Cada músculo de mi cara estaba tenso y sentía el sonido de mi sangre corriendo alrededor de todos ellos. Mi boca estaba cerrada con la misma (o más) fuerza que estaba haciendo en el resto de mi cabeza. Por arriba de mi lengua las sentía saltando. Sus pequeñas patas me hacían una cosquilla, que luego se fue convirtiendo en ardor. Mis papilas gustativas sintieron cómo ese ardor avanzaba hacia mis labios. No paraban de saltar.
Sentí sus manos, pequeñas también, pero millones, que empezaban a empujar la parte interior de mis labios. Yo presionaba con ambos de ellos, intentado mordérmelos para que ellas no salgan de ahí adentro. Pero me estaban ganando. Seguían empujando, traían más tropas, y seguían. La potencia que tenían era cada vez mayor y mis labios empezaban a avanzar, pero cuando esto sucedía yo los cerraba de nuevo presionando a más no poder.
De pronto sentí una explosión casi en la punta de mi lengua. Me vencieron. Salieron todas disparadas de un cañón preparadas para cumplir su función. Una a una entraron de lleno en las mejillas de la mujer que tenía en frente y la lastimaron. Como filosos cuchillos clavados en una esponja, dejaban tajos en su piel sin que yo pudiera frenarlas. La lastimaron.
Me quedé petrificada y la observé. Vi las lágrimas que al caer de sus ojos diluían la sangre de sus mejillas. Mi reacción fue inmediata: Con mis dos manos me dirigí a mi boca y estire la lengua. Luego la torcí para un costado, para atrás, hasta terminar de formar con ella un enorme nudo. Nunca más iban a poder salir de mi boca. Igualmente, ya habían salido.
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