jueves, 31 de enero de 2013

Gatos dorados

Salí del subte totalmente decidida de que hacia lo correcto. Me tomé el colectivo hasta Corrientes y Pasteur y caminé siguiendo el ritmo de "El vuelo del moscardón" que sonaba en mi cabeza.
Atravesé personas, carritos, peies, calor, sudor, mucho sudor y entre todo eso pude hacer un agujerito por donde por fin logré encontrar esa vidriera que tanto buscaba.
Me paré en frente de ella como un poste y los observé atentamente uno por uno. Estaban todos atrás de ese vidrio ocupándolo desde las estanterías del piso hasta el techo. Todos iguales, más dorados de lo común porque el sol les pegaba de frente, movían sus patitas a destiempo formando parábolas. Me miraban. Observé los detalles de estilo chino en verde y rojo que tanto conocía, los ojos dibujados con dos puntos negros, los hocicos y los bigotes. Nunca había podido distinguir si se rascaban la oreja triangular que tenían o me saludaban con el puño medio cerrado. Sus cuerpos siempre yacían quietos pero sus patitas no paraban. No paraban. Y me miraban y me saludaban, todos al mismo tiempo, pero a destiempo. Cuando algunos movían la pata hacia adelante, otros la tenían atrás. Y esos firuletes verdes y rojos en la panza. Me irritaban. Mucho.
Sentí mariposas en la panza segundos antes de concretar lo que había visualizado hacía tanto tiempo. Puse mi mochila en el piso y saqué el bate. Entré al negocio y le vi la espalda a cada gatito chino. Como tirando las fichas de un dominó pasé mi bate por cada uno de los estantes de la vidriera. Ya habiéndolos tirado violentamente al piso les empecé a dar con el bate. Todas sus partes se desarmaban y se desparramaban por el negocio: las orejas por un lado, el cuerpo por el otro, las cabezas rodaban por el suelo, los resortes volaban.
En el séptimo segundo frené para apreciar toda mi destrucción. Ya no me saludaban (o se rascaban) más, por suerte. Entonces me acerqué a la puerta del local y fui a la parada de colectivo, después al subte y a mi casa. Me senté en una silla y entendí eso a lo que la gente llamaba plenitud.

lunes, 28 de enero de 2013

Cultura General

¿Hola? Sí, ella habla. Ay no lo puedo creer, ¿cómo andás tanto tiempo? Sí totalmen.. Sí, obvio, algún día podemos ir a tomar algo      ahhh    ¿Sí? ¿Dónde te vas?     ¿Cómo? ¿a África? ¿Él país?      nono, ¿no es que el continente es Asia pero el país África?   No, ah, cla, pero, no,       ¿Sudáfrica es un país?        No, para mí Sudáfrica es el sur de África, es como de Argentina la Patagon    ah, no, ah, mira vos che,       es que no, clar,   es que yo te puedo decir todas las capitales de los países europeos mira Noruega Oslo Finlandia Helsinki pero de África es imposible no se por qué        ¿Vos decís que por el colegio?                  Sí, cierto pasaba lo mismo en literatura          Claro, te digo Tom Sawyer, La sirenita, pero de Africa no tengo ningún autor       Sí         Es que para mí en Africa no hay escritores, imaginate, con la pobreza que hay, no deben tener plata ni para una lapicera  si con suerte tienen para comer       Obvio    ¿Cómo que...    ¿vos decís?    ¿Qué loco no?     Cierto, ahora que me decís, hay intelectuales de África estaba este que luchó para los derechos, ¿cómo se llamab       Sí, ese Mandela, creo que eso sí lo vi en el colegio, un capo el tipo.              Ah, ¿sí? Mirá vos que interesante, y ¿Y también vas a visitar su casa?       ¿Cómo que está vivo?       ¿Quéeee? ¿Juega al fútboool?        Ahhh, ya se cuál, el que saludaba desde una tarima en el Estadio     ah está re bien entonces, yo pensé que se había muerto hace un montón        que bueno che me alegro que hagas ese viaje           dale sí, antes de que te vayas, ¿vos cuándo podés?           mañana, sí, a mi me viene bárbaro          Genial, entonces a las cinco, ¿en dónde?             No seee, ¿Te querés venir a casa?          Dale, yo preparo mate y compro unas facturas         Buenísimo, nos vemos mañana entonces, besito             chau. 

