Ella era porteña. Él era cordobés. Ella era fanática de dibujar tablas. Él no tenía agenda. Ella escuchaba artistas conocidos. Él, bandas de rock con nombres extraños. Ella amaba el sushi con vino. Él prefería una pizza con Fernet. Ella caminaba con su vestido playero nuevo. Él usaba esa remera nueva por tercera vez consecutiva. Ella miraba el mar. Él susurraba esa canción que tenía pegada desde el mediodía.
No se chocaron. No se quedaron parados uno en frente de otro. Él no miró sus ojos y su cabellera. Ella no sonrió disimuladamente. Él no pensó qué le podía decir para iniciar una conversación. Ella no hizo en su cabeza una lista de las posibles frases con las que podía responder.
Se miraron de reojo. Ella desvió automáticamente la mirada de nuevo al mar. Él la posó para el lado contrario. Y de esta forma, se convirtieron en asesinos de una trillada y tierna historia de amor.
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