domingo, 8 de diciembre de 2013

Alimentos escenciales

   Los invitados se sientan alrededor de una mesa que desde cualquier punto que se la vea es infinita. Su material no se puede distinguir, porque cada rincón de su superficie está cubierto con platos, vasos, fuentes, copas, todos tapados con tapas semiesféricas que tienen una manijita. Todos observan, tratando de contener sus impulsos ansiosos a causa del misterio, pero no pueden evitar concentrar sus miradas en los platos, sin siquiera desviarlas un centímetro para observar a quién tienen a su lado. 
   Y llegan los mozos, uno por invitado, todos con sus moños negros y camisas blancas. Se quedan parados por unos segundos hasta iniciar la coreografía: Acercan sus manos a la mesa a una velocidad impresionante y empiezan a destapar cada plato, cada fuente. 
   Los ojos de los invitados son huevos fritos sorprendidos, atónitos, extremadamente felices de tener en frente suyo eso que les permite mantenerse vivos, y no solo eso, es eso que les da uno de los placeres más gratos de vivir: Pinchar un trozo con tenedor, oler el aroma de recién cocido, llevarlo lentamente hasta la boca, masticar para degustar bien el sabor, y seguir sintiendo su temperatura cuando baja por el esófago.           
   Luego, los hoyuelos empiezan a dibujarse y las sonrisas aparecen mientras los cantos de "mmmm" se intercalan y los críticos empiezan a opinar: "Muy bueno", "Muy rico", "Hizo bien", "es que usó demasiada sal", "yo creo que su error fue pasarse de pimienta", "fue porque tiene título de chef". Después, las críticas de las críticas, y las críticas de las críticas de las críticas, y una red de opiniones elaboradas que se convierten en teorías injustificadas y todo por ese sabroso, aromático y placentero conflicto que acaban de devorar. 



He dicho.






domingo, 24 de noviembre de 2013

Tentador

-Mi mamá me dijo que no me junte con gente como vos-




-Ah... ¿entonces por qué seguís acá parada?-

-¡Ay nene! ¿Tanto te cuesta entender el concepto?-



sábado, 2 de noviembre de 2013

Marco

  Apoya la púa. Se escucha el roce con el vinilo que está girando. El silencio que no es silencio con esas explosiones en miniatura que se escuchan antes de que empiece la canción. Silencio que se acaba con el sonido del piano que empieza suave. Los dedos del pianista que acarician cada tecla, la ansiedad del clarinetista por entrar en escena. 
  Con mi guitarra empiezo a tocar una melodía encima de la que escucho. Siempre la misma. Son 2, 3 notas que van al compás del disco. El piano, el clarinete, la batería la acompañan. La empujan, la llevan hacia un destino indefinido, como el jugador en la mesa de tejo, deslizando la placa redonda hacia algún lado, patinando sobre esa mesa brillosa. 
   Y pasa eso que pasa en la música, las notas cambian y deciden volar en otra dirección. Pasan de mayor a menor, las agudas se tiran por toboganes para llegar a los bajos, las negras se subdivorcian y se convierten en corcheas. El clarinete y el piano dejan de hacer que mi guitarra se deslice por aceite y ahora se arrastra por un piso de cemento. Y no entiendo, mi melodía es la misma: 2, 3 notas que van al compás del disco, pero de todas formas es totalmente distinta; sigue siendo ella, pero sin abrazos, sin empujones, solo con una palmadita en la espalda que le da el platillo, nada más. 
  Eso es lo fantástico de la música (¿solamente?): que según dónde, cuándo y con quién esté, una misma melodía cambia por completo. 



*Se me ocurrió escuchar a este señor y me inspiró para escribir esto. Muy bello: 


jueves, 26 de septiembre de 2013

Urgente

   Urgente. Dicen que es urgente, que no tiene espera, que se debe solucionar de inmediato. Y ahí, me tienen sentada en una silla, mientras me tiran pelotas, o juguetes, o ya no se qué son, porque solo esperan que lo devuelva, sin siquiera saber qué tengo en mi mano,  a quíen, cómo lo  devuelvo. Solo respondo a las órdenes que me dan, mis manos actúan  sin pensar repitiendo el movimiento de flexionar y estirar, y de alguna manera deben llegar a su destintario. 
   Es que todos estos cobardes pretenden las soluciones rápidas, esos pequeños parches que cubren los agujeros en los pantalones de jogging. Todos dicen que todo es urgente porque buscan que las soluciones sean las de lo urgente, las que "concilian" las cosas como pueden en el menor tiempo. Y así, vivimos constantemente adelantando la cinta del video cassete, moviéndonos en cámara rápida según el control remoto. Fóbicos al silencio, fóbicos a leer más de 140 caracteres, fóbicos a pensar más allá de las imágenes, pegando parches y más parches en los pantalones, porque no tenemos el tiempo de sentarnos, de dejar al celular, emperador de la urgencia, y darnos cuenta que la mejor manera es agarrar una aguja, un hilo y dejarnos de romper las pelotas. 


*Ah, al escribir me acordé de este escena que muchos asocian con el fordismo y esos tiempos tan lejanos: 

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Silencio

     Y acá estamos de frente a frente. Vos, tan honesto, vas tomando el control cuando nos gana el aburrimiento; de repente, ya conquistaste mi casa. Bien, primero estamos bien, es raro, innovador...                                                                                                 


   Pero tu honestidad sube por mis gemelos, se arrastra hasta mi panza, me la acaricia con mimos circulares, ya no se cómo llegó a mi cuello. Las caricias se volvieron pellizcos que se marcan en el cuello como si estuviera hecho de arena mojada. Una soga está rodeándolo, enrrollándose alrededor como una anaconda que presiona y el diámetro del cuello se achica cada vez más. El aire entra por mi boca pero se choca y no puede pasar hasta la garganta; mi cabeza, un globo rojo lleno de helio, o de agua hirviendo, o de fuego mismo que lo convierta en aerostático. 
   En ese momento, entre la ebullición de mi cabeza y la zanja en mi cuello, no te queda mejor idea que correr tu cabeza y acercarte lentamente. El volumen de tu respiración aumenta cada vez más, poco a poco empiezo a sentir las exhalaciones que chocan con mi cuello, con mi nuca, hasta que tus labios están a un centímetro de mi oreja. Un centímetro desde el que abrís tu boca pegajosa y con esa honestidad, esa despiadada honestidad que me da escalofríos por todo el cuerpo, me susurrás: Shhh, ya no tenés quién te salve, ni la música, ni Internet, ni el teléfono... Date cuenta que estás sola. 

domingo, 11 de agosto de 2013

Amigo

    Un hilo de lana. Mide algo, es de algún color. Lo enrollo en el dedo, lo vuelvo a estirar, ahora tirante, como una cuerda floja o el juego con el chicle al que tanto les gustaba reprimir. 
   Ya olvidé cómo sucede. Cuándo, dónde. Nos cruzamos en la calle o yo toqué la puerta de tu casa. Distantes, un roce nos repelía, y al piso, al cielo, todo menos mirarnos la cara. Como morder un cubo de hielo y sentir ese quiebre doloroso, el frío entre medio de las paletas que endurece la encía. Mi mirada perdida se escondía entonces en mis manos, el hilo que se hace rulo, lacio, y trenzas alemanas. 
   Cuándo, dónde, cómo, qué. El hilo ya baila entre mis dedos, hace zig zag, se trenza, ahora con técnica de macramé. Y nos rozamos, y no pasa nada. Pasamos del mármol al piso flotante, todo se siente más cómodo, creo que podemos mirarnos algunos segundos sin que nuestra cabeza nos torture con que alfa lleva a beta y las pupilas reboten de vuelta a mis manos y a mi hilo que, no se cómo, ya son dos o tres hilos uniéndose, separándose, mezclándose, entrelazándose entre mis dedos. 
   Abrazándose. Ya el piso se llenó de almohadas. Abrazos para saludar, abrazos de festejo, abrazos que son un paraguas que hace frente a todas las lágrimas. El calor que derrite a alfa, beta, guimel, el espacio, el tiempo, las respuestas. 
   Cómo, cuándo, dónde. Los hilos se enrollan velozmente, se enciman, lloran, se alejan, se juntan, se pelean, pero van todos para el mismo lado y en mi mano ya no tengo hilos sino un enorme ovillo de lana de un color brillante que late si lo ves de cerca. Me mirás sin entender cómo tejo con los dedos, y nos reímos sin parar. Ya los otros no entienden los secretos escondidos en esas miradas que no recuerdo dónde, cómo, cuándo se convirtieron en ladrón y cómplice, en amigas.
   Será amnesia o esquizofrenia  pero no puedo determinar cómo llegamos a estar acá juntos en casa tomando mate, perdidos en un museo de fotos desordenadas que recorremos muertos de risa. No se cuándo, dónde, cómo llegué a tener este pulover abrigado y suave que me cubre del frío y la tristeza o simplemente está para acompañarme. Pero tampoco me importa mientras lo siga teniendo a mi lado. 
   

   

domingo, 14 de julio de 2013

Taxi

    Bajo el mando del timón de mi cola, mi cuerpo alcaucilado por mi camiseta, remera, polera sweter buzo y campera impermeable (simuladora de una cascada, permitiendo resbalar tantas gotas de lluvia sobre su tela plasticosa) ¿dónde estaba? Ah, mi cuerpo alcaucilado se desplomó sobre el tapizado de tela gris, sin darle mucha importancia a los pocos centímetros que habían separado mi cabeza del techo al hacer el brusco movimiento. Estiré el mullido brazo derecho, se cubrió en una milesima de segundo con agua, como si un balde de 3 litros se hubiera volcado sobre él, agarre la manija, le di el envión para que se acerque y después siga sola hasta escuchar el Plaf.    Fah, por fin un poco de silencio. 
      
