viernes, 25 de enero de 2013

Refugiado

     Lo persiguen por todos lados. Ya no sabe por qué camino agarrar. Su corazón está por estallar y su garganta no puede encontrar el aire necesario para que entre en su cuerpo. Respira agitado y sigue corriendo. Mira sus pies saltando y la vereda que se mueve. Ahora mira al frente, y puede encontrar una diagonal. Aumenta la velocidad y se mete por ese camino, y sin saber cómo, cuándo, y porqué, al salir encuentra su edificio. 
    Sube las escaleras, avanza por el pasillo y desesperado palpando todo su cuerpo con las palmas de sus manos busca la llave. Están en su bolsillo. Después de ocho intentos, logra meter la llave en la cerradura y la gira. La abre, entra y la cierra con toda su fuerza. Sigue respirando agitado. El vecino se puede llegar a despertar por el portón que acaba de dar, y eso lo preocupa por dos segundos hasta que luego de un breve análisis de la situación piensa "me cago en todo".
    En una rápida corrida pasa por la puerta de la cocina pero renuncia a comer algo. Empieza a caminar más lento, toma su reproductor de música y cae a su sillón como si su peso fuera 13 o 14 veces mayor. 
    Pone play y una mano en su pecho lo hace notar que sus pulsaciones están bajando. Escucha la música: Un piano que suavemente empieza la melodía es acompañado por una guitarra eléctrica que toca una nota modificada por algún pedal. Una voz grave habla sobre ellas y un platillo empieza a sonar bajo. Cierra los ojos. La voz de esa mujer lo transporta a otro lugar. Grita. Él grita con ella. Y se ve perdido en un laberinto del que no sabe salir. Toca sus paredes trata de treparse hacia ellas pero su altura no lo permite subir. Entonces abre los ojos. Pestañea varias veces seguidas y se limpia con los puños. No puede creer lo que está  viendo. 
   A su alrededor una película de detergente empieza a crecer rodeando el sillón. Empieza desde el piso, y sube en forma cilíndrica hasta que se empieza juntar formando una enorme cúpula que protege su cuerpo. La música sigue sonando pero sobre ella se escuchan golpes y gritos. Vienen a buscarlo. Escucha la puerta que rompen, los gritos, los insultos, los pasos rápidos, más rápidos. Mira hacia atrás. Ve a ese grupo de 12 hombres y mujeres que lo buscan corriendo y como una avalancha se enciman sobre él. 
    Pero no logran tocarlo. Los sigue viendo. Sus caras están aplastadas contra esa enorme burbuja. Sus labios parecen compota de ciruela y sus narices, ñoquis de papa. Sus cejas están arqueadas de enojo, sus brazos golpean con toda su fuerza la cúpula. Sacan armas, disparan. Pero él ya no escucha. Él sigue escuchando la voz de esa mujer que grita afinada, y la música lo protege de todo lo que lo persigue. 

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