domingo, 27 de enero de 2013

La lucha

  Cada músculo de mi cara estaba tenso y sentía el sonido de mi sangre corriendo alrededor de todos ellos. Mi boca estaba cerrada con la misma (o más) fuerza que estaba haciendo en el resto de mi cabeza. Por arriba de mi lengua las sentía saltando. Sus pequeñas patas me hacían una cosquilla, que luego se fue convirtiendo en  ardor. Mis papilas gustativas sintieron cómo ese ardor avanzaba hacia mis labios. No paraban de saltar. 
   Sentí sus manos, pequeñas también, pero millones, que empezaban a empujar la parte interior de mis labios.  Yo presionaba con ambos de ellos, intentado mordérmelos para que  ellas no salgan de ahí adentro. Pero me estaban ganando. Seguían empujando, traían más tropas, y seguían. La potencia que tenían era cada vez mayor y mis labios empezaban a avanzar, pero cuando esto sucedía yo los cerraba de nuevo presionando a más no poder. 
   De pronto sentí una explosión casi en la punta de mi lengua. Me vencieron. Salieron todas disparadas de un cañón preparadas para cumplir su función. Una a una entraron de lleno en las mejillas de la mujer que tenía en frente y la lastimaron. Como filosos cuchillos clavados en una esponja, dejaban tajos en su piel sin que yo pudiera frenarlas. La lastimaron. 
   Me quedé petrificada y la observé. Vi las lágrimas que al caer de sus ojos diluían la sangre de sus mejillas. Mi reacción fue inmediata: Con mis dos manos me dirigí a mi boca y estire la lengua. Luego la torcí para un costado, para atrás, hasta terminar de formar con ella un enorme nudo. Nunca más iban a poder salir de mi boca. Igualmente, ya habían salido. 





sábado, 26 de enero de 2013

Listas

     Les tengo un poco de miedo a mis listas. Sin darme cuenta, mientras hago todo lo que no dice en ellas, me miran enojadas. Con cara de ancianas quejosas, me persiguen atrás del talón caminando apuradas. Sacan una mano y me señalan con sus dedos índices moviéndolos de arriba a abajo. 
    Cuando no las escucho por mucho tiempo, se ponen violentas. Usan armas y empiezan a disparar. De las pistolas salen viñetas con una amplia variedad de formas. A veces predominan las simples, los puntos o los guiones, pero me divierten más los garabatos o los corazones. Y con sus voces finitas me gritan imperativos: "hacé, mirá, leé".
   Cada tanto les hago caso. Cada tanto. Y cuando eso sucede me sale una sonrisa: "Menos mal que me recordé que debía hacer eso que dicen mis listas".


viernes, 25 de enero de 2013

Refugiado

     Lo persiguen por todos lados. Ya no sabe por qué camino agarrar. Su corazón está por estallar y su garganta no puede encontrar el aire necesario para que entre en su cuerpo. Respira agitado y sigue corriendo. Mira sus pies saltando y la vereda que se mueve. Ahora mira al frente, y puede encontrar una diagonal. Aumenta la velocidad y se mete por ese camino, y sin saber cómo, cuándo, y porqué, al salir encuentra su edificio. 
    Sube las escaleras, avanza por el pasillo y desesperado palpando todo su cuerpo con las palmas de sus manos busca la llave. Están en su bolsillo. Después de ocho intentos, logra meter la llave en la cerradura y la gira. La abre, entra y la cierra con toda su fuerza. Sigue respirando agitado. El vecino se puede llegar a despertar por el portón que acaba de dar, y eso lo preocupa por dos segundos hasta que luego de un breve análisis de la situación piensa "me cago en todo".
    En una rápida corrida pasa por la puerta de la cocina pero renuncia a comer algo. Empieza a caminar más lento, toma su reproductor de música y cae a su sillón como si su peso fuera 13 o 14 veces mayor. 
    Pone play y una mano en su pecho lo hace notar que sus pulsaciones están bajando. Escucha la música: Un piano que suavemente empieza la melodía es acompañado por una guitarra eléctrica que toca una nota modificada por algún pedal. Una voz grave habla sobre ellas y un platillo empieza a sonar bajo. Cierra los ojos. La voz de esa mujer lo transporta a otro lugar. Grita. Él grita con ella. Y se ve perdido en un laberinto del que no sabe salir. Toca sus paredes trata de treparse hacia ellas pero su altura no lo permite subir. Entonces abre los ojos. Pestañea varias veces seguidas y se limpia con los puños. No puede creer lo que está  viendo. 
   A su alrededor una película de detergente empieza a crecer rodeando el sillón. Empieza desde el piso, y sube en forma cilíndrica hasta que se empieza juntar formando una enorme cúpula que protege su cuerpo. La música sigue sonando pero sobre ella se escuchan golpes y gritos. Vienen a buscarlo. Escucha la puerta que rompen, los gritos, los insultos, los pasos rápidos, más rápidos. Mira hacia atrás. Ve a ese grupo de 12 hombres y mujeres que lo buscan corriendo y como una avalancha se enciman sobre él. 
    Pero no logran tocarlo. Los sigue viendo. Sus caras están aplastadas contra esa enorme burbuja. Sus labios parecen compota de ciruela y sus narices, ñoquis de papa. Sus cejas están arqueadas de enojo, sus brazos golpean con toda su fuerza la cúpula. Sacan armas, disparan. Pero él ya no escucha. Él sigue escuchando la voz de esa mujer que grita afinada, y la música lo protege de todo lo que lo persigue. 