    Sentí como mi cuerpo bajaba, mientras la goma espuma interior del asiento subía. Como cada partícula de esponja cubierta de hilos grises se iba aplastando, dejándole el lugar a mis músculos para abrazarlos por los costados. Mis gluteos, mi espalda, amoldándose en el asiento creando una forma, como si estuvieran recostándose en arena seca y tibia.  
       No sé que movimiento hizo con las manos, pero el auto empezó a avanzar. Los árboles se atrasaban, los semáforos volaban por encima nuestro, las personas parecían caracoles; las gotas se aplastaban contra el vidrio y el parabrisas las estiraba, y goteaba y las estiraba. Y volvía a mirar los árboles, que se iban más rápido para atrás, y los negocios estaban grises, y las personas parecían no caminar. Las gotas (ya de fábrica) caían más aplastadas, y el parabrisas, al encontrarse sorpresivo con este cuadro, no podía controlar su fuerza, y el ruido de su movimiento crujía cada vez más fuerte, cada vez más rápido.
    Volví a mi ventana. Ya no podía ver ni árboles, ni personas, ni supermercados chinos ni nada. Solo una franja marrón, ese que se forma cuando uso el mismo pincel para todos los colores. Quise mirar el estado del parabrisas, pero cuando había girado 45 grados hacia la izquierda, percibí como las ruedas parecían subir una rampa interminable.
     El asiento empezó a reclinarse, la sangre de todas mis venas a confluir en el río de mi cabeza, mientras mis pies se escondían bajo el asiento, chocando con el matafuegos. Miré al frente, próxima parada: "Esa nube". Volví al costado, y vi la cabeza de los semáforos sin sus luces, las copas de los árboles sin sus troncos, los pelos caminando sin sus piernas. Cada vez más pequeños hasta ser devorados por el marco de la ventana que restringía mi ángulo de visión. 
     Miré al conductor con un expresión mezclada de sorpresa y miedo. Abrí la boca y una vocal consonante intentó salir de ella para preguntarle cómos y por qués. Pero la volví a cerrar, total, cuando uno se entera del truco, la magia se pierde... Ah, ¿y del por qué? Bueh, quizás otro día me cuente un lindo cuento de esos que siguen una lógica, que intente responder a esa pregunta. 

viernes, 5 de julio de 2013

Careta

Lógico: Si escucho los Beatles, claramente no puedo escuchar cumbia ni reggaeton y no me pueden gustar las películas de Quentin Tarantino, si John Lennon buscaba la paz y en Kill Bill solo hay sangre, no es razonable. En realidad, tampoco me tienen que gustar los Rolling Stones; si tanto me gustan los Beatles, es o Beatles o Rolling, ¿Y esta remera que tengo con la lengua? Mmm, no, la tiro... la tiro, y claramente dejo de comer helado de dulce de leche, los Beatles eran re English, Liverpool, 3 o' clock tea, sí, dejo dulce de leche, empiezo con menta granizada que se parece más a los After Eight... y dejo de usar celular, no me pueden gustar los Beatles y usar celular; ahora que lo pienso lógicamente, tampoco debería ir al colegio, es obedecer a la norma; ni jugar al hockey, planchar mis camisas, cocinar papas fritas, subirme al 168... no, no, para nada, no puedo tomar agua en botella, ni saltar en un pie, ni aprender griego, ni ver Aventuras en Pañales, ni encuadrar fotos con marcos azules, imaginate, se quedarían todos parados con los ojos clavados en mi cara y sus cejas dobladas formando expresiones pedantes y me preguntarían: Dale, ¿vos escuchás Beatles y encuadrás fotos con marcos azules? Sos una careta.  

sábado, 22 de junio de 2013

Coherente y cohesivo

Es evidente, los pájaros vuelan, pero sin embargo, Napoleón fue vencido en la batalla de Waterloo. Las carpetas A4 salen 2 pesos, en menor suena más triste y las orquídeas no se sabe de que color son. Pasa, suele pasar, Colgate es la marca número uno recomendada por odontólogos, uy! se raspó el codo! y tu tío como se llama? Carlos. Último momento: se comió un revuelto gramajo y defecó a un bebé. Tus ojos son como dos microondas calentando un brócoli. Droga es calle en polaco pero de todas formas nadie sabe a dónde fueron a parar los Tele tubbies, dicen en realidad que Yoko Ono separó a los Beatles, pero los ornitorrincos igual son los animales que un día me contaron que el hombre llegó a la luna, aunque Internet es gigante y mi mesa tiene un nylon que la cubre. Pasó la aspiradora, y antes se sacan los mocos, obvio igual que los monos tienen piojos colgándoles de la punta de sus aletas y el Empire State lloró diciendo que le dolía la pancita, entonces se fue a cortar tulipanes por los prados de Francia con su frazada marrón que la usa para dormir cuando tiene un perro fucsia. Ándale chaval, coño mierda, oh my god, tenía un pelo de la ceja despeinado para arriba y se le hacía un rulito. Concordando por un lado con que somos amigos amigos y en la vida comer caramelos de pollo, teniendo en cuenta la sangre derretida y nunca olvidando que si pensás lógicamente te ahorras preguntas pero ilógicamente te ahorrás respuestas y te divertís un rato. 

miércoles, 5 de junio de 2013

Curriculum vitae

   Un papel. Blanco, letras que se juntan, me intentan decir palabras, no las puedo leer, me asustan. Veo borroso. Parece como si de repente mi vida estuviera llena de baldes y coladores. Las instrucciones, simples. Agarrar toda esa masa gigante, aplastarla en ese colador, ver como salen cortados por los cuadrantes de metal (como un plato de spaghetti, o ese juego de peluquería con masa que tanto deseaba de chica), largos chorizos de masa y caen adentro del balde. Así, se llena mi casa con esos baldes. Baldes de acciones coladas. 
  Aún quedan pasos. Dejar reposar los baldes una noche, levantarse, mirar su contenido.   Ya procesadas y reposadas, todas esas acciones, actividades, notas, experiencia laboral, talleres extracurriculares, anécdotas de la niñez, cantidad de veces que va al baño por día, enfermedades y helado favorito, todo eso queda convertido en infinitas letras que son como hormiguitas que llenan el balde casi en su totalidad. Solo queda agarrar las hojas de papel e inclinar cada balde cerca suyo. Mirar el negro desorden, y luego como con sus patitas se mueven de a poco acomodándose una al lado de la otra, dejando interlineado 1,5. 
   No se puede leer, veo borroso. Ellas en realidad son las borrosas. Amenazan con que son la justificación de tantas actividades. De que generamos toda esa masa solo para que termine tan procesada y convertida en letras. ¿Me van a decir, esas letras, que son capaces de reflejar mi masa?
  Hagamos como esa marca de ropa, volvamos a los básicos, que esas letras que se hacen tanto las que saben quién soy, son mucho, muchísimo más aburridas que agarrar la masa directamente y jugar todo el día. 

domingo, 26 de mayo de 2013

Soñé una tarde

   Yo escapaba de las cuatro paredes de mi cuarto rebalsadas de hojas y calculadoras y cuentas y ejercicios. Mis llaves, plata, libro y la tarjeta en la cartera, y me zambullía en el asiento del colectivo para que me llevase a algún lugar lejos de ahí. Bajaba, caminaba entre los puestos repetitivos de toda feria, miraba gente que me miraba, me sentaba en un banco de ahí y me ponía a leer. Olvidaba que estaba en América y me creía en Europa. El aire frío me sacudía el nuevo corte de pelo y hacía que mis dedos tengan que retener las páginas para que no se vuelen. 
   Ahí, en ese momento, después de leer dos páginas del libro, percibía que la gente a mi alrededor se movilizaba. Labios susurraban a oídos, madres buscaban a sus hijos para que no se escapasen. Un grupo de hombres verdes se agrupaba en un bloque y al grito seco de uno empezaban a marchar tocando una melodía en tono mayor que empujaba a la masa. 
  Algunas personas los aplaudían. Yo con mi libro en mano intentaba digerir qué era esa situación. Marchaban hasta el centro y se organizaban en forma de orquesta. Silencio. La gente aplaudió y se terminó de agrupar a su alrededor obstruyéndome la vista de lo que pasaba. Así parados, uniformados, estructurados por qué no, volvieron a tocar. Y así estuvieron cuarenta y cinco minutos, interrumpidos por pequeños silencios que se llenaban con aplausos que crecían cada vez más en cada nuevo intervalo. Introducción, nudo y el sol do de desenlace.
   Mientras la música seguía, se me acercaban dos soldados con un panfleto y me lo daban. Me decían que estaban promocionando el ejército y si yo quería ir. Les decía que no, que iba a estudiar letras. No sabían lo que era letras ni dónde se estudiaba. Les agradecía el panfleto y me decían que me lo quede o que se lo de a algún amigo. 
 Volviendo a mirar la situación de pronto veía que entre la gente, dos personas deambulaban con carteles que decían "Abrazos gratis" abrazando a soldados, abuelas, niños, o adultos mientras de fondo ya habían terminado de tocar Aurora y pasaban al himno nacional. Todos se quedaban parados y lo cantaban, como si les importara su patria de repente, con lágrimas a punto de brotar de sus ojos.  
   Después, entre tratar de concentrarme en el libro y escuchar las repetitivas marchas, el tiempo pasaba y en un momento yo percibía que en un silencio la gente volvía a moverse expectante. Se abrían hacia dos costados para dejar pasar a la banda. Ya hecho el pasillo humano, los hombrecitos verdes caminaban tocando otra marcha que los empujaba, y la gente sorprendida los seguía tomándole fotos. Pasaban frente a mis narices hasta que llegaban a su colectivo, con toda la manada de personas atrás, se subían y se iban. 
  Todo volvía a la normalidad. El silencio, la feria, los puestos, mi libro, el viento. La tarde que no había sido cortada en su parte más importante, sino que había llegado (¿cómo dios manda?) hasta su situación final. 
    
