Silencio. Se interrumpe. Se escucha un leve sonido, tan tenue como el de una pequeña chispa. La púa se apoya sobre ese nuevo disco vinilo y la música empieza a sonar. Todos esos nervios, que como pequeños insectos recorrían su cuerpo, se juntan en su panza y se abrazan entre ellos. La fuerza que generan va cambiando, pasan de ser nervios a ser adrenalina. La adrenalina corre por su cuerpo llegando a su cara. Sonríe. Mira a su pareja. Siente la piel suave de la pequeña mano que agarra, y caminan juntos al ritmo del swing que sigue sonando. La luz lo encandila y no lo permite ver a toda esa gente que aplaude. Lo quema también. Una gota de sudor le cae de la frente, pero su sonrisa auténtica sigue fija.
A partir de ese momento, todos los rincones de su cerebro se ven abarcados por una sustancia que como una gran ola se lleva todo lo que insiste en ser explicado con la lógica. A partir de ese momento, ya no piensa con la cabeza: piensa con los pies.
Ellos son los directores de la gran orquesta de su cuerpo. Lo llevan para la izquierda, para la derecha, dando constantes golpes contra la madera. Así, forman la percusión de la música que sigue volando desde el tocadiscos. Toma a su pareja por la cintura con la mano derecha, y con la izquierda agarra su mano. Se mueven juntos, ambos guíados por sus pies.
La música se apaga, pero sus pies siguen acariciando la madera sin parar de marcar el ritmo. Su corazón palpita más rápido y su sonrisa se vuelve aún más ancha. Es feliz. Mira a su pareja que como un espejo refleja su sonrisa. Y en ese instante, deja de escuchar a sus pies. Mira hacia abajo y los ve moviéndose, llevándolos de un lado hacia otro, dando giros. Pero no están tocando la madera.
*
A partir de ese momento, todos los rincones de su cerebro se ven abarcados por una sustancia que como una gran ola se lleva todo lo que insiste en ser explicado con la lógica. A partir de ese momento, ya no piensa con la cabeza: piensa con los pies.
Ellos son los directores de la gran orquesta de su cuerpo. Lo llevan para la izquierda, para la derecha, dando constantes golpes contra la madera. Así, forman la percusión de la música que sigue volando desde el tocadiscos. Toma a su pareja por la cintura con la mano derecha, y con la izquierda agarra su mano. Se mueven juntos, ambos guíados por sus pies.
La música se apaga, pero sus pies siguen acariciando la madera sin parar de marcar el ritmo. Su corazón palpita más rápido y su sonrisa se vuelve aún más ancha. Es feliz. Mira a su pareja que como un espejo refleja su sonrisa. Y en ese instante, deja de escuchar a sus pies. Mira hacia abajo y los ve moviéndose, llevándolos de un lado hacia otro, dando giros. Pero no están tocando la madera.
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