jueves, 24 de enero de 2013

Calor chicloso

     En la fabrica de calor el primer paso es sentarte en una silla. La silla cuelga de dos hilos atados a un alambre que empieza a avanzar a medida que gira una rueda. Es ahí cuando una sustancia color rosa se empieza a pegar a tu cuerpo. Primero caen gotas en tus hombros, después chorros más grandes que llegan hasta la panza. La sustancia rosa te atrapa y se te pega. Las gotas de sudor intentan separarla de tu piel, pero esta se rehúsa por completo. 
   Y cuando querés mirar hacia arriba para ver qué sigue, un enorme balde vuelca arriba tuyo. Ya no ves, ya no te movés, ya casi no escuchás. Estás atacado por esa enorme cantidad de chicle que lo único que logra en tu cuerpo es que sudes mucho. Mucho. 

martes, 22 de enero de 2013

Extraño

    Extrañando todo se me volvió extraño. Mi cama, mi sabana, la ducha sin turnos, el silencio. Se vuelve extraño todo lo que uno extrañaba. Mi guitarra vuelve a sonar pero ya no somos tan amigas como antes. Entonces la saludo, le doy un beso en el cachete y me presento. Lo mismo hago con el piso, las paredes, la cocina, la heladera llena. Pero nada es igual. Todo es más ajeno, más extraño. 
   Hice cuentas y paralelismos y los resultados me dieron la proporción: Cuanto más extraño, más extraño se vuelve lo que extraño. Pero en mis cuentas hay un factor que no tomé en cuenta: Cuanto yo más extraño, más extraña se vuelve la que extraña. 

domingo, 13 de enero de 2013

Me gusta tirar cosas por la ventana

      Me gusta tirar cosas por la ventana. Sí, no me miren así con esa cara, no es tan raro. Todo empezó cuando yo tenía cuatro o cinco años y competíamos con mi hermano en el departamento para ver qué escupitajo tenía más saliva. Fue ahí que una vez me enfoqué en ese pequeño menjunje de saliva que salía de mi boca y lo vi caer. Empezaba tan grande y formado y de pronto a medida que se estiraba se hacía cada vez más pequeño. Me lo imaginaba gritando, pero era un grito muy finito, aunque seguro para el escupitajo era muy fuerte. 
     Fue entonces que empecé a probar con otras cosas. Los lápices tenían gritos secos, como si fueran los chicos cuando acaban de cambiar la voz. En cambio los caramelos, gritaban de alegría, para ellos era como estar en una montaña rusa. El más llorón sin dudas fue el largavistas, que directamente no pudo gritar de las lágrimas que le caían en su rumbo al piso. El problema, era que al ser bastante chicos, estos objetos no tenían el organismo adecuado para gritar fuerte. Y eso me aburría. Porque está bien, un grito bajito, otro, pero ya me hartaba no poder escuchar sus gritos cuando llegaban a las baldosas del patio del primer piso. 
     Entonces intenté con mi cama. Me costó levantarla pero me las arreglé. Hice fuerza para apoyarla contra la pared y luego la empujé para inclinarla por arriba del marco de la ventana.  Ahí supe lo que era un buen grito: de mujer, bien agudo, cómo si hubiera venido un asesino mientras se estaba duchando.
      Fue tan asombroso que quise contárselo a mi vecino que tenía mi misma edad. Lo traje a mi cuarto y se sorprendió al no ver la cama. Entonces lo acerqué a la ventana para mostrársela... Sus cejas se arquearon tanto que parecían salirse de su cabeza. Seguro era admiración, nunca habría visto a alguien tan capaz. Ahí le expliqué todo, los objetos, los gritos, el placer. Pero no lo podía entender. Yo le mostré, tiré un sacapuntas que tenía cerca y escuchamos el grito, bajito 
pero que me hacía pensar en su pequeña campanilla golpeandole las amígdalas. Pero parece que el flaco estaba sordo. No lo podía entender. Yo quería que él entienda. 
    Igualmente no fue tan difícil que logre comprenderme. Aunque él se rehusaba y movía sus pies y sus manos desesperado, yo sabía que ésta era la única manera de que pueda encontrar la empatía necesaria. Estaba más pesado que cuando eramos chicos, pero yo siempre había sido más grandote que él, así que no fue complicado. Mientras lo tenía por abajo de la cola con mis dos brazos, lo elevé y lo acerqué al marco. Al fin pudo entender, que lo que se tira por la ventana siempre grita. 