    No me quedaba otra, la única manera de que parezca verosímil era narrarla como si fuera un sueño. 

domingo, 12 de mayo de 2013

Sentido(s)

    Todos buscamos el sentido. Yo creo que el sentido es haber sentido. Si no tenemos momentos sentidos, aburre. El sentido es ser humano y lo más humano es el sentido. 
    Pero a veces sentís que eso que has sentido no tiene sentido. Ni lógica, ni reglas, ni controles. Esos son los más interesantes: Sentidos sin sentido que te hacen caminar con pasos dudosos en la línea que divide lo humano de lo animal. 
    El mayor sentido es entonces (para mí, en parte) haber sentido lo sentido sin sentido.

Todavía no entiendo a aquel que se le ocurrió elegir las palabras de este idioma.

sábado, 11 de mayo de 2013

Sigmund el titiritero

  Un día, hace unos ciento y pico de años, al Dr. Sigmund se le ocurrió escribir una historia. Para inspirarse y crear sus personajes se basó en lo que le contaban sus pacientes, algunas situaciones conflictivas de esos libros de mitología griega, y otros de su vieja Biblia.
   Entonces agarró su pluma y su tintero y sobre una hoja comenzó a escribir. Puso un poco de cada lado: los sueños de Iosef, el ciego que tenía sexo con la madre, la mujer que disfrutaba el dolor del hombre... En su paleta de colores fue mezclando todas las matices.
   Otra día la terminó, y la leyó. En ese momento se dio cuenta que estaba enamorado. Su prosa lo hacía sentir como una persona que no duda un momento de su existencia. Amaba que sea tan mimética, tan verosímil, tan... real.
   Tan real que no podía quedar solo en esa hoja. Él la quería ver, tocarla, poder plasmar en concreto todo eso que estaba en su cabeza. Buscó cartón y se armó un teatro. Un teatro de marionetas. Desde arriba él movía sus pequeños brazos que colgaban de hilos atados a las dos maderitas. 
   Recorrió su país, luego Europa, luego el mundo entero con su teatro. Ese teatro de marionetas que se movían siguiendo la famosa historia de Sigmund, y se guíaban por cada una de sus escenas. 

*Sin ofender a psicólogos y otros que sepan sobre psicología, psicolanálisis, etc. 

miércoles, 8 de mayo de 2013

Deseo repentino

     Desde mi ventana salpicada de gotas puedo ver los árboles vicentelopecinos que bailan con movimientos deformados, como gigantes cabezas de basquetbolistas corriendo con su afro de un lado a otro.
     Y agarro un mechón de mi aburrido pelo lacio. Recto, inmovil, igual que siempre. Hoy no lo quiero. Quiero un afro enorme y que al caminar baile sobre mi cabeza, y al asentir siga el recorrido de mi movimiento. Quiero que mi ventana sea espejo, y esos árboles cubran mi cuero cabelludo.

*Me crucé con este borrador entre mi marea de entradas. (Es de cuando tenía el pelo más lacio, y aburrido)

jueves, 2 de mayo de 2013

Crimen y castigo

    Se portó mal. Lo sentaron en un rincón, y lo castigaron. Le sacaron la tele, la compu, los lápices de colores brillantes, los dibujos de Ben 10... los sonidos se fueron difuminando a medida que se agregaban viñetas a la lista de objetos censurados. Lo encerraron en un cuarto vacío. 
    Miró el techo blanco, las paredes crema, el piso de madera... los autitos de colores, sus lapices brillantes, Ben 10 mismo que bajaba del techo en una soga y le daba la mano. De cada uno de sus dedos mágicos salía un color distinto con el que empezó a pintar las paredes hasta formar el mural más bello y colorido del planeta. Y con unos pequeños ventiladores incrustados en sus talones voló hasta al cielo raso para pintarlo de rosa, naranja y celeste, y llenarlo de nubes blancas de distintos tamaños. Luego, a la cuenta de tres, todo empezó a moverse: cada trazo, cada nube. Se vio rodeado de una película proyectada en 5 planos. 
     Hay cosas que nunca se pueden sacar. 

jueves, 18 de abril de 2013

Subida de ego

   Ahí, entre medio de las costillas se me atravesó un globo. Pero no parece tanto un globo, los globos se convierten en verdaderos globos cuando están inflados y brillan a la luz. Eso es un globo. Esta bolsita de goma roja en cambio se convierte en globo solo a veces.
   Se infla un poquitito y empuja a las costillas que lo aprisionan. Pero éstas no lo dejan escapar del todo. Entonces en una exhalación se deforma poco a poco, y mientras gotas rojas se destiñen de su goma, otras llegan a mis mejillas y ahora yo me siento como esa bolsa de goma inerte, incapaz de reaccionar.
   Un gracias inflaría el globo de helio y mi cuerpo volaría hasta quién sabe dónde. En cambio, si negara lo dicho, cubriría su superficie con una enorme mentira que me enredaría en deducciones lógicas hasta contradecirme.
   No podría decir que es feo, que no quiero que el globo se infle jamás. Pero a medida que vuelve a pasar me pongo tan roja y brillosa de sudor, que en poco tiempo temo ser yo ese globo aprisionado entre mis costillas.

viernes, 12 de abril de 2013

Palabras vacías

    Me dijo que había tenido un día muy agitado, y que estaba lindo el día. Le respondí que también yo estaba muy cansada, que me había levantado temprano y desayunado una torta que me había preparado ayer. Mentira. Todo lo que le dije era mentira. Él siguió hablando del clima y de su día cansador. Yo asentía fingiendo que me importaba. Y él también asentía. 
    Me contó todo lo que había hecho en el colegio, y todas sus comidas del día. Creo que ya lo olvidé. Pero me vi forzada a responderle todas las materias que me habían tocado a mí, las más difíciles, las que más odio, yo estaba más cansada que él. Encima que estoy a dieta, fue un día tremendo.
    Pero al parecer, a él casi lo pisa un camión hoy, aparte que se peleó con su novia y una paloma le cagó encima. Todo eso le había pasado en un día.
    El tema es que yo pisé caca de perro también, y justo después pasó una nube encima mío y me llovió solo a mí. Entonces me resbalé y me golpeé la frente y me sangró. 
"Pero no tenés ningún raspón en la frente..."
Silencio
Silencio
"¿Acaso te importa si lo tengo? ¿O si pisé caca de perro?"
"Y... (su cara se vuelve bordeaux) la verdad que no"
"Bueno, a mi tampoco me importa tu mal día"
"¿Entonces para qué hablamos?"

martes, 2 de abril de 2013

Lluvia y libro

   Las gotas de lluvia caen. Empiezan siendo chiquitas, después se engrandecen y caen cada vez con más velocidad. Mi pelo se oscurece de a partes hasta chorrerar. Mi camisa celeste es invadida por miles de pintitas, que terminan apoderándose de ella. Mojada. Mojada y feliz. 
   Pero de pronto dejo de sentir esos puntos fríos que golpeaban mi cuerpo. Miro a mi alrededor y los veo, pero no me tocan a mí. Giro mi cuello hacia atrás, pero ningún techo me está cubriendo. 
   Las gotas caen más rápido. Tan rápido que no me dejan ver dónde estoy. Son una enorme cortina blanca que nubla mi vista. Pero mi pelo se está secando y los millones de lunares desaparecen. 
   Mis ojos perciben algo que se está formando arriba de mí. Veo como las pequeñas balas trasparentes empiezan a abrazarse entre ellas y en mi cabeza forman un blando techo transparente por el cual puedo ver a través, distorsionadamente, las nubes que ocupan el cielo. La misteriosa pantalla se empieza a estirar, a bajar, a rodearme. Las gotas empujadas por el viento de costado se suman y a mi alrededor se van formando paredes que me rodean. Siento que estoy abriendo los ojos abajo de la pileta. Pero estoy seca, completamente seca. 
   Ahora mi cuerpo se eleva. Miro hacia abajo y los charcos de la vereda como una alfombra mágica de agua me están levantando. Sus extremos se unen con las pantallas a mis costados. De pronto me veo encerrada. Encerrada en una enorme burbuja. A mi alrededor veo las gotas. Primero distorsionadas, después en alta definición. La burbuja se endurece, y al golpearla me doy cuenta que ahora es de vidrio. Las gotas chocan contra ella y  se estiran de formas similares. Tengo calor, adentro de este oasis. Me abro el primer y segundo botón de la camisa para poder respirar mejor. Y recuerdo que tengo mi cartera. 
   Entonces agarro la hebilla del cierre y tiro para abrirlo. Meto mi mano en ese túnel oscuro y palpo: la billetera, el celular, las llaves, el libro. Lo saco, busco con mi dedo el señalador. Miro hacia arriba, y veo las gotas. MIro hacia abajo, y empiezo a leer mi Cortázar que las describe. 

viernes, 29 de marzo de 2013

Pensamientos fuera del marco

Ayer abrí mi cabeza. Hice un tajo con un bisturí y después con un cuchillo lo profundicé. Al separar las dos partes, escuché el sonido pegajoso de los líquidos espesos que se estiraban a medida que la abría. Entre esos hilos de sustancia, pude ver los caminos curvos entrecruzados que formaban mi cerebro. Entonces lo agarré con mis dos manos y lo saqué de ahí. Con miedo a que se resbale, lo levanté y lo alcé hasta que la luz lo iluminara para contemplarlo mejor. Caminé por los pasillos de mi casa y lo coloqué en mi balcón, encima de una silla. Ahí se quedó pensando, fuera del tiempo, fuera del espacio, fuera de mí. Y así se pasó todo el día.

