Les tengo un poco de miedo a mis listas. Sin darme cuenta, mientras hago todo lo que no dice en ellas, me miran enojadas. Con cara de ancianas quejosas, me persiguen atrás del talón caminando apuradas. Sacan una mano y me señalan con sus dedos índices moviéndolos de arriba a abajo.
Cuando no las escucho por mucho tiempo, se ponen violentas. Usan armas y empiezan a disparar. De las pistolas salen viñetas con una amplia variedad de formas. A veces predominan las simples, los puntos o los guiones, pero me divierten más los garabatos o los corazones. Y con sus voces finitas me gritan imperativos: "hacé, mirá, leé".
Cada tanto les hago caso. Cada tanto. Y cuando eso sucede me sale una sonrisa: "Menos mal que me recordé que debía hacer eso que dicen mis listas".
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