viernes, 4 de enero de 2013

Día de playa

    Vi ese inmenso muro de agua pensando que iba a ser capaz de enfrentarlo metiéndome por abajo. Lo hice. Salté hacia su interior. La sal entró por mi nariz y llegó a mi esófago. Sentí los disparos de cada uno de los trozos de caracol que me pegaban de lleno en mi cuerpo. Mi rodilla nockeó a mi frente, y ya habiendo perdido el control sobre mi cuerpo di innumerables vueltas al compás del sonido de las olas. Y en uno de esos incontrolables movimientos pude respirar aire. Me limpié los ojos, y vi mis piernas, los raspones y yo sentada en la orilla.
    Me paré buscando mi sombrilla, me di por vencida, empecé a caminar con la esperanza de encontrarla.
    Los ojos de la gente se acercaban a mi cuerpo y se hacían cada vez más grandes. Me enfoqué en mis pies. Entierro desentierro, juego con la arena, la pateo. Cada granito los iba invadiendo poco a poco, pegándose como un imán los convertía en dos piedras que se movían cada vez menos. Se peleaban entre ellos, luchaban para subir a esas piedras que crecían y se agrandaban. Cada vez pesaban más y mis piernas se contraían y mis venas sobresalían para poder levantarlas. Una, otra. Ya no eran piedras, eran montañas. Pequeños castillos de arena, que me vencían en esta guerra , y que cada tanto los perdía de vista por las gotas de sudor que caían de mi frente hasta mis ojos. Frené, inhalé, exhalé. Miré el mar, las olas, la gente que seguía acosándome con sus miradas, las sombrillas, y ahí estaba parada un poco torcida por el viento esa sombrilla azul que tanto buscaba.
    Contraje cada músculo de mi pierna para correr a buscarla, pero ya me habían vencido.  Una orgía de granos de arena corría hasta mis rodillas, y subía hasta mis ingles. A medida que avanzaban, las tropas se agrandaban y se hacían más poderosas. Siguieron luchando, invadieron mi pubis y subieron por las caderas y la panza hasta llegar a mi cuello. Inmóvil, incapaz de verlos, fijé mi vista en esa sombrilla azul, los flecos que se movían y mi lona recostada esperándome para tomar sol. La cara me picaba pero mis uñas no iban a poder llegar a rascarla. Ahí estaba la sombrilla azul, más grisácea, negra. Negro.

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