lunes, 25 de marzo de 2013

Escéptico

Todos portan banderas
Y no le temen a portarlas
Las llevan con orgullo 
decididos de sus cómos, dóndes
por qués
Estoy rodeada de banderas
Pero soy incapaz de llevar una.

domingo, 17 de marzo de 2013

Erre, eñe

    Leer un libro en inglés me irrita. Las palabras suenan tan lejanas a lo concreto. La voz que las lee en mi cabeza me recuerda a la falsedad de cualquier conductora de un talk show, empapada de maquillaje y spray para sostener su duro peinado. Desde mi interior solo un deseo me urge: llamar al DT y pedirle  un cambio, "sale la falsa, entra Cortazar"; y que las palabras vacías se llenen hasta el tope de castellano.   
    Ese castellano que te impregna la piel. Se mete en tu sangre hasta llegar al corazón y le da la fuerza para que se contraiga y bombee de nuevo el misterio, el amor, las fuertes sensaciones que acaba de inyectar en el cuerpo. Apasiona, te muestra sus garras y rasguña, te inserta en sueños reales, te baña de lágrimas, te llena de agua la boca, te pega un bife y te deja marcada la cara. Rompe fronteras, con esa erre de rencor y de romance, sin vergüenzas ni filtros. No miente. El castellano no usa máscara ni careta; no te insulta, te putea, no te golpea, te re-caga a piñas.      

jueves, 14 de marzo de 2013

Zapping

   Venía de ver películas. Siempre en el sillón que se moldeaba acorde a la forma de mi cuerpo. Ya no tocaba el control remoto después de poner play. Frente a mí, la luz de la pantalla me llegaba a la cara y me adentraba en historias complejas donde conocía a personajes como si fueran parte de mi grupo de amigos. El tiempo pasaba rápido, las dos o tres horas eran como comer una sandía: nunca me cansaba.
   No encuentro más películas ahora. Debe ser el cambio de programación, éstas empresas de cable que están perdiendo plata. No lo entiendo. Me paso horas en el sillón buscando, repitiendo el movimiento de mi dedo pulgar presionando el botón con el símbolo de suma en bajo relieve cada cinco segundos. Así paso horas, escuchando oraciones sin predicadoo gritos en su volumen más alto, o votox, titular, y el pronóstico del tiempo es, ¿estás loca?, ¡minuto para ga, tu sereniito con, ¡El papa es argen, María Eugenia Su, la vuelta al cole con, póngale su voto al Alber, ¿tu dientes son sensibl
   No paro. Llevo así días, semanas. Mis ojos son dos maderas astillosas pintadas de rojo sangre y perdieron todo movimiento. Solo cada tanto deciden recuperarlo. Casi rechinando, dan media vuelta como un ascensor de hotel viejo y luego van hacia abajo. Y cuando lo hacen, siempre se encuentran con la misma escena: Mi dedo morado doblando su  falange y el botón de bajo relieve escondiéndose y volviendo a aparecer. 

*Algo de acá debe haber salido de mi cabeza por ver "The Wall".

sábado, 9 de marzo de 2013

Granito

Ya lo vi venir. Debe haber surgido entre mi piel y los huesos de la cara. Se escabulló y empezó a empujar para afuera. Entonces acaricié mi mejilla y ahí lo sentí: Una pequeña pelota que no se veía pero que estaba ahí adentro, dura, molestando.
Y es intolerable. Porque no la puedo explotar o sacarla. Solo me queda esperar a que siga empujando hasta salir hacia afuera y que cuando me mire al espejo piense "Uy, hola granito".

viernes, 8 de marzo de 2013

Cuadriculatizando

     Instrucciones:

1. Saque la naranja de su heladera. Probablemente sea una esfera perfecta, a tal punto que si uno puede marcar su punto central, desde ahí hasta la cáscara todos los radios tendrían que medir lo mismo.  

2. Coloque la naranja sobre una mesa y juntando sus dedos índice y medio dele un pequeño empujón. Podrá apreciar cómo la naranja es libre de moverse rápidamente tan solo con ese simple envión que usted acaba de darle. Su facilidad se debe especialmente a su forma esférica que logra que esta naja sea capaz de rodar.

3. Apoye la naranja sobre una tabla de madera, y téngala bajo control. Evite que se escape por ahí, que se salga del área indicada. Para esto, es indispensable que usted tenga toda su atención en el pequeño planeta en frente suyo, en especial su atención visual y de tacto. 

4. Mientras vigila con su mirada y sostiene con una mano la naranja,  con la otra busque un cuchillo de un grosor de cinco centímetros. Acérquese a un afilador y afílelo en caso de que no esté lo suficientemente listo. 

5. Agarre el cuchillo y apóyelo sobre la naranja a unos tres centímetros del centro de la cáscara. 

6. Ahora empuje el cuchillo hacia abajo con fuerza y determinación hasta escuchar el golpe seco del filo contra la madera. 

7. Repita el proceso cinco veces más, siempre a tres centímetros del centro de la cáscara, hasta lograr que la naranja tenga seis lados rectos y una forma cúbica.

8. Observe la naranja. Sola, chorreando de sus sangre, desprotegida. La naranja es incapaz de rodar ahora, sus movimientos existen solo con la ayuda de una mano que la lleve. 

9. La naranja ha perdido su libertad y ya no puede de ninguna manera guíar sus movimientos.  

martes, 5 de marzo de 2013

La soberbia

   Yo te voy a explicar lo que pasó, y no me vengas con interrupciones y con tus "sos una soberbia" porque esta vez te puedo asegurar que tengo razón. Vos estabas charlando con Ernestina de su vida, de su viaje a Australia, de su nueva remera, del libro que leyó... en fin, de todas esas cosas que se preguntan para simular que les importa la vida de la otra. Hasta que ella me miró y pude ver en sus ojos el desprecio que me tenía. Me recorrió desde la raya al medio de mi pelo hasta las zapatillas que tenía puestas, levantando una ceja. Yo no le presté atención, me di vuelta y seguí lavando los platos, escuchando su conversación y parodiándola en mi cabeza. "Ay, sí, es un divino! ¿Te viste el capítulo de la vez pasada? ¡Super macho!". Así, miles de frases salían de sus gargantas chillonas.
   Pero ahora llego a la parte que te interesa. Te digo que ya para mí eran dos cotorras, hasta que de pronto empecé a escuchar que bajaban la voz. Gracias, seguramente mi cuerpo estaría activando algún mecanismo de defensa contra situaciones excesivamente pesadas... No era así. Al pasar unos tres segundos, me volví consciente de que no era mi cuerpo el que había reducido la voz, sino ustedes, que empezaron a hablar a menor volumen para que yo no las escuche. 
   En ese momento pasó. Quería ver qué estaban diciendo de mí, entonces me di vuelta y ¡paf! el vaso que tenía en mi mano resbaló, como tirándose de un tobogán por las burbujas de detergente que tenía mi palma derecha. Y ahí cayó al piso, y el ¡paf! se convirtíó en el clink clink clink clink de los vidrios rotos. 
   ¿Ves? Es más que obvio. Es totalmente evidente que si vos no hubieras invitado a esa falsa de tu amiga, y ella no me hubiera mirado con esos ojos diabólicos, y no hubieran hablado del "¡Ay es un super macho!", por empezar, yo no tendría que haber estado lavando esos platos que me encargaste para evitar hacer esa tarea en frente de tu "amiga", y entonces, no hubiera necesitado darme vuelta ante la mirada despectiva, ni tampoco volver a girar para ver qué era eso tan tabú de lo que estaban hablando, de lo cuál yo no podía enterarme y, ergo, si nada pero nada de eso hubiera ocurrido, entonces a mí nunca se me habría caído ese puto vaso que tanto te gustaba y sobre el que tanto me hinchaste las pelotas cuando yacía quebrado en unas cincuenta partes distribuidas por todo el piso de la cocina. Yo no rompí el vaso. A mí no se me cayó. El vaso se rompió por tu culpa y no me lo vengas a discutir, porque esta vez, como todas las otras, tengo razón. Punto final. 
   

jueves, 28 de febrero de 2013

La gallega

Me la jugué y me compré el GPS. Salió bastante caro, pero es una buena inversión viste, no tenés que preocuparte más, vos lo prendés, le decís a dónde querés ir y la gallega te dice por dónde agarrar. Nunca falla aparte, siempre llegás bien y por el camino más rápido, es más, el otro día le puse cómo podía llegar a China y me llevó al aeropuerto, ¿No es impresionante? Yo la verdad estoy chocho, llego siempre más rápido a todos lados, nunca me pierdo, y bueh, por ahí voy por los caminos que todo el mundo conoce y no es que conozco algo nuevo, pero siempre llego a tiempo al laburo y a cualquier reunión. Tampoco me importa en realidad que sea nuevo, lindo o feo el camino, si a mí lo que me importa es llegar al lugar que quiero de la manera más efectiva, no me es placentero manejar... Bueno, tampoco que no me es placentero, pero viste que hoy en día es más complicado manejar por la calle, mucha bocina, mucho ruido... Aunque a veces igual yo solía mirar el paisaje,me gustaba... ver la gente que caminaba en la calle cuando frenaba en algún semáforo, abrir la ventana, sentirme un modelo cuando el viento me pegaba en la cara, mirar casas, lugares que no conocía... Igual puedo hacer eso con el GPS, si por donde voy hay casas y gente que camina. Pero estoy condicionado por otro lado, claro, porque yo le creo a la gallega y siento que se ofende cuando no le hago caso, me empieza a hablar ofendida, así, como si me estuviera retando, "recalculando, recalculando" me reprocha, a veces siento que va a salir de la pantalla y me va a dar un bife. Pero bueno, yo la perdono, porque los caminos se me hacen cada día más cortos: cuando giro la cabeza para mirar algún paisaje, de repente ya llegué al destino. Y aunque ya no pueda disfrutar del paisaje, del vientito, de la gente, del día, del viaje...
Yo debería tener una charla con la gallega.  
Yo quiero conocer otros caminos,  no puede ser que me rete, que me recalcule así como así... Porque al final, el que está en el volante soy yo ¿no?, el que tiene que decidir... soy yo, y el que no disfruta del viaje, ¡termino siendo YO! ¿Y sabés qué? ¡Es todo por tu culpa, gallega! Sí, vos, la que me llevás por los caminos monótonos, la que me recalcula. ¡Dejame perderme gallega! ¡Quiero mirar casas nuevas, ver otras líneas de colectivo, agarrar por la paralela! ¡Quiero llegar tarde! Total, ya no me importa el laburo, ya no me importa la imagen, me importa ya todo un carajo gallega. ¡Dejame en paz! Que quiero conocer mi Buenos Aires querido y no quiero que seas mi guía. Andate a la mierda gallega, volvete a Galicia y dejame manejar. 

