Salí del subte totalmente decidida de que hacia lo correcto. Me tomé el colectivo hasta Corrientes y Pasteur y caminé siguiendo el ritmo de "El vuelo del moscardón" que sonaba en mi cabeza.
Atravesé personas, carritos, peies, calor, sudor, mucho sudor y entre todo eso pude hacer un agujerito por donde por fin logré encontrar esa vidriera que tanto buscaba.
Me paré en frente de ella como un poste y los observé atentamente uno por uno. Estaban todos atrás de ese vidrio ocupándolo desde las estanterías del piso hasta el techo. Todos iguales, más dorados de lo común porque el sol les pegaba de frente, movían sus patitas a destiempo formando parábolas. Me miraban. Observé los detalles de estilo chino en verde y rojo que tanto conocía, los ojos dibujados con dos puntos negros, los hocicos y los bigotes. Nunca había podido distinguir si se rascaban la oreja triangular que tenían o me saludaban con el puño medio cerrado. Sus cuerpos siempre yacían quietos pero sus patitas no paraban. No paraban. Y me miraban y me saludaban, todos al mismo tiempo, pero a destiempo. Cuando algunos movían la pata hacia adelante, otros la tenían atrás. Y esos firuletes verdes y rojos en la panza. Me irritaban. Mucho.
Sentí mariposas en la panza segundos antes de concretar lo que había visualizado hacía tanto tiempo. Puse mi mochila en el piso y saqué el bate. Entré al negocio y le vi la espalda a cada gatito chino. Como tirando las fichas de un dominó pasé mi bate por cada uno de los estantes de la vidriera. Ya habiéndolos tirado violentamente al piso les empecé a dar con el bate. Todas sus partes se desarmaban y se desparramaban por el negocio: las orejas por un lado, el cuerpo por el otro, las cabezas rodaban por el suelo, los resortes volaban.
En el séptimo segundo frené para apreciar toda mi destrucción. Ya no me saludaban (o se rascaban) más, por suerte. Entonces me acerqué a la puerta del local y fui a la parada de colectivo, después al subte y a mi casa. Me senté en una silla y entendí eso a lo que la gente llamaba plenitud.
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