el público se va". Los padres giraron su rostro lanzando una sonrisa vergonzosa que demostraba las ganas que tenían de que los trague la tierra en ese momento. Pero la expresión escondida empezó a desaparecer cuando al cántico se sumaron otros niños, de la fila de adelante, también acompañados por sus palmas.
  Así se fueron sumando, primero los niños, después ya los padres, cantando inocentemente, de forma burlona, para que empiece el espectáculo. El tempo fue aumentando, podía ver como a las viejas de enfrente ya les costaba un poco seguirlo. Creció, con más velocidad, hasta que las voces se callaron y terminó en un potente aplauso cómo si la obra ya hubiera terminado. Pero no era así, el telón todavía no había subido ni un poco, las luces seguían prendidas y nunca se habían apagado. Los que sí se fueron apagando fueron los aplausos que poco a poco terminaron desembocando en ese silencio que hace unos minutos se apoderaba de la sala. 
  Se cortó rápidamente. Las cabezas empezaron a mirarse preocupadas, los susurros aparecieron. Ya eran seis y media. Las viejas miraron preocupadas sus relojes. Dos de ellas empezaron a charlar. Pero parecía que dejaban a una de lado. Esta estaba sentada con su cartera arriba de la falda mirando al escenario con el ceño fruncido. Las otras la ignoraban, gesticulando con sus manos, mostraban expresiones de indignación casi al borde del enojo. Una de ellas interrumpió la charla, y miró a la tercera. -¿Estás bien?- le preguntó. 
    La tercera no respondió. Se paró, y apoyó su cartera en la butaca de terciopelo rojo. Estiró sus dos brazos y dio un fuerte aplauso, al que le siguió otro, marcando un ritmo. Con su voz, gritando, comenzó de nuevo el cántico de enojo, el cántico amenazador. "QUE EMPIECE YA, QUE EL PÚBLICO SE VA". Las amigas la miraron sorprendidas, pero la siguieron: "QUE EMPIECE YA, QUE EL PÚBLICO SE VA". Y así de nuevo se sumó el resto del público, pero esta vez el tiempo que pasó hasta que todos estén cantando fue mucho más corto. Miles de bocas se movían entonando rabiosas la misma frase. Miles de cejas se unían formando arrugas entre medio de ellas. Y algunos brazos empezaron a cerrar sus puños y estirarse. 
    Se había vuelto en un himno de guerra. Todos, unidos, lo cantábamos por una causa. Y el tiempo no lo deterioraba, es más, a medida que este pasaba, el canto se hacía más poderoso y un calor de revolución se hacía sentir entre los pasillos de butacas. Todos sabíamos qué hacer. Fue ella la que nos lideró. 
    Sin dejar de cantar, la señora de la cartera en la falda empezó a empujar suavemente a los que estaban en su fila hasta llegar al pasillo. Con su mano hizo un ademán a los de su fila para que se ubiquen detrás de ella. Hizo el mismo ademán a los de mi fila, y a los de las que cruzaban el pasillo, y sin darnos tiempo a salir, empezó a marchar siguiendo el ritmo de sus aplausos hacia la puerta. Los seguidores de la fila alzaron sus brazos abriéndolos y cerrándolos hasta llamar la atención de los de los palcos, que también, sin dejar de cantar, empezaron a marchar hacia las puertas que los transportaban a sus pasillos. 
   La vieja miró para atrás, y nos hizo notar que había cambiado, bah, mejor dicho, acortado el cántico. Todos la empezamos a seguir: "EL PÚBLICO SE VA, EL PÚBLICO SE VA".      Luego se dio vuelta y siguió marchando, esta vez haciendo un exagerado movimiento con sus brazos acompañando sus pasos. Marchamos. Marchamos hasta la boletería, y hasta salir del teatro. Nos quedamos en la vereda marchando hasta a que todos salieran, sin nunca dejar de cantar. Y salió el último. Se hizo notar con un grito desesperado diciendo "¡ESTÁ VACÍO!". 
   El grito desembocó en festejos y aplausos. Los niños saltaban, los padres sonreían orgullosos, algunos sacaban pañuelos de sus bolsillos y los revoleaban con libertad. Los abrazos empezaron a aparecer por todos lados: niños con padres, viejas con niños, compañeros de butaca, llegué a ver un hombre de unos cincuenta años besando a una mujer que había conocido mientras marchaban. Pero todo cesó cuando la señora de la cartera empezó a mover las manos para llamar a silencio. 
     Todos la miramos con atención. Ella esperó hasta que terminen los últimos susurros, con ojos amenazadores. Y cuando solo escuchaba el sonido de los autos, irguió su espalda, miró a su ejército y anunció: "¡Todos a la pizzería de la esquina! ¡Yo invito!".

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