Me gusta tirar cosas por la ventana. Sí, no me miren así con esa cara, no es tan raro. Todo empezó cuando yo tenía cuatro o cinco años y competíamos con mi hermano en el departamento para ver qué escupitajo tenía más saliva. Fue ahí que una vez me enfoqué en ese pequeño menjunje de saliva que salía de mi boca y lo vi caer. Empezaba tan grande y formado y de pronto a medida que se estiraba se hacía cada vez más pequeño. Me lo imaginaba gritando, pero era un grito muy finito, aunque seguro para el escupitajo era muy fuerte.
Fue entonces que empecé a probar con otras cosas. Los lápices tenían gritos secos, como si fueran los chicos cuando acaban de cambiar la voz. En cambio los caramelos, gritaban de alegría, para ellos era como estar en una montaña rusa. El más llorón sin dudas fue el largavistas, que directamente no pudo gritar de las lágrimas que le caían en su rumbo al piso. El problema, era que al ser bastante chicos, estos objetos no tenían el organismo adecuado para gritar fuerte. Y eso me aburría. Porque está bien, un grito bajito, otro, pero ya me hartaba no poder escuchar sus gritos cuando llegaban a las baldosas del patio del primer piso.
Entonces intenté con mi cama. Me costó levantarla pero me las arreglé. Hice fuerza para apoyarla contra la pared y luego la empujé para inclinarla por arriba del marco de la ventana. Ahí supe lo que era un buen grito: de mujer, bien agudo, cómo si hubiera venido un asesino mientras se estaba duchando.
Fue tan asombroso que quise contárselo a mi vecino que tenía mi misma edad. Lo traje a mi cuarto y se sorprendió al no ver la cama. Entonces lo acerqué a la ventana para mostrársela... Sus cejas se arquearon tanto que parecían salirse de su cabeza. Seguro era admiración, nunca habría visto a alguien tan capaz. Ahí le expliqué todo, los objetos, los gritos, el placer. Pero no lo podía entender. Yo le mostré, tiré un sacapuntas que tenía cerca y escuchamos el grito, bajito pero que me hacía pensar en su pequeña campanilla golpeandole las amígdalas. Pero parece que el flaco estaba sordo. No lo podía entender. Yo quería que él entienda.
Fue tan asombroso que quise contárselo a mi vecino que tenía mi misma edad. Lo traje a mi cuarto y se sorprendió al no ver la cama. Entonces lo acerqué a la ventana para mostrársela... Sus cejas se arquearon tanto que parecían salirse de su cabeza. Seguro era admiración, nunca habría visto a alguien tan capaz. Ahí le expliqué todo, los objetos, los gritos, el placer. Pero no lo podía entender. Yo le mostré, tiré un sacapuntas que tenía cerca y escuchamos el grito, bajito pero que me hacía pensar en su pequeña campanilla golpeandole las amígdalas. Pero parece que el flaco estaba sordo. No lo podía entender. Yo quería que él entienda.
Igualmente no fue tan difícil que logre comprenderme. Aunque él se rehusaba y movía sus pies y sus manos desesperado, yo sabía que ésta era la única manera de que pueda encontrar la empatía necesaria. Estaba más pesado que cuando eramos chicos, pero yo siempre había sido más grandote que él, así que no fue complicado. Mientras lo tenía por abajo de la cola con mis dos brazos, lo elevé y lo acerqué al marco. Al fin pudo entender, que lo que se tira por la ventana siempre grita.
Y cuando yo pensaba que era el único raro
ResponderEliminarCada raro con su tema...
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