Los invitados se sientan alrededor de una mesa que desde cualquier punto que se la vea es infinita. Su material no se puede distinguir, porque cada rincón de su superficie está cubierto con platos, vasos, fuentes, copas, todos tapados con tapas semiesféricas que tienen una manijita. Todos observan, tratando de contener sus impulsos ansiosos a causa del misterio, pero no pueden evitar concentrar sus miradas en los platos, sin siquiera desviarlas un centímetro para observar a quién tienen a su lado.
Y llegan los mozos, uno por invitado, todos con sus moños negros y camisas blancas. Se quedan parados por unos segundos hasta iniciar la coreografía: Acercan sus manos a la mesa a una velocidad impresionante y empiezan a destapar cada plato, cada fuente.
Los ojos de los invitados son huevos fritos sorprendidos, atónitos, extremadamente felices de tener en frente suyo eso que les permite mantenerse vivos, y no solo eso, es eso que les da uno de los placeres más gratos de vivir: Pinchar un trozo con tenedor, oler el aroma de recién cocido, llevarlo lentamente hasta la boca, masticar para degustar bien el sabor, y seguir sintiendo su temperatura cuando baja por el esófago.
Luego, los hoyuelos empiezan a dibujarse y las sonrisas aparecen mientras los cantos de "mmmm" se intercalan y los críticos empiezan a opinar: "Muy bueno", "Muy rico", "Hizo bien", "es que usó demasiada sal", "yo creo que su error fue pasarse de pimienta", "fue porque tiene título de chef". Después, las críticas de las críticas, y las críticas de las críticas de las críticas, y una red de opiniones elaboradas que se convierten en teorías injustificadas y todo por ese sabroso, aromático y placentero conflicto que acaban de devorar.
He dicho.