Relato en blanco y negro

    Silencio.      Se interrumpe. Se escucha un leve sonido, tan tenue como el de una pequeña chispa. La púa se apoya sobre ese nuevo disco vinilo y la música empieza a sonar. Todos esos nervios, que como pequeños insectos recorrían su cuerpo, se juntan en su panza y se abrazan entre ellos. La fuerza que generan va cambiando, pasan de ser nervios a ser adrenalina. La adrenalina corre por su cuerpo llegando a su cara. Sonríe. Mira a su pareja. Siente la piel suave de la pequeña mano que agarra, y caminan juntos al ritmo del swing que sigue sonando. La luz lo encandila y no lo permite ver a toda esa gente que aplaude. Lo quema también. Una gota de sudor le cae de la frente, pero su sonrisa auténtica sigue fija. 
    A partir de ese momento, todos los rincones de su cerebro se ven abarcados por una sustancia que como una gran ola se lleva todo lo que insiste en ser explicado con la lógica. A partir de ese momento, ya no piensa con la cabeza: piensa con los pies.
    Ellos son los directores de la gran orquesta de su cuerpo. Lo llevan para la izquierda, para la derecha, dando constantes golpes contra la madera. Así, forman la percusión de la música que sigue volando desde el tocadiscos. Toma a su pareja por la cintura con la mano derecha, y con la izquierda agarra su mano. Se mueven juntos, ambos guíados por sus pies. 
   La música se apaga, pero sus pies siguen acariciando la madera sin parar de marcar el ritmo. Su corazón palpita más rápido y su sonrisa se vuelve aún más ancha. Es feliz. Mira a su pareja que como un espejo refleja su sonrisa. Y en ese instante, deja de escuchar a sus pies. Mira hacia abajo y los ve moviéndose, llevándolos de un lado hacia otro, dando giros. Pero no están tocando la madera. 


*

viernes, 11 de enero de 2013

Juana

    A Juana le gusta mirar tele. A Juana le gusta correr cuando no hay nadie a su alrededor. A Juana le gusta cantar en la ducha. A Juana le gusta oler el café antes de volcarle el agua. A Juana le gustan muchas cosas. Pero a Juana, no le gusta su nombre: Juana. 
   Juana le parece sencillo. Juana le suena a alguien que es sumisa, a alguien que es callada. Juana le suena a una chica que no sabe cómo encarar al hombre que ama. Juana le suena a una estúpida que cuando le preguntan algo no sabe responder automáticamente. Juana es una fantasiosa, infantil, que está esperando que llegue el amor de su vida como en cualquier película de Disney donde el lindo se enamora de la fea. Juana puede bailar frente a su espejo, pero no puede hacerlo con gente alrededor. Juana no tiene actitud. Es solo Juana. Juana, la idiota de Juana. 
   Pero lo que Juana no sabe es que ella no se llama Juana. Juana es otra. Juana decidieron llamarla ellos. Solo cuando está sola, encerrada en su cuarto escapando de su familia, o yendo al baño en el colegio, ella deja de ser Juana. Y pasa a ser alguien. Pasa a ser ella. 


