martes, 8 de enero de 2013

Enriedo

    Lo miró y sintió los golpes que le pegaba desde adentro su pecho. Aceleraban, cada vez más, como si allí adentro se estuviera fabricando algo que no podía identificar. Quería elaborar la respuesta, decir lo justo, que no parezca pensado pero que no sea idiota. No pudo. El tiempo corría y debía ser espontánea.
Lentamente dejo su boca a medio abrir intentando que alguna palabra surja de ahí dentro. Pero algo empujo sus labios y de adentro no salieron palabras.
    Sintió la consistencia, finita, medio peluda, hasta que se dio cuenta que como un enorme vómito, de su boca salían hilos de lana. Empezaron siendo blancos. Luego salieron rojos, verdes, violetas. Pronto no podía distinguir sus colores. Salían disparados pero nunca se soltaban de la boca. Como lianas colgaban y se mezclaban, y bailaban, y se cruzaban. Se enredaban. Y su velocidad aumentaba. Fue entonces cuando ella intentó pararlo, pensó cual sería la forma correcta, pero no la supo encontrar.
    La lana se enredó en sus pies y en su panza, la lana lo enredó a él, y ambos quedaron atados en medio de ese gran novillo que con gran rapidez se estaba formando. Se enredaron en sus piernas y brazos, en sus cinturas y entrepiernas, y llegaron hasta su cabeza. Ya no podía respirar. Inhaló profundamente. Miró a su alrededor, habían parado.
    Con un escupitajo se sacó los hilos que aún yacían en su lengua. Fue ahí cuando entre tanta lana lo vio. Lentamente abrió sus labios, pero esta vez sí supo qué decir: "¿Me entendés?"

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