miércoles, 27 de febrero de 2013

Splash de realidad

   Él camina por un prado de girasoles. Siente la brisa chocar en sus pómulos y mover su cabello. Camina hasta donde las flores lo puedan ocultar por completo. Y ahí se sienta. Lo único que puede ver son los tallos verde oscuro, los pétalos, el polen, y el cielo celeste acompañando de algunas nubes blancas.
  Saca un libro, toca el señalador con sus dedos índice y pulgar formando una especie de pinza. Luego acerca la mano a donde aparece esa grieta divisoria. El dedo índice entra en el tajo y empuja con fuerza hacia la izquierda hasta que frente a sus ojos quedan tendidas las dos páginas.
  "Por un momento sintió que la vida podía ser algo bueno, que prefería ignorar ant..." Justo en la "t" aparece un círculo húmedo. Luego otro, casi en la esquina de la página. Mira hacia arriba y ve una enorme nube gris arriba de su cabeza . Amplía un poco su radio de visión y más a la derecha ve otro conjunto de nubes grises que está por acercarse. Cierra el libro, se para, corre a su auto y apoya el libro en el asiento del acompañante. Busca abajo de su asiento. Lo encuentra, medio arrugado pero se puede leer igualmente. Abre sus hojas grandes pero finas y empieza a leer el diario de ese día. 

lunes, 25 de febrero de 2013

Del dicho al hecho

   La butaca era cómoda. Su terciopelo rojo rozaba la parte trasera de mis rodillas, y acariciaba mis manos. Empecé a jugar con la yema de los dedos. Peinaba, despeinaba, y peinaba al apoyabrazos rojo, bordeaux, y de nuevo rojo. Mi alegría se desbordaba por cada parte de mi cuerpo: mis ojos saltones, mis manos que gesticulaban en exceso, mi sonrisa que no se borraba. Amo ir al teatro, no hay nada que hacerle.
    Empezaba a las seis. Pero las luces no se habían apagado todavía. Seguía viendo a las ancianas en frente mío que se gritaban desesperadas señalando los asientos que debían ocupar. Sus carteras negras con lentejuelas, sus labios arrugados escondidos atrás del maquillaje rojo vivo.
    Era extraño que hayan ido a esa función que estaba poblada en su mayoría por padres con dos, cuatro o cinco hijos que venían con sus otros tres amigos del colegio y el otro del club. Se hacían notar con sus constantes gritos, y los "shhhh" "estamos en el teatro" "hay gente acá" de los padres, asumiendo que sus pequeños animalitos no entraban en la definición de "gente".
    Miré expectante al telón. Siendo las seis y cuarto tenía que empezar. En pocos minutos se abrirían de los costados hacia arriba esos pesados pliegues y enfrente mío tendría un mundo nuevo, quizás lejano al mío, pero lo suficientemente cercano como para hacerme reír o llorar. En pocos minutos. Ya eran y dieciocho y como arte de magia, los niños se habían sentado y las viejas estaban calladas. Pareciera como si todos estábamos en la misma situación, mirando el telón, fantaseando sobre lo que podría aparecer allí en frente.  Las voces empezaron a bajar, y un silencio invadió cada rincón de la sala. Las miradas quedaron fijas hacia adelante, el único movimiento que podía percibir era el de los párpados  de los de mi alrededor que pestañaban.

   La valiente en empezar fue una niña que estaba en la fila delante mío, a mi diagonal. Parecía tener unos seis años recién cumplidos por su estatura, pero lo único que podía ver de ella eran dos colitas con pompones rojos de las cuales salían bucles castaños que le llegaban hasta los hombros. Su voz finita entonó el cántico, acompañada de sus dos manos que aplaudieron a ritmo: "Que empiece ya, que el público se va, que empiece ya, que el público se va". Los padres giraron su rostro lanzando una sonrisa vergonzosa que demostraba las ganas que tenían de que los trague la tierra en ese momento. Pero la expresión escondida empezó a desaparecer cuando al cántico se sumaron otros niños, de la fila de adelante, también acompañados por sus palmas.
  Así se fueron sumando, primero los niños, después ya los padres, cantando inocentemente, de forma burlona, para que empiece el espectáculo. El tempo fue aumentando, podía ver como a las viejas de enfrente ya les costaba un poco seguirlo. Creció, con más velocidad, hasta que las voces se callaron y terminó en un potente aplauso cómo si la obra ya hubiera terminado. Pero no era así, el telón todavía no había subido ni un poco, las luces seguían prendidas y nunca se habían apagado. Los que sí se fueron apagando fueron los aplausos que poco a poco terminaron desembocando en ese silencio que hace unos minutos se apoderaba de la sala. 
  Se cortó rápidamente. Las cabezas empezaron a mirarse preocupadas, los susurros aparecieron. Ya eran seis y media. Las viejas miraron preocupadas sus relojes. Dos de ellas empezaron a charlar. Pero parecía que dejaban a una de lado. Esta estaba sentada con su cartera arriba de la falda mirando al escenario con el ceño fruncido. Las otras la ignoraban, gesticulando con sus manos, mostraban expresiones de indignación casi al borde del enojo. Una de ellas interrumpió la charla, y miró a la tercera. -¿Estás bien?- le preguntó. 
    La tercera no respondió. Se paró, y apoyó su cartera en la butaca de terciopelo rojo. Estiró sus dos brazos y dio un fuerte aplauso, al que le siguió otro, marcando un ritmo. Con su voz, gritando, comenzó de nuevo el cántico de enojo, el cántico amenazador. "QUE EMPIECE YA, QUE EL PÚBLICO SE VA". Las amigas la miraron sorprendidas, pero la siguieron: "QUE EMPIECE YA, QUE EL PÚBLICO SE VA". Y así de nuevo se sumó el resto del público, pero esta vez el tiempo que pasó hasta que todos estén cantando fue mucho más corto. Miles de bocas se movían entonando rabiosas la misma frase. Miles de cejas se unían formando arrugas entre medio de ellas. Y algunos brazos empezaron a cerrar sus puños y estirarse. 
    Se había vuelto en un himno de guerra. Todos, unidos, lo cantábamos por una causa. Y el tiempo no lo deterioraba, es más, a medida que este pasaba, el canto se hacía más poderoso y un calor de revolución se hacía sentir entre los pasillos de butacas. Todos sabíamos qué hacer. Fue ella la que nos lideró. 
    Sin dejar de cantar, la señora de la cartera en la falda empezó a empujar suavemente a los que estaban en su fila hasta llegar al pasillo. Con su mano hizo un ademán a los de su fila para que se ubiquen detrás de ella. Hizo el mismo ademán a los de mi fila, y a los de las que cruzaban el pasillo, y sin darnos tiempo a salir, empezó a marchar siguiendo el ritmo de sus aplausos hacia la puerta. Los seguidores de la fila alzaron sus brazos abriéndolos y cerrándolos hasta llamar la atención de los de los palcos, que también, sin dejar de cantar, empezaron a marchar hacia las puertas que los transportaban a sus pasillos. 
   La vieja miró para atrás, y nos hizo notar que había cambiado, bah, mejor dicho, acortado el cántico. Todos la empezamos a seguir: "EL PÚBLICO SE VA, EL PÚBLICO SE VA".      Luego se dio vuelta y siguió marchando, esta vez haciendo un exagerado movimiento con sus brazos acompañando sus pasos. Marchamos. Marchamos hasta la boletería, y hasta salir del teatro. Nos quedamos en la vereda marchando hasta a que todos salieran, sin nunca dejar de cantar. Y salió el último. Se hizo notar con un grito desesperado diciendo "¡ESTÁ VACÍO!". 
   El grito desembocó en festejos y aplausos. Los niños saltaban, los padres sonreían orgullosos, algunos sacaban pañuelos de sus bolsillos y los revoleaban con libertad. Los abrazos empezaron a aparecer por todos lados: niños con padres, viejas con niños, compañeros de butaca, llegué a ver un hombre de unos cincuenta años besando a una mujer que había conocido mientras marchaban. Pero todo cesó cuando la señora de la cartera empezó a mover las manos para llamar a silencio. 
     Todos la miramos con atención. Ella esperó hasta que terminen los últimos susurros, con ojos amenazadores. Y cuando solo escuchaba el sonido de los autos, irguió su espalda, miró a su ejército y anunció: "¡Todos a la pizzería de la esquina! ¡Yo invito!".

