Los que saben qué hacer en cada momento saludan con sonrisas que hacen que el otro se sienta cómodo, caminan derechos y hablan con el mozo de su vida personal. Saben cómo dejarle un asiento a una mujer mayor sin que se sienta vieja, y hasta encontrar un tema de conversación para alegrarle el día. Bailan con los movimientos correctos, se sacan la ropa para ir al mar sin mostrar ni una gota de inseguridad y nunca, pero nunca quedan mal.
Esa gente nunca se pone colorada, mira hacia abajo, o a sus dedos pulgares que juegan como si fueran una ruleta. No tartamudea ante un desconocido sin saber qué tema de conversación le puede interesar. No mira los números del ascensor, intentando refugiarse para evitar la elaboración de teorías sobre lo que pasa en la cabeza del vecino del piso 16. No tira toda la torre al sacar una maderita en el Jenga. No saca una sonrisa idiota al no saber cómo reírse falsamente de ese chiste que no causa gracia. No se replantea las 521 reacciones que pudo haber tenido pero que no tuvo.
Es que esa gente tiene la suerte de tener amnesia con una sola pregunta que todos los demás constantemente recuerdan: ¿qué van a pensar de mí?
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