*No se quiere ofender a ninguna Juana.

jueves, 10 de enero de 2013

Ciclo de vida

    El camino era bastante oscuro. Las copas de los inmensos árboles filtraban los rayos del sol y los hacía casi tan finitos que su luz no llegaba a tocar el suelo. Cada paso que daba tenía que ser calculado con exactitud, un paso en falso podía hacer que se resbalara y cayera adentro de todo ese barro tapado de hojas y ramas. Así caminaba, paranoica, buscando el lugar correcto para pisar. Era difícil caminar por ese bosque. El terreno se inclinaba y luego bajaba, nunca estaba estable. 
   Pasó por entre medio de ramas y árboles. Cruzó todo ese lodo, toda esa bosta de animales desconocidos, todo eso que complicaba el camino. Hasta que por entre medio de un coctel de ramas y hojas sus ojos pudieron percibir una mancha gris. Siguió atravesando esa vegetación que la abarcaba por todos lados y por fin pudo encontrar esa  larga calle de asfalto. La pisó. Arrastró sus pies hacia atrás, y sintió como esa textura áspera separaba la mezcla marrón de barro, ramas, y quién sabe que más, de la suela. Por fin ahora podía sentir que sus zapatillas se aferraban a ese piso, sin tener el riesgo de resbalarse en cualquier momento. 
    Caminando se dio cuenta que el asfalto tenía una leve inclinación hacia arriba, de esas que no molestan, que son casi imperceptibles. Miraba a su alrededor y disfrutaba de ese terreno liso y suave. Se sentía feliz, nada la molestaba ni la interrumpía. Entonces abrió sus fosas nasales y dejó que todo ese aire puro entrara a su cuerpo. Dio vuelta su cabeza para mirar hacia atrás y vio ese molesto bosque.  No lo quería ver, rápidamente giró su cabeza hacia el fren... La nariz le sangraba,  el pelo le volaba para arriba. No sabía que hacer con sus manos, primero se abrazó, después las dejo volar como su pelo. No había nada más que hacer, solamente dejarse caer en ese precipicio. 

martes, 8 de enero de 2013

Enriedo

    Lo miró y sintió los golpes que le pegaba desde adentro su pecho. Aceleraban, cada vez más, como si allí adentro se estuviera fabricando algo que no podía identificar. Quería elaborar la respuesta, decir lo justo, que no parezca pensado pero que no sea idiota. No pudo. El tiempo corría y debía ser espontánea.
Lentamente dejo su boca a medio abrir intentando que alguna palabra surja de ahí dentro. Pero algo empujo sus labios y de adentro no salieron palabras.
    Sintió la consistencia, finita, medio peluda, hasta que se dio cuenta que como un enorme vómito, de su boca salían hilos de lana. Empezaron siendo blancos. Luego salieron rojos, verdes, violetas. Pronto no podía distinguir sus colores. Salían disparados pero nunca se soltaban de la boca. Como lianas colgaban y se mezclaban, y bailaban, y se cruzaban. Se enredaban. Y su velocidad aumentaba. Fue entonces cuando ella intentó pararlo, pensó cual sería la forma correcta, pero no la supo encontrar.
    La lana se enredó en sus pies y en su panza, la lana lo enredó a él, y ambos quedaron atados en medio de ese gran novillo que con gran rapidez se estaba formando. Se enredaron en sus piernas y brazos, en sus cinturas y entrepiernas, y llegaron hasta su cabeza. Ya no podía respirar. Inhaló profundamente. Miró a su alrededor, habían parado.
    Con un escupitajo se sacó los hilos que aún yacían en su lengua. Fue ahí cuando entre tanta lana lo vio. Lentamente abrió sus labios, pero esta vez sí supo qué decir: "¿Me entendés?"

lunes, 7 de enero de 2013

Relato de un crimen

Ella era porteña. Él era cordobés. Ella era fanática de dibujar tablas. Él no tenía agenda. Ella escuchaba artistas conocidos. Él, bandas de rock con nombres extraños. Ella amaba el sushi con vino. Él prefería una pizza con Fernet. Ella caminaba con su vestido playero nuevo. Él usaba esa remera nueva por tercera vez consecutiva. Ella miraba el mar. Él susurraba esa canción que tenía pegada desde el mediodía.
No se chocaron. No se quedaron parados uno en frente de otro. Él no miró sus ojos y su cabellera. Ella no sonrió disimuladamente. Él no pensó qué le podía decir para iniciar una conversación. Ella no hizo en su cabeza una lista de las posibles frases con las que podía responder.
Se miraron de reojo. Ella desvió automáticamente la mirada de nuevo al mar. Él la posó para el lado contrario. Y de esta forma, se convirtieron en asesinos de una trillada y tierna historia de amor.