jueves, 21 de febrero de 2013

Me dijeron

-A mi me dijeron que había que encontrarlo.-
-¿Pero quién te lo dijo?-
-Azul, mi amiga-
-¿Pero ella de dónde lo sacó?-
-Ay, todos lo dicen, ¿me estás cargando? -
-¿Todos dicen qué?-
-¡Que hay que encontrarlo! Estás lenta hoy ¿eh? A Azul igual se lo dijo su tío, ese que es famoso. -
-¿Pero ese tío sabe algo de él?-
-Parece que sí, dice que lo leyó en un diario, en un artículo donde el periodista citaba a un viejo sabio chino, ese sabe sobre él seguro.-
-¿Y ese chino que decía?-
-Que hay que encontrarlo sí o sí, porque si no lo encuentran parece que nos va a ir mal. -
-Yo no le creo nada al chino, seguro es todo un curro para que alguien se enriquezca... 
-No le creas al chino, pero entonces le tenés que creer a Los Beatles, a intelectuales, a todos. -
-Sí, a todos, todos los que hablan de lo que les dijeron otros que repitieron lo que alguna vez otros les dijeron. Hablan como si él fuera el jardín del Edén, pero debe ser una placita, está sobre-valuado. Es solo una historia más de ficción, no un documental. -

martes, 19 de febrero de 2013

Pulsaciones

  En mi cuerpo vive la tripulación de un barco. Estoy segura. Creen que mi pecho es la puerta del comedor, y no dejan de darle golpes. El intervalo entre ellos se vuelve cada vez más corto, pero su fuerza es cada vez mayor. Están ansiosos. 
  En mi estómago, en cambio, viven los marineros que me preparan para zarpar. Atan nudos de varias formas: Algunos enormes me hacen doler, otros más pequeños me generan cosquillas. 
  Y yo, el gran crucero, aquí me reporto. Entre la marea y los tripulantes, tengo un insomnio insoportable. Lo único que espero es llegar a la próxima costa.

lunes, 18 de febrero de 2013

Cholulo

   Las miradas se posan en un solo punto. Algunas entrecerradas, frunciendo las cejas, tratan de descifrar de dónde les suena su cara. Otras derivan directamente en sonrisas escondidas, vergonzosas, que hacen tornar la cara y mirar para abajo. Las más graciosas son las sobreactuadas, miran disimuladamente, y cuando se dan cuenta de que es él giran ciento ochenta grados, y empiezan a caminar más rápido. Nunca faltan igual las miradas sospechosas, donde las pupilas son tapadas casi en su totalidad por las pestañas. Y si están acompañadas, avisan a las otras, llevándose las manos a los costados de los labios, y susurrándoles para que noten la presencia cercana. 
 Estas últimas suelen ser las que hacen metamorfosis. Se convierten en pasos ansiosos, apurados, miedosos a perder la oportunidad. Y en manos que se revuelven, con la misma desesperación, en los bolsillos hasta encontrar un celular. Los pasos se convierten en trote, y en pulsaciones que aumentan. En suspiros de relajación, en sonrisas de alegría, y en un estado de éxtasis cuando un tercero aprieta el botón y dice "Listo, acá está". 
  Esas miradas se quedan con la posibilidad de seguir mirando y sintiendo algo por alguien que en ningún momento debe haber sentido algo por esas miradas. 
   
   
    

sábado, 16 de febrero de 2013

El atrevimiento

   Los treinta y dos grados de sensación térmica se hacían sentir en cada poro de mi piel. De cada uno de ellos salían gotas, que se juntaban con otras gotas, y terminaban formando una gran cascada de sudor que corría por mi espalda. Los treinta y dos se convirtieron en cuarenta y uno al subir los tres escalones, apoyar la tarjeta en el detector, y empezar a rozar mis brazos con otros brazos, mis mejillas con otras mejillas, que tenían poros, de los cuales salían gotas de sudor.
   La densidad de roces aumentó, y llegué al punto de darme por vencida, de pensar que ya no tenía salida del lugar en donde había quedado. Pero empujé, permiso, permiso, disculpas, hasta que mi pie logró apoyarse en otro escalón y elevó a todo mi cuerpo hacia la segunda sección del colectivo. La cascada a este punto ya era una catarata que erosionaba mi columna vertebral. 
   Desde arriba, veía el mar de cueros cabelludos de los de abajo. Con ojos atentos pero desesperados busqué un espacio en el cual pudiera apoyar mis dos pies, donde pudiera evitar más roces, dónde... Sonó el timbre. El colectivo frenó. Bajó una persona por la puerta de atrás. Percibí el pequeño movimiento que hubo en cada una de las personas, y pensando en las horas de mi vida en las que había jugado al Tetris, di un paso largo y me ubiqué al lado de un asiento individual. 
  Los cuarenta y uno habían llegado a cuarenta y ocho; pero al sentir la fina brisa que despegó desde la ventana abierta y que chocó en mis pómulos, descendieron a cuarenta y dos. Miré el asiento individual. Estaba ocupado por una mujer de unos cincuenta y tres años que llevaba puesta una remera ajustada al cuerpo color violeta. La remera le marcaba  el ombligo, ese enorme pozo que había entre toda esa cantidad de carne. Su piel brillaba, y levantando sus robustos brazos se esparcía las sustancias que salían de su frente. 
  Pasaron diez minutos sin que la señora se mueva del asiento. Me quedaban todavía cuarenta y cinco minutos de viaje. Seguramente la mujer se bajaría pronto, no es común que la gente haga viajes tan largos como el mío. Pasaron cinco más y no se movió. Mis gemelos se derretían y el calor empezaba a subir a mis cuadriseps. Solo ansiaba el momento en el que mi cuerpo cayera con todo su peso hacia ese asiento de cuero negro, y apoyaría mi cabeza en la ventana y miraría los autos pasar. Siete minutos más, levantó su brazo y volvió a esparcir el sudor de su frente. 
  Las palabras salieron de mi boca sin pedirme permiso: - Discúlpeme señora, ¿usted cuándo se baja? Porque si se baja en la terminal no voy a estar perdiendo el tiempo en añorar su asiento durante todo el viaje y nunca poder sentarme en él, ¿me entiende? No es nada en contra de su persona, cabe aclarar, es simplemente para tener una acción lógica y productiva...- Un silencio invadió al colectivo. Su mirada mezclaba sorpresa y desprecio, al igual que todas las que me rodeaban y rozaban. Tardó unos cinco segundos para terminar de procesar la pregunta y responder: -Disculpe, me bajo en la terminal, le recomiendo que vaya a ese otro espacio, al lado del asiento donde está ese nene, porque viajo con él todos los días y se baja ahora, en unas tres paradas-. 
  Otro gran paso me llevó a ese espacio. Esperé cinco minutos hasta el momento triunfal. El nene se paró, y alrededor suyo lo rodearon miles de ángeles, que de pequeños vasitos de vidrio le volcaron polvos dorados sobre sus hombros y cabeza. Vi el asiento vacío. Mi corazón empezó a palpitar más rápido y no pude esconder la sonrisa que salió de mi cara. Mi cuerpo cayó como una bolsa de arpillera llena de papas desplomándose en cámara lenta.  Apoyé mi cartera sobre mi falda, miré la ventana, respiré hondo y...alguien me tocó repetidas veces el hombro izquierdo. -Señora, ¿no podría dejarle el asiento al abuelo?- 
   Un hombre de unos ochenta años, flaco y calvo, estaba parado a mi lado con un bastón de madera que le permitía mantenerse de pie. Me paré, vi el asiento vacío, me agarré de la manija del respaldo y miré por la ventana las vidrieras, los autos, las personas, los autos , las vidr...

jueves, 14 de febrero de 2013

Encuentros inesperados

   No paro de buscar encuentros inesperados. Salgo de mi casa y me arreglo por si aparecen. A penas doy un paso afuera de la puerta, mis ojos se abren y miran atentos, dispuestos a detectarlos. Camino por la calle observando los trecientos sesenta grados que me rodean. Subo al bondi, miro quién está en cada asiento y luego los busco por la ventana. Tan solo una cara conocida, un grito llamándome desde la calle, un saludo rápido, una sonrisa, un apretón de manos. Solo espero un encuentro inesperado. Pero mientras lo espere, nunca será inesperado. 

martes, 12 de febrero de 2013

Cosas perdidas

-Buen día señor-
-Un gusto, dígame, ¿qué perdió?-
-Mi cabeza perdí, le parecerá una locura, pero vio... el estrés, el trabajo, y bueno, me agarró una ataque de nervios y...-
-Pero señor, ¡no tiene por qué preocuparse! Ya son bastantes los que perdieron la cabeza, y siempre me explican, que decidieron renunciar al trabajo, o desafiaron a sus padres y eligieron otra carrera, mire, acá tenemos algunas, ¿alguna es suya? Viendo sus vellos veo que puede ser esta con cabellera rubia...-
-Ay, no, soy colorado en realidad, ¿no tiene algunas más? quizás en un depósito...
-Déjeme ver, ¿colorado entonces? ¿Con rulos o lacio?-
-Medio ondu... No, mejor, ¿sabe qué? Deje, que siga perdida, total, en realidad el que me insiste en encontrarla es mi padre, la verdad yo prefiero que siga ahí perdida, sin ella descubrí que puedo hacer muchas cosas que me gustan, me olvidé bastante de los prejuicios del resto... déjela, déjela perderse.-
-Bueno, si usted lo dice...yo obedezco ¿vio? Cuando hablamos de cabezas tenemos libre albedrío...-
-Y...no se si del todo, pero en general podríamos decir que sí, gracias por el tiempo igualmente-
-Por favor, nunca es molestia buscar cabezas perdidas.-

lunes, 11 de febrero de 2013

Sedentaria

La cabeza es un globo lleno de agua que vibra constantemente y parece querer caerse al piso. Ella se para y camina; solo por obligación, por no ser tan sedentaria (que dicen que hace mal). Se baña, creyendo que la ducha la renueva. Se viste, pensando que eso la impulsa a querer hacer cosas. Hasta se maquilla un poco también, si sale por ahí se encuentra a alguien. Pero la vence su cuerpo. Su panza está dura y la empuja a la cama. Estira el brazo, llega al interruptor del ventilador, lo ve girar pero cada vez se difumina más la imagen. Sus párpados se cierran como persianas. Cada tanto necesita ser sedentaria.

jueves, 7 de febrero de 2013

Peatonal

Asfalto, familia, restaurant, parrilla, heladería, souvenirs, plástico, goma espuma, balde, pala, flota flota, mayas, promoción, pizza, cerveza, busarda, cigarrillo, desfile, comparsa, carnaval, ¿carnaval?, música, personas, tarjetero, querés una entrada par..., piercing, remera, fluo, heladería, luces, daitona, fichitas, nenes, gritos, palanca, colores, samba, sudor, gran hotel founte...,menú infantil, rastas, trencitas, aerosol, cuadro, vinilo, cantante, pista, Arjona, souvenirs, adornos, caracoles, lobo marino, caracoles, collares, caracoles, ¿a quién carajo le puede gustar esto?, cumbia, cantobar, títeres, bomberos, paseo en autobomba, tren de la alegría, parlante, nenes, gritos, aplausos, show de humor, helados Pirulo, mayas, regalería, souvenirs, remera, recuerdo de San Clemente, pelota inflable, librería, che mamá, ¿me puedo comprar un libro?,¿cuál?, éste, bueno dale, gracias.

*No paro de acordarme de Puig.

martes, 5 de febrero de 2013

Los cómodos

Los que saben qué hacer en cada momento saludan con sonrisas que hacen que el otro se sienta cómodo, caminan derechos y hablan con el mozo de su vida personal. Saben cómo dejarle un asiento a una mujer mayor sin que se sienta vieja, y hasta encontrar un tema de conversación para alegrarle el día. Bailan con los movimientos correctos, se sacan la ropa para ir al mar sin mostrar ni una gota de inseguridad y nunca, pero nunca quedan mal.
Esa gente nunca se pone colorada, mira hacia abajo, o a sus dedos pulgares que juegan como si fueran una ruleta. No tartamudea ante un desconocido sin saber qué tema de conversación le puede interesar. No mira los números del ascensor, intentando refugiarse para evitar la elaboración de teorías sobre lo que pasa en la cabeza del vecino del piso 16. No tira toda la torre al sacar una maderita en el Jenga. No saca una sonrisa idiota al no saber cómo reírse falsamente de ese chiste que no causa gracia. No se replantea las 521 reacciones que pudo haber tenido pero que no tuvo.
Es que esa gente tiene la suerte de tener amnesia con una sola pregunta que todos los demás constantemente recuerdan: ¿qué van a pensar de mí?

Vueltera

Hoy me paré en la playa y empecé a dar vueltas. Veía los edificios, el mar, los edificios, el mar, que poco a poco se convertían en líneas horizontales que se movían rápidamente. Y seguí, sobre mi propio eje, con mis brazos estirados, intentando no tropezarme con mis propios pies, sintiendo el viento que me pegaba y mi pelo que quería irse volando como un helicóptero.
Las líneas se difuminaban cada vez más y me olvidé de mis pies, que eran mi motor en ese momento. Así que cuando el derecho cruzó al izquierdo por adelante, este quedo encarcelado y las líneas horizontales se fueron haciendo curvas medida que mi cuerpo caía en la arena.
Las carcajadas empezaron a dar puñetazos desde adentro de mi panza, hasta que me dolió. Tirada, hecha milanesa, miré a los edificios, al mundo que giraba y se movía tanto mientras yo estaba ahí quietita tirada en la arena.

jueves, 31 de enero de 2013

Gatos dorados

Salí del subte totalmente decidida de que hacia lo correcto. Me tomé el colectivo hasta Corrientes y Pasteur y caminé siguiendo el ritmo de "El vuelo del moscardón" que sonaba en mi cabeza.
Atravesé personas, carritos, peies, calor, sudor, mucho sudor y entre todo eso pude hacer un agujerito por donde por fin logré encontrar esa vidriera que tanto buscaba.
Me paré en frente de ella como un poste y los observé atentamente uno por uno. Estaban todos atrás de ese vidrio ocupándolo desde las estanterías del piso hasta el techo. Todos iguales, más dorados de lo común porque el sol les pegaba de frente, movían sus patitas a destiempo formando parábolas. Me miraban. Observé los detalles de estilo chino en verde y rojo que tanto conocía, los ojos dibujados con dos puntos negros, los hocicos y los bigotes. Nunca había podido distinguir si se rascaban la oreja triangular que tenían o me saludaban con el puño medio cerrado. Sus cuerpos siempre yacían quietos pero sus patitas no paraban. No paraban. Y me miraban y me saludaban, todos al mismo tiempo, pero a destiempo. Cuando algunos movían la pata hacia adelante, otros la tenían atrás. Y esos firuletes verdes y rojos en la panza. Me irritaban. Mucho.
Sentí mariposas en la panza segundos antes de concretar lo que había visualizado hacía tanto tiempo. Puse mi mochila en el piso y saqué el bate. Entré al negocio y le vi la espalda a cada gatito chino. Como tirando las fichas de un dominó pasé mi bate por cada uno de los estantes de la vidriera. Ya habiéndolos tirado violentamente al piso les empecé a dar con el bate. Todas sus partes se desarmaban y se desparramaban por el negocio: las orejas por un lado, el cuerpo por el otro, las cabezas rodaban por el suelo, los resortes volaban.
En el séptimo segundo frené para apreciar toda mi destrucción. Ya no me saludaban (o se rascaban) más, por suerte. Entonces me acerqué a la puerta del local y fui a la parada de colectivo, después al subte y a mi casa. Me senté en una silla y entendí eso a lo que la gente llamaba plenitud.

lunes, 28 de enero de 2013

Cultura General

¿Hola? Sí, ella habla. Ay no lo puedo creer, ¿cómo andás tanto tiempo? Sí totalmen.. Sí, obvio, algún día podemos ir a tomar algo      ahhh    ¿Sí? ¿Dónde te vas?     ¿Cómo? ¿a África? ¿Él país?      nono, ¿no es que el continente es Asia pero el país África?   No, ah, cla, pero, no,       ¿Sudáfrica es un país?        No, para mí Sudáfrica es el sur de África, es como de Argentina la Patagon    ah, no, ah, mira vos che,       es que no, clar,   es que yo te puedo decir todas las capitales de los países europeos mira Noruega Oslo Finlandia Helsinki pero de África es imposible no se por qué        ¿Vos decís que por el colegio?                  Sí, cierto pasaba lo mismo en literatura          Claro, te digo Tom Sawyer, La sirenita, pero de Africa no tengo ningún autor       Sí         Es que para mí en Africa no hay escritores, imaginate, con la pobreza que hay, no deben tener plata ni para una lapicera  si con suerte tienen para comer       Obvio    ¿Cómo que...    ¿vos decís?    ¿Qué loco no?     Cierto, ahora que me decís, hay intelectuales de África estaba este que luchó para los derechos, ¿cómo se llamab       Sí, ese Mandela, creo que eso sí lo vi en el colegio, un capo el tipo.              Ah, ¿sí? Mirá vos que interesante, y ¿Y también vas a visitar su casa?       ¿Cómo que está vivo?       ¿Quéeee? ¿Juega al fútboool?        Ahhh, ya se cuál, el que saludaba desde una tarima en el Estadio     ah está re bien entonces, yo pensé que se había muerto hace un montón        que bueno che me alegro que hagas ese viaje           dale sí, antes de que te vayas, ¿vos cuándo podés?           mañana, sí, a mi me viene bárbaro          Genial, entonces a las cinco, ¿en dónde?             No seee, ¿Te querés venir a casa?          Dale, yo preparo mate y compro unas facturas         Buenísimo, nos vemos mañana entonces, besito             chau. 

domingo, 27 de enero de 2013

La lucha

  Cada músculo de mi cara estaba tenso y sentía el sonido de mi sangre corriendo alrededor de todos ellos. Mi boca estaba cerrada con la misma (o más) fuerza que estaba haciendo en el resto de mi cabeza. Por arriba de mi lengua las sentía saltando. Sus pequeñas patas me hacían una cosquilla, que luego se fue convirtiendo en  ardor. Mis papilas gustativas sintieron cómo ese ardor avanzaba hacia mis labios. No paraban de saltar. 
   Sentí sus manos, pequeñas también, pero millones, que empezaban a empujar la parte interior de mis labios.  Yo presionaba con ambos de ellos, intentado mordérmelos para que  ellas no salgan de ahí adentro. Pero me estaban ganando. Seguían empujando, traían más tropas, y seguían. La potencia que tenían era cada vez mayor y mis labios empezaban a avanzar, pero cuando esto sucedía yo los cerraba de nuevo presionando a más no poder. 
   De pronto sentí una explosión casi en la punta de mi lengua. Me vencieron. Salieron todas disparadas de un cañón preparadas para cumplir su función. Una a una entraron de lleno en las mejillas de la mujer que tenía en frente y la lastimaron. Como filosos cuchillos clavados en una esponja, dejaban tajos en su piel sin que yo pudiera frenarlas. La lastimaron. 
   Me quedé petrificada y la observé. Vi las lágrimas que al caer de sus ojos diluían la sangre de sus mejillas. Mi reacción fue inmediata: Con mis dos manos me dirigí a mi boca y estire la lengua. Luego la torcí para un costado, para atrás, hasta terminar de formar con ella un enorme nudo. Nunca más iban a poder salir de mi boca. Igualmente, ya habían salido. 