domingo, 6 de enero de 2013

Blanco

Blanco nieve, blanco nube, blanco papel, blanco Ala, blanco limpio, blanco pureza. ¿Limpio, puro?
El blanco esta manchado. Manchado de rojo, rojo que le sacó al negro. Rojo que le sacó a África, rojo que le sacó a América Latina. Las manchas lo abundan, le pesan. Pero no le importa, y se sigue manchando.
¿Quién decidió que el blanco era pureza? Ah, cierto que la historia la escriben los que triunfan, la historia la escriben los que están llenos de rojo, llenos de sangre.
Mis ojos ya ven un poco mejor. Ahora entiendo la razón por la que en estos días donde el sol quema nadie quiere quedar sangrientamente blanco.


sábado, 5 de enero de 2013

Mañanas cotidianas

Lentamente abre los ojos. El negro empieza a tomar la segunda dimensión y luego la tercera. Reconoce su techo, su ropa desparramada sobre ese lujoso sillón, su acolchado de seda con caricaturas del gallo Claudio. Pestañea intentando adaptarse a esa habitación apenas iluminada por un rayo de sol que sale desde esa maldita endija inarreglable de su persiana. La quinta sinfonía de Beethoven se repite por segunda vez pero lo alarma tanto como la primera. Aprieta el gatillo y el despertador deja de sonar. Por debajo de ese grueso bigote una pequeña sonrisa de orgullo intenta esbozarse. Recién ha batido un récord: el radio reloj duró cinco mañanas.
Mira su mesa de luz: el atado de cigarrillos, su anotador con una lista titulada "vendetta" que contiene 5 nombres escritos, y su bolígrafo de oro donde en un fino bajorrelieve se ve tallado un dibujo de Mickey Mouse luciendo un sombrero de shérif.Con mucho esfuerzo logra llegar al interruptor que prende el velador.
Levanta cada hueso de su columna, se sienta y rota para el costado de su cama. Sus pantuflas blancas y peludas de las que sobresalen la cara de un tierno conejo lo están esperando. Sus pies se ubican en ese suave contenedor y ayudan a las piernas a poder hacer que ese enorme cuerpo se levanté y se pare.
Agarra un cigarro de su atado aunque sabe que quiere dejar de fumar y sacando un encendedor del bolsillo izquierdo de su piyama lo prende. Mete su mano libre en su bolsillo derecho y siente el metal frío, las curvas, el agujero, el gatillo. La toca, primero con la mano para apreciarla en su totalidad, luego con el dedo índice para notar los pequeños detalles. La acaricia suavemente y esta vez sí muestra una gran sonrisa: "hoy va a ser un gran día".

viernes, 4 de enero de 2013

Día de playa

    Vi ese inmenso muro de agua pensando que iba a ser capaz de enfrentarlo metiéndome por abajo. Lo hice. Salté hacia su interior. La sal entró por mi nariz y llegó a mi esófago. Sentí los disparos de cada uno de los trozos de caracol que me pegaban de lleno en mi cuerpo. Mi rodilla nockeó a mi frente, y ya habiendo perdido el control sobre mi cuerpo di innumerables vueltas al compás del sonido de las olas. Y en uno de esos incontrolables movimientos pude respirar aire. Me limpié los ojos, y vi mis piernas, los raspones y yo sentada en la orilla.
    Me paré buscando mi sombrilla, me di por vencida, empecé a caminar con la esperanza de encontrarla.
    Los ojos de la gente se acercaban a mi cuerpo y se hacían cada vez más grandes. Me enfoqué en mis pies. Entierro desentierro, juego con la arena, la pateo. Cada granito los iba invadiendo poco a poco, pegándose como un imán los convertía en dos piedras que se movían cada vez menos. Se peleaban entre ellos, luchaban para subir a esas piedras que crecían y se agrandaban. Cada vez pesaban más y mis piernas se contraían y mis venas sobresalían para poder levantarlas. Una, otra. Ya no eran piedras, eran montañas. Pequeños castillos de arena, que me vencían en esta guerra , y que cada tanto los perdía de vista por las gotas de sudor que caían de mi frente hasta mis ojos. Frené, inhalé, exhalé. Miré el mar, las olas, la gente que seguía acosándome con sus miradas, las sombrillas, y ahí estaba parada un poco torcida por el viento esa sombrilla azul que tanto buscaba.
    Contraje cada músculo de mi pierna para correr a buscarla, pero ya me habían vencido.  Una orgía de granos de arena corría hasta mis rodillas, y subía hasta mis ingles. A medida que avanzaban, las tropas se agrandaban y se hacían más poderosas. Siguieron luchando, invadieron mi pubis y subieron por las caderas y la panza hasta llegar a mi cuello. Inmóvil, incapaz de verlos, fijé mi vista en esa sombrilla azul, los flecos que se movían y mi lona recostada esperándome para tomar sol. La cara me picaba pero mis uñas no iban a poder llegar a rascarla. Ahí estaba la sombrilla azul, más grisácea, negra. Negro.

jueves, 3 de enero de 2013

Diplomáticamente hablando

Me enoja. Yo entré atraída por esos sonidos tan agudos de mujer que sonaban como una trompeta desafinada. Sabía que me lo ocultaba, pero verlo con mis propios ojos me generó una sensación de horror, como si las gotas de sangre por mis venas estuvieran jugando una carrera para ver cuál llegaba primera a mi cerebro.
Imaginé 6 o 7 cuadros posibles pero me encontré con uno muchísimo peor. No lograba encontrar su cuerpo entre tanta piel de esa mujer tan...tan... que tenía huesos grandes, hasta que vi su pequeña cara asomarse.
Pienso en su rostro y es un... un sonso. ¡No puedo creer que me haya hecho esto, carancho! Tendrías que haberle visto la cara al verme, sus ojos idos le volvieron a la realidad de repente y del susto se tiró flor de... gas. Pobre fracasado. Bobo. Feo. Qué mala persona, qué malo. Aparte, ¿tan mal estoy?¿peor que esa... mujer robusta? Era una salvaje encima, esa grandota... chancha. Dos infelices. Más él. No, más que un infeliz él es... un diablo. Sí, eso, un diablo. Qué furiosa me pone, qué furiosa....


Furiosa me pone ese forro de mierda. Forro, forro como el que estaba usando con esa gorrrda hija de remil puta. Esas gambas que tenía la bien conchuda. Que infeliz de mierda. Aparte ¿qué carajo le vio a esa inmunda? ¿"Bobo""tonto""sonso" ?sos flor de PE-LO-TU-DO. Y tu cara de boludo cuando te vi ahí con la verga al aire y te tiraste un pedo del cagazo que te dio. Creo que hay una sola manera de calificarte: Sos un sorete recontra malcagado.


*Gracias Fontanarrosa por recordarme al escuchar una conferencia tuya que no es lo mismo decir "sos un bobo", que decir "sos un pelotudo" y que no hay por qué llamar "malas palabras" a las puteadas.

miércoles, 2 de enero de 2013

Locura de amor oficinista

Estimado director:
    Paso a notificarle de los hechos de la semana que más le competen. Estuve revisando el trabajo que pidió el reconocido Dr. Miguez y noté que en la página 1387 había un pequeño error.
    Sí doctor, justo al pie de la página, del lado derecho había un enorme dibujo de una mariposa. Es extraño doctor, es más, cuando noté el pequeño gráfico, después de haber leído tantas páginas creí que era una ilusión, pero luego de ponerme mis 32 pares de anteojos confirmé que mi vista no era errada.
    Yo no entiendo señor doctor cómo esa mariposa llego ahí abajo, es un misterio enorme, porque si no recuerdo mal la caja de papeles me la dio usted en mano en el mismo momento que el Dr. Miguez se la dio a usted.
    Quién sabe doctor, esa mariposa, quizás llego volando de Chascomús y quedó ahí estampada en un dibujo. O probablemente la señorita Magdalena, la secretaria el Dr. Miguez estaba aburrida y la quiso dibujar.
   ¿Y si es una señal? ¿Si alguien está en peligro y la dibujó para darnos una indicación para que lo salvemos? Ay doctor, deberíamos buscar un grupo de psicólogos, psiquiatras, epistemólogos, radiólogos, geólogos y  antropólogos para que analicen la mariposa. Es que está hecha a tinta doctor, tinta azul Francia .    Porque si estuviera dibujada a lápiz yo la borraría...o no, no se, ¿imaginesé si efectivamente es una señal de una persona en peligro en Chascomús?
    Doctor, estoy ínfimamente preocupada por el tópico al respecto. ¿Qué dirá el Dr. Miguez? Si cada vez que me mira con esos ojos más fríos que la nieve se me pone la piel de gallina.
    Pero claro, usted siempre está al lado y me sonríe y la nieve de ese Dr. Miguez usted la derrite con esos ojos café y su sonrisa caribeña. ¿De dónde sacó esa sonrisa que me tiñe la cara de bordeaux? Ay doctor doctor, ¿qué hago con esta mariposa? Qué libre que se ve, ahí, puede estar con quien quiere y aparecerse donde quiera, en medio de una hoja de su trabajo, de la 1387.



*Escrito en junio de 2012 más o menos. Ante falta de computadora vamos copiando viejos textitos de mi cuaderno.

martes, 1 de enero de 2013

Análisis profundo edición 2: Con lo' parlante' en la vereda.



                Las mujeres. Seres extraños, que fuimos centro de inspiración en la literatura, en generar locura en el mundo, caracterizadas por no poder ser entendidas por el género opuesto. Así, generamos arte. Arte que se ve, y que se escucha.
                Somos víboras, somos arañas, somos ángeles, somos miel. Nos hacen perfiles de tipos de mujer constantemente que te encasillan en una etiqueta según ciertas características que tenés. Y experimentando arte, expresando sentimientos acerca de algún amorío con alguna de nosotras, dos autores crearon dos nuevos perfiles de mujer. Binomizando, en mi opinión, estos dos perfiles contrapuestos pueden representarnos a todas las mujeres en su totalidad. Las mujeres somos santurronas o wachas piolas.
                La santurrona es muy fácil de ser definida. Al principio de la obra el autor nos provee con una definición muy explícita y clara acerca de lo que es una santurrona: “la academia de la lengua española la define como wacha ke se hace la santita pero es una flor de turrita!!!”. La santurrona, es aquella mujer que le es constantemente fiel al comportamiento esperado por la sociedad acorde a su género. Es reservada y vergonzosa, le da vergüenza mostrar su busto “las gomas” y sus glúteos “la burra”. Es por eso que el emisor le debe insisitir constantemente a desenvolverse sexualmente exclamándole “dale dale dale dale” “moveme esas gomas” “moveme esa burra” y otros derivados.  Pero, la santurrona no quiere hacer eso, ella es una lady, una dama. Aunque su deseo probablemente sea responder de manera positiva a los amables pedidos del emisor, aunque probablemente ella quiera mover las gomas y la burra, no puede ceder a perder su dignidad como mujer. Ella decide ocultar su parte “turrita”, su inconsciente, su deseo sexual. Es por eso que es una santurrona, porque respeta la imagen esperada por la sociedad de que sea una santa, pero en el fondo es flor de turra.
                Ahora bien, el autor de “Una wacha piola” no fue tan generoso de proveernos la definición de wacha piola de la real academia de la lengua española. Pero podemos ver a lo largo de la canción que ella es totalmente opuesta a la santurrona. La wacha piola “se descontrola”. Perturbado, sorprendido, el autor acota “Cuando yo me la arranco ella siempre me pide mas”. La wacha piola toma la iniciativa. Es esa mujer que no le importa el qué dirán, ni la supuesta “dignidad femenina”. La wacha piola probablemente sea una socióloga feminista: sabe que el género es algo construido y que la “dignidad” esperada no es otro de los tantos mecanismos para que la sociedad siga siendo patriarcal. Es por eso que decide olvidarse de todo eso, ella toma el control en la relación. Y como es la mujer la que tiene el poder, esto llama la atención de su pareja o más vulgarmente llamado por ella “chongo”. Él exclama “Y nunca he sentido nada como esto en mi vida”. Lógico, en una sociedad patriarcal, probablemente él nunca había tenido contacto con una mujer que tomara el control de la relación. La wacha piola no esconde la turra que lleva adentro como la santurrona, ella decide exponerla, ella es capaz de escribirse en la frente “soy una turra, ¿y qué?”.
                Dicen que los extremos nunca son buenos, pero siempre podemos tomar un poco de cada uno. Para ser mejores personas debemos aprender un poco de las personalidades que marcan al mundo, de las que creemos que tienen algo para darnos para crecer un poquito más. Tengamos el cuidado de la santurrona cuando sea necesario, pero nunca nos olvidemos de la wacha piola interior que siempre va a estar.