sábado, 26 de enero de 2013

Listas

     Les tengo un poco de miedo a mis listas. Sin darme cuenta, mientras hago todo lo que no dice en ellas, me miran enojadas. Con cara de ancianas quejosas, me persiguen atrás del talón caminando apuradas. Sacan una mano y me señalan con sus dedos índices moviéndolos de arriba a abajo. 
    Cuando no las escucho por mucho tiempo, se ponen violentas. Usan armas y empiezan a disparar. De las pistolas salen viñetas con una amplia variedad de formas. A veces predominan las simples, los puntos o los guiones, pero me divierten más los garabatos o los corazones. Y con sus voces finitas me gritan imperativos: "hacé, mirá, leé".
   Cada tanto les hago caso. Cada tanto. Y cuando eso sucede me sale una sonrisa: "Menos mal que me recordé que debía hacer eso que dicen mis listas".


viernes, 25 de enero de 2013

Refugiado

     Lo persiguen por todos lados. Ya no sabe por qué camino agarrar. Su corazón está por estallar y su garganta no puede encontrar el aire necesario para que entre en su cuerpo. Respira agitado y sigue corriendo. Mira sus pies saltando y la vereda que se mueve. Ahora mira al frente, y puede encontrar una diagonal. Aumenta la velocidad y se mete por ese camino, y sin saber cómo, cuándo, y porqué, al salir encuentra su edificio. 
    Sube las escaleras, avanza por el pasillo y desesperado palpando todo su cuerpo con las palmas de sus manos busca la llave. Están en su bolsillo. Después de ocho intentos, logra meter la llave en la cerradura y la gira. La abre, entra y la cierra con toda su fuerza. Sigue respirando agitado. El vecino se puede llegar a despertar por el portón que acaba de dar, y eso lo preocupa por dos segundos hasta que luego de un breve análisis de la situación piensa "me cago en todo".
    En una rápida corrida pasa por la puerta de la cocina pero renuncia a comer algo. Empieza a caminar más lento, toma su reproductor de música y cae a su sillón como si su peso fuera 13 o 14 veces mayor. 
    Pone play y una mano en su pecho lo hace notar que sus pulsaciones están bajando. Escucha la música: Un piano que suavemente empieza la melodía es acompañado por una guitarra eléctrica que toca una nota modificada por algún pedal. Una voz grave habla sobre ellas y un platillo empieza a sonar bajo. Cierra los ojos. La voz de esa mujer lo transporta a otro lugar. Grita. Él grita con ella. Y se ve perdido en un laberinto del que no sabe salir. Toca sus paredes trata de treparse hacia ellas pero su altura no lo permite subir. Entonces abre los ojos. Pestañea varias veces seguidas y se limpia con los puños. No puede creer lo que está  viendo. 
   A su alrededor una película de detergente empieza a crecer rodeando el sillón. Empieza desde el piso, y sube en forma cilíndrica hasta que se empieza juntar formando una enorme cúpula que protege su cuerpo. La música sigue sonando pero sobre ella se escuchan golpes y gritos. Vienen a buscarlo. Escucha la puerta que rompen, los gritos, los insultos, los pasos rápidos, más rápidos. Mira hacia atrás. Ve a ese grupo de 12 hombres y mujeres que lo buscan corriendo y como una avalancha se enciman sobre él. 
    Pero no logran tocarlo. Los sigue viendo. Sus caras están aplastadas contra esa enorme burbuja. Sus labios parecen compota de ciruela y sus narices, ñoquis de papa. Sus cejas están arqueadas de enojo, sus brazos golpean con toda su fuerza la cúpula. Sacan armas, disparan. Pero él ya no escucha. Él sigue escuchando la voz de esa mujer que grita afinada, y la música lo protege de todo lo que lo persigue. 

jueves, 24 de enero de 2013

Calor chicloso

     En la fabrica de calor el primer paso es sentarte en una silla. La silla cuelga de dos hilos atados a un alambre que empieza a avanzar a medida que gira una rueda. Es ahí cuando una sustancia color rosa se empieza a pegar a tu cuerpo. Primero caen gotas en tus hombros, después chorros más grandes que llegan hasta la panza. La sustancia rosa te atrapa y se te pega. Las gotas de sudor intentan separarla de tu piel, pero esta se rehúsa por completo. 
   Y cuando querés mirar hacia arriba para ver qué sigue, un enorme balde vuelca arriba tuyo. Ya no ves, ya no te movés, ya casi no escuchás. Estás atacado por esa enorme cantidad de chicle que lo único que logra en tu cuerpo es que sudes mucho. Mucho. 

martes, 22 de enero de 2013

Extraño

    Extrañando todo se me volvió extraño. Mi cama, mi sabana, la ducha sin turnos, el silencio. Se vuelve extraño todo lo que uno extrañaba. Mi guitarra vuelve a sonar pero ya no somos tan amigas como antes. Entonces la saludo, le doy un beso en el cachete y me presento. Lo mismo hago con el piso, las paredes, la cocina, la heladera llena. Pero nada es igual. Todo es más ajeno, más extraño. 
   Hice cuentas y paralelismos y los resultados me dieron la proporción: Cuanto más extraño, más extraño se vuelve lo que extraño. Pero en mis cuentas hay un factor que no tomé en cuenta: Cuanto yo más extraño, más extraña se vuelve la que extraña. 

domingo, 13 de enero de 2013

Me gusta tirar cosas por la ventana

      Me gusta tirar cosas por la ventana. Sí, no me miren así con esa cara, no es tan raro. Todo empezó cuando yo tenía cuatro o cinco años y competíamos con mi hermano en el departamento para ver qué escupitajo tenía más saliva. Fue ahí que una vez me enfoqué en ese pequeño menjunje de saliva que salía de mi boca y lo vi caer. Empezaba tan grande y formado y de pronto a medida que se estiraba se hacía cada vez más pequeño. Me lo imaginaba gritando, pero era un grito muy finito, aunque seguro para el escupitajo era muy fuerte. 
     Fue entonces que empecé a probar con otras cosas. Los lápices tenían gritos secos, como si fueran los chicos cuando acaban de cambiar la voz. En cambio los caramelos, gritaban de alegría, para ellos era como estar en una montaña rusa. El más llorón sin dudas fue el largavistas, que directamente no pudo gritar de las lágrimas que le caían en su rumbo al piso. El problema, era que al ser bastante chicos, estos objetos no tenían el organismo adecuado para gritar fuerte. Y eso me aburría. Porque está bien, un grito bajito, otro, pero ya me hartaba no poder escuchar sus gritos cuando llegaban a las baldosas del patio del primer piso. 
     Entonces intenté con mi cama. Me costó levantarla pero me las arreglé. Hice fuerza para apoyarla contra la pared y luego la empujé para inclinarla por arriba del marco de la ventana.  Ahí supe lo que era un buen grito: de mujer, bien agudo, cómo si hubiera venido un asesino mientras se estaba duchando.
      Fue tan asombroso que quise contárselo a mi vecino que tenía mi misma edad. Lo traje a mi cuarto y se sorprendió al no ver la cama. Entonces lo acerqué a la ventana para mostrársela... Sus cejas se arquearon tanto que parecían salirse de su cabeza. Seguro era admiración, nunca habría visto a alguien tan capaz. Ahí le expliqué todo, los objetos, los gritos, el placer. Pero no lo podía entender. Yo le mostré, tiré un sacapuntas que tenía cerca y escuchamos el grito, bajito 
pero que me hacía pensar en su pequeña campanilla golpeandole las amígdalas. Pero parece que el flaco estaba sordo. No lo podía entender. Yo quería que él entienda. 
    Igualmente no fue tan difícil que logre comprenderme. Aunque él se rehusaba y movía sus pies y sus manos desesperado, yo sabía que ésta era la única manera de que pueda encontrar la empatía necesaria. Estaba más pesado que cuando eramos chicos, pero yo siempre había sido más grandote que él, así que no fue complicado. Mientras lo tenía por abajo de la cola con mis dos brazos, lo elevé y lo acerqué al marco. Al fin pudo entender, que lo que se tira por la ventana siempre grita. 

Relato en blanco y negro

    Silencio.      Se interrumpe. Se escucha un leve sonido, tan tenue como el de una pequeña chispa. La púa se apoya sobre ese nuevo disco vinilo y la música empieza a sonar. Todos esos nervios, que como pequeños insectos recorrían su cuerpo, se juntan en su panza y se abrazan entre ellos. La fuerza que generan va cambiando, pasan de ser nervios a ser adrenalina. La adrenalina corre por su cuerpo llegando a su cara. Sonríe. Mira a su pareja. Siente la piel suave de la pequeña mano que agarra, y caminan juntos al ritmo del swing que sigue sonando. La luz lo encandila y no lo permite ver a toda esa gente que aplaude. Lo quema también. Una gota de sudor le cae de la frente, pero su sonrisa auténtica sigue fija. 
    A partir de ese momento, todos los rincones de su cerebro se ven abarcados por una sustancia que como una gran ola se lleva todo lo que insiste en ser explicado con la lógica. A partir de ese momento, ya no piensa con la cabeza: piensa con los pies.
    Ellos son los directores de la gran orquesta de su cuerpo. Lo llevan para la izquierda, para la derecha, dando constantes golpes contra la madera. Así, forman la percusión de la música que sigue volando desde el tocadiscos. Toma a su pareja por la cintura con la mano derecha, y con la izquierda agarra su mano. Se mueven juntos, ambos guíados por sus pies. 
   La música se apaga, pero sus pies siguen acariciando la madera sin parar de marcar el ritmo. Su corazón palpita más rápido y su sonrisa se vuelve aún más ancha. Es feliz. Mira a su pareja que como un espejo refleja su sonrisa. Y en ese instante, deja de escuchar a sus pies. Mira hacia abajo y los ve moviéndose, llevándolos de un lado hacia otro, dando giros. Pero no están tocando